Mérida crece. La expansión de la zona metropolitana es visible en nuevos desarrollos habitacionales, infraestructura vial y una mayor integración con municipios conurbados. De acuerdo con análisis de crecimiento urbano basados en imágenes satelitales, la superficie urbanizada prácticamente se duplicó entre el año 2000 y el 2020, pasando de poco más de 21 mil hectáreas a más de 42 mil. En dos décadas, la ciudad amplió de manera sustancial su huella física.
Toda ciudad que crece genera valor económico. Más población implica mayor demanda de suelo; más infraestructura pública —calles, parques, transporte y servicios— incrementa la accesibilidad; y más actividad económica eleva el atractivo de determinadas zonas. En economía urbana, este fenómeno se conoce como renta del suelo o plusvalía urbana: el aumento del valor del terreno derivado no sólo del esfuerzo individual del propietario, sino del entorno colectivo que lo rodea.
Cuando el municipio invierte en una avenida o mejora los servicios en una zona específica, el precio del suelo circundante tiende a aumentar. Ese incremento es, en buena medida, resultado de una inversión pública financiada por todos. Sin embargo, la ganancia se capitaliza de forma privada en el valor del inmueble.
Los datos confirman esta dinámica. Según el Índice de Precios de la Vivienda de la Sociedad Hipotecaria Federal (SHF), el valor de la vivienda en Yucatán aumentó cerca del 98% entre 2017 y el tercer trimestre del 2025. Se trata de un crecimiento sostenido que refleja una valorización significativa del mercado inmobiliario en el estado.
El contraste aparece cuando se observa el ingreso laboral. Datos oficiales muestran que el salario promedio mensual en Yucatán ronda los 7,390 pesos en los últimos registros disponibles. Aunque los ingresos han mostrado cierta recuperación reciente, su ritmo de crecimiento es menor al observado en los precios de la vivienda. El crecimiento urbano, por tanto, no sólo expande la ciudad, también altera la forma en que se distribuye el valor que la propia ciudad genera. Si el precio del suelo aumenta a mayor velocidad que los ingresos, el acceso a determinadas zonas, servicios o tipos de vivienda deja de depender únicamente del esfuerzo individual y comienza a estar mediado por la capacidad de capturar esa valorización.
En economía pública, este fenómeno plantea una pregunta clásica: ¿debe el valor creado colectivamente permanecer íntegramente en manos privadas o puede una parte reinvertirse en el propio tejido urbano? Diversas ciudades han desarrollado instrumentos para recuperar fracciones de esa plusvalía y destinarlas a infraestructura social o vivienda accesible.
Mérida enfrenta hoy ese debate de manera implícita. No se trata de frenar el crecimiento, sino de comprender su lógica económica. Porque en toda ciudad dinámica, el punto central no es sólo cuánto se expande, sino cómo se organiza la distribución del valor que produce.









