Resumen
Este artículo explora la relación entre diseño urbano, primera infancia y cuidados a partir de la experiencia de infancia de la autora en Medellín, Colombia. Se analiza cómo las ciudades latinoamericanas han sido planificadas desde lógicas androcéntricas que invisibilizan las necesidades de niñas y niños, y se presenta la metodología de Espacios Públicos desde la Primera Infancia (EPPI), desarrollada por ONU-Habitat como una herramienta para transformar esta realidad. El texto argumenta que diseñar ciudades que prioricen la primera infancia y los cuidados es un indicador de habitabilidad urbana y una apuesta por la sostenibilidad intergeneracional.
Un corredor entre el 401 y el 402
Crecí en Medellín cuando la ciudad apenas comenzaba a crecer en vertical. Mi familia vivía en el apartamento 402 de un edificio pequeño, sin elevador y sin espacios comunes. No había salón social, ni zona de juegos, ni patio compartido. Mi lugar de juego era el corredor que conectaba nuestro departamento con el 401, donde vivía la única otra niña del edificio. Ese pasillo angosto, de baldosas frías y luz de neón, era nuestro mundo. Ahí inventábamos historias, ciudades y negociábamos las reglas de juegos en un lenguaje que era sólo nuestro.
Lo paradójico era el afuera. El barrio Laureles, donde se encontraba el edificio, fue diseñado siguiendo los principios de la ciudad jardín, con amplias zonas verdes, bulevares con árboles que recuerdo monumentales, un urbanismo que en los planos prometía calidad de vida. Pero era la Medellín de los años noventa. Las calles y los parques que en el papel eran de todos, en la práctica eran territorios vedados. Mi mamá no me dejaba salir. Ninguna mamá dejaba salir a sus hijos.
Ambos escenarios daban cuenta de dos tipos de barreras que atraviesan la experiencia de las infancias en la ciudad. Las materiales, que se manifiestan en edificios sin áreas comunes, en semáforos cuyo tiempo no alcanza para que una niña cruce la calle caminando, en parques con mobiliario diseñado para cuerpos adultos, en conjuntos habitacionales donde el espacio de juego fue sacrificado por el del estacionamiento. Y las simbólicas, que se levantan cuando el miedo convierte una calle arbolada en territorio prohibido, cuando la violencia enseña que el afuera no pertenece a las infancias, cuando cuidar se vuelve sinónimo de encerrar.
Años después, cuando estudié arquitectura y comencé a investigar cómo las mujeres producen espacio habitable en los barrios populares de mi ciudad, entendí algo que esa niña del corredor intuía. Los espacios no son neutros. Quién los diseña, para quién se diseñan y quién los habita son preguntas profundamente políticas. Y las primeras infancias, con demasiada frecuencia, están ausentes de esas preguntas.
Ciudades que no fueron pensadas para la infancia
Las ciudades latinoamericanas han sido planificadas desde una perspectiva androcéntrica. El sujeto implícito del urbanismo ha sido un adulto productivo, sin responsabilidades de cuidado y con movilidad autónoma. Las calles se diseñan para automóviles, los parques se conciben como ornamento y no como infraestructura de cuidado. Las niñas y los niños aparecen como usuarios secundarios, como sujetos que alguien más debe trasladar, vigilar o contener.
El urbanismo feminista ha insistido en recuperar la escala del cuerpo como escala central del diseño. Pensar la ciudad a 95 centímetros del suelo —la estatura promedio de un niño de tres años— cambia radicalmente las decisiones que se toman al diseñar una calle, un parque o una vivienda. A esa altura, una banqueta discontinua es un obstáculo infranqueable, una avenida sin cruce seguro es un límite y un parque sin sombra ni agua es un lugar al que no se puede volver. El entorno influye directamente en el desarrollo infantil, pero el derecho de las infancias a habitar la ciudad rara vez se traduce en criterios concretos de diseño urbano.
Y hay algo más. Detrás de cada niña o niño en el espacio público hay, casi siempre, una mujer que cuida. En México, según datos de la ENASIC 2022, el 86.9% de los cuidadores principales en el hogar son mujeres, a pesar de que el 78% de los hogares tienen personas susceptibles de recibir cuidados. Esto representa una desigualdad estructural que condiciona las trayectorias de vida de las mujeres. La Corte Interamericana de Derechos Humanos ha señalado en su Opinión Consultiva 31 que el cuidado es un derecho humano, una necesidad básica e ineludible de la cual depende la existencia de la vida humana y el funcionamiento de la vida en sociedad. Diseñar ciudades sin considerar a quienes cuidan y a quienes son cuidados es, en el fondo, reproducir esas desigualdades.
Espacios públicos desde la primera infancia
Frente a esta realidad, desde ONU-Habitat y con el apoyo de FEMSA hemos desarrollado la metodología de Espacios Públicos desde la Primera Infancia (EPPI). Su premisa es sencilla y transformadora. Si un espacio público funciona para una niña de tres años y para la persona que la cuida, será mejor para la mayoría de las personas.
La metodología se estructura en cinco fases —preparación, diagnóstico, diseño, implementación y monitoreo y evaluación— con trece bloques y veintiuna herramientas. No es un manual prescriptivo, sino un proceso adaptable que articula tres enfoques transversales —primera infancia, cuidado y espacio público— cruzados con perspectivas de género, derechos y enfoque intergeneracional.
Lo que distingue a EPPI es su insistencia en poner al centro a dos sujetos habitualmente marginados del urbanismo, las primeras infancias y las personas cuidadoras. UNICEF ha sostenido que la presencia de niños y niñas jugando y desplazándose de forma autónoma es un indicador de seguridad, inclusión y habitabilidad urbana. EPPI traduce esa premisa en herramientas concretas para que gobiernos locales y comunidades puedan intervenir sus territorios. Cuando un parque tiene sombra, bancas, baños accesibles y zonas de juego seguras, cuidar se vuelve menos agotador, menos solitario y más digno. Este año, Morelia y Querétaro serán los primeros laboratorios para su implementación.
Ciudades que cuidan
Vuelvo al corredor que me vio crecer entre el 401 y el 402. Ese espacio de tránsito que dos niñas convirtieron en su territorio. Pienso en cuántas niñas en América Latina siguen jugando en corredores, en estacionamientos, en las banquetas de sus barrios, porque el espacio público no fue pensado para ellas. Pienso en sus madres, sus abuelas, sus cuidadores, negociando cada día con una ciudad que no las considera.
Una ciudad que cuida a su primera infancia es una ciudad que ha decidido preguntarse para quién se diseña. Una que reconoce que la vida en sociedad no se sostiene sin cuidados y que lee sus espacios urbanos como infraestructura para realizar ese trabajo en colectivo. Pero también es una ciudad que les permite a las niñas y los niños explorar, descubrir el mundo, reconocer su entorno y tejer sus primeros vínculos con lo común. Una ciudad que promueve su autonomía, que confía en su capacidad de moverse, de preguntar, de apropiarse.
Cada vez que he trabajado con niñas y niños, escuchándoles como actores que también producen el espacio, he aprendido algo nuevo. Ellas y ellos ven lo que nosotros dejamos de ver. Inventan usos que ningún planificador imaginó. Convierten un corredor en una ciudad entera. Creo profundamente en la capacidad de las infancias de producir otros mundos posibles. Y creo que las ciudades que les hagan lugar serán, inevitablemente, ciudades más justas, más vivas y más humanas.
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