¿Por qué abandonamos el espacio público en nuestras ciudades?

El espacio público es la esencia de la ciudad. Es el lugar donde se construyen las relaciones sociales y, en buena medida, la ciudadanía. Hagamos una distinción inicial: todo lugar en la ciudad de acceso abierto a la población en general es público, pero hay los de apropiación pública —como calles, parques y plazas— y los de apropiación privada —como centros comerciales, parques temáticos y otros—, cuyo acceso, siendo aparentemente libre, en la práctica está limitado al pago, al consumo o a formas de discriminación, como el precio, el grupo o la clase social para quienes fueron creados, entre otras causas.

Pasamos más de la mitad del tiempo de cada día en espacios públicos —calles, transportes públicos, escuelas, oficinas, fábricas, comercios, espacios deportivos, lugares de entretenimiento, etcétera—. Sin embargo, buena parte de estos lugares de uso generalizado y abierto carecen de las condiciones adecuadas para que sean utilizados, aprovechados o disfrutados por las personas. Las calles, las plazas o los parques, bajo la responsabilidad formal de los gobiernos y bajo la nuestra como ciudadanos, cada día están más deteriorados. Por ello, el placer de caminar por una calle arbolada y segura, de llevar a los niños al parque para que jueguen y hagan amigos en los juegos infantiles, de ir a la plaza, al portal o al bulevard sólo para ver gente y socializar, o ir a la cancha a jugar fut o basket, poco a poco se está perdiendo en nuestras ciudades.

Lo grave es que ahora, y de manera creciente, gran parte de la población urbana utiliza el coche para casi todo. Vemos cómo se saturan los centros comerciales, predominando en ellos quienes van a ver los aparadores. El resultado es una distorsión del concepto mismo de espacio público, porque deja de ser el lugar para la convivencia —activa y pasiva— con amplia libertad, para pasar a incentivar el consumo de quienes pueden pagarlo.

Se ha llegado a extremos. Uno es el poco cuidado de calles, parques y jardines por parte de las autoridades locales en los barrios y colonias, en los asentamientos periféricos de las ciudades y en los conjuntos habitacionales. Otro es la pérdida de sentido de lo público por parte de los profesionales y las empresas que financian, construyen y comercian con terrenos y con todo tipo de desarrollos y edificios. El enfoque es maximizar el espacio “vendible” por encima de los espacios públicos y, cuando se habilitan parques, plazas o bulevares, entre otros espacios, su localización, cobertura y accesibilidad no son las más adecuadas y las previsiones para su mantenimiento son prácticamente inexistentes.

No se ha entendido que crear y mejorar los espacios públicos son estrategias probadas, por una parte, para avanzar hacia la reducción de las desigualdades, la inseguridad y la pobreza y, por la otra, para elevar las plusvalías de los predios y de los edificios. Por ello, debo insistir: el espacio público es la esencia de la ciudad.

 

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Alfonso Iracheta Cenecorta PhD
Director general de Centro EURE S.C e Investigador de el Colegio Mexiquense.
axic@cmq.edu.mx