Cuando era niño, salíamos en bicicleta a los parques cercanos, a jugar en la calle, a patear el balón usando cualquier cosa de portería. Hoy esto es imposible en gran parte de la ciudad. Recuerdo haber visto hace poco un letrero absurdo a media banqueta que decía: “Cuidado, niños jugando”, y me lamenté al pensar que era una sátira de lo que puede llegar a ser el entorno urbano, especialmente para la infancia.
Tampoco quiero engañarme. No es que en mi infancia se diseñaran mejores ciudades, es simplemente que no había el volumen de autos e inseguridad que hay ahora –entre 2015 y 2023, el parque vehicular en la zona metropolitana pasó de 545,166 a 838,726 vehículos, un crecimiento de casi el 54% (1). El letrero de “niños jugando” estaba en medio de una banqueta donde no se puede caminar, a la vuelta de una curva que ha sido testigo de múltiples incidentes viales, sin paso peatonal ni nada que proteja al peatón y mucho menos a un niño. Lo preocupante es que este tipo de decisiones no son excepcionales, son estructurales.
¿Para quién se diseñan las ciudades?
Lo irracional que muchas veces parece la arquitectura urbana nos hace preguntarnos: ¿para quién se diseñan las ciudades? Considero que hay dos respuestas, dependiendo de la escala, y ambas son muy tristes.
A gran escala —hablando de la ciudad como sistema, como entorno articulador de la vida urbana—, muchas veces no se diseñan para nadie. Son resultado de la inercia de una estructura que ha rebasado al individuo, enredándose en un entramado de normas, leyes y reglamentos, muchas veces contradictorios entre sí, o que responden a intereses que nada tienen que ver con las personas.
Si no tienes el destino claro, no importa qué camino tomes. Si no sabemos qué ciudad queremos, siempre estaremos condenados a esfuerzos aislados, pero en direcciones distintas que no conectan entre sí. Los parques no se integran a la ciudad, porque quien diseñó el parque, quien lo construyó y quien lo opera, tienen visiones distintas entre sí, y distintas a quien se encarga de la movilidad, a quien se encarga del transporte, a quien se encarga de las banquetas o de los usos de suelo, entre otros.
Las ciudades y las infancias
Iniciando mi vida profesional, cuando empecé a entrar en contacto con temas de planeación urbana, consideraba exagerados los argumentos de que la ciudad se diseñaba pensando en un perfil específico, ignorando los demás. Con el tiempo vi que esto es muy cierto.
Lo cual me lleva a la segunda respuesta. Si bien a gran escala sigo pensando que hay más ausencia de visión que visión sesgada, a escala específica es notorio que la ciudad está diseñada para un adulto productivo… y para nadie más. Los parques, las calles, las banquetas, el equipamiento, el mobiliario y las velocidades están pensados para un adulto autónomo, no para los niños, las personas de la tercera edad o aquellos que tienen la responsabilidad de cuidar a alguien más, demostrando que el espacio urbano también condiciona el cuidado. En México, una persona puede dedicar hasta 21 horas semanales al cuidado no remunerado.
El crecimiento acelerado del parque vehicular, la baja caminabilidad y la carga de cuidados no son fenómenos aislados. No son los únicos factores, pero sí son determinantes. Juntos configuran una ciudad que, estructuralmente, dificulta cuidar. En ese contexto, los obstáculos en las banquetas, los cruces peligrosos, la falta de sombra e iluminación y la velocidad de lo motorizado terminan por definir la forma en que un niño, un adulto mayor o una persona que cuida vive la ciudad.

La ciudad desde la perspectiva de los niños
En Mérida, solo el 9% de los viajes se realizan completamente a pie. En una ciudad así, el peatón no es prioridad, es la excepción. Y cuando el peatón es la excepción, la infancia queda fuera del diseño urbano. Si queremos hacer realmente ciudades para la gente, que se puedan caminar, recorrer y vivir, tenemos que darle atributos pensados en los niños.
En teoría, tenemos ciudades seguras, cómodas y atractivas. Sin embargo, basta mirar el entorno urbano actual para notar que muchas de nuestras ciudades se han vuelto grises, monótonas y agresivas para quienes las habitan. Han perdido fachadas activas, divertidas, diferentes, mixtas, que permeen el espacio público y el privado de una manera segura, integrando colores, vegetación, personas, árboles, luces y sombras.
Ciudades para todos
Hoy diseñamos ciudades para mover autos, no para sostener la vida. La ciudad no está diseñada para la vida cotidiana ni el cuidado, sino para la movilidad motorizada de un adulto productivo. En MetrópoliMid hemos publicado en anteriores ocasiones sobre ciudades de cuidado, ciudades pensadas para la gente, no sólo para el adulto funcional en su vida productiva, sino para cualquier individuo, en todas las etapas de su vida y en todas sus necesidades. No siempre estamos trabajando, a veces cuidamos, a veces nos cuidan. Este mes de abril puede ser una buena excusa: veamos, planeemos, diseñemos y hagamos ciudades pensando en los niños, escuchando a estos y a quienes los cuidan, y tendremos ciudades más amigables, más humanas y llenas de vida.
Porque una ciudad donde un niño no puede jugar afuera no es una ciudad moderna. Es una ciudad que fracasó en su función más básica. Y lo más grave es que estamos empezando a normalizarlo.
¡No olvides visitar la edición 82 de MetrópoliMid!








