En 1880, después del crecimiento de las casas y las haciendas henequeneras, la vivienda fue considerada como un foco de infección por los “sanitarios” o higienistas (médicos que investigaban las condiciones de vida de la población) en el programa de sanidad pública. Los higienistas contemplaban la circulación de agua y aires limpios y las mejoras en el sistema de desagüe; este último era primordial en la edificación de una casa.

El Estado empezó a tener injerencia en el ámbito privado al responsabilizarse de la salud de sus moradores y al fomentar en las escuelas de aprendizaje de higiene, entendida como “la ciencia que nos enseña a conservar en buen estado nuestra salud”. Los higienistas empezaron sus trabajos de forma empírica, pues casi no sabían nada sobre la naturaleza de las enfermedades; todo lo relacionaban vagamente con la mugre. Pero esta corriente ya había empezado en Europa incluso antes del siglo XIX cuando los graves padecimientos se intentaban ligar a los olores, en este caso a los hedores de las grandes ciudades como París. Los primeros higienistas europeos relacionaban todo con el ambiente: el aire, el agua y el sol.

En las nuevas casas de Mérida, aumentó el número de dormitorios para evitar que las personas tuviesen que convivir muy cerca unas de otras, además de que así evitaban el aire viciado de los enfermos. En los últimos años de los ochenta circuló La guía del ama de casa, que contenía principios básicos para la higiene doméstica relacionados con el aire, la temperatura, la luz y el aseo. Se recomendaba lavar los pisos diariamente, sobre todo los de la cocina y el baño; también limpiar muebles, techos y paredes.

 

*Resumen de: “La búsqueda del confort y la higiene en Mérida, 1860 – 1911” de Raquel Barceló en Historia de la Vida Cotidiana en México. Tomo IV Bienes y Viviendas. El Siglo XIX. Fondo de Cultura Económica, México, 2005. 

*Transcripción de Alma Chacón Lizarraga

 

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