Hace poco más de un año (abril de 2019), la revista National Geographic en Español publicó la edición especial “Ciudades. Ideas para un mundo mejor”. Como siempre, con el rigor científico y la calidad editorial que la caracteriza, la revista expuso mediante artículos, reportajes, infografías y mapas los posibles escenarios de la ciudad y los criterios pertinentes para su diseño en los próximos treinta años. La hoja del editor se pregunta “¿Qué les deparará el futuro a las ciudades y a las dos terceras partes de nosotros que vivirán en ellas para el 2050?”

Para este año 2020, se espera que la población mundial alcance los 9,800 millones de habitantes y que casi un 70% viva en zonas urbanas. Ante este formidable desafío las diferentes secciones de aquella edición se cuestionan cuál es la mejor manera de vivir en masa, cómo coexistir: ¿Debemos vivir en zonas urbanas densas con transporte público masivo y servicios de acceso peatonal? ¿En suburbios extensos creados por nuestra adicción al automóvil? ¿En rascacielos similares a los que imaginó Le Corbusier y que hoy se encuentran en las metrópolis occidentales y orientales con culturas muy diversas?

Con estas interrogantes la edición propone repensar la ciudad actual y diseñar la ciudad del futuro, con principios urbanísticos en los que la Ecología guíe su desarrollo: protección y reutilización del agua, uso de energías renovables, habitabilidad en urbes más densas, reciclaje de desperdicios, producción sostenible de alimentos, trenes de alta velocidad para mejorar la movilidad metropolitana, transporte urbano masivo, cultura en favor del peatón y la bicicleta para reducir la presencia del automóvil y, finalmente, una economía urbana en esencia automatizada y en línea.

Es evidente que estos lineamientos se apegan, o reproducen, el catálogo de recetas que el Nuevo Urbanismo, surgido en la Comunidad Europea de la globalización, que se promueve como solución genérica para las demás ciudades del mundo, sin importar sus diferentes cualidades y contextos.

Pero la historia ha demostrado que el diseño y la gestión de las buenas ciudades no pueden reducirse a las dos dimensiones de un plano, aunque las ilustraciones resulten sumamente sugerentes. Diseños urbanos así, exigirían hacer tabla rasa con los territorios y las ciudades existentes, con todo su bagaje material e inmaterial construido a lo largo de siglos de historia. No obstante, como toda utopía, esas ideas nos pueden servir para caminar, para abrir brechas sostenidamente en búsqueda de esos modelos ahí propuestos de regiones resilientes con redes de ciudades compactas, núcleos urbanos, barrios autosuficientes, movilidad sostenible, edificios inteligentes y habitabilidad social.

 

Las crisis sanitarias.

Sin embargo, llama la atención que este conjunto de miradas y propuestas haya soslayado un tema que ocupó al urbanismo desde la explosiva emergencia de las ciudades en los albores de la era industrial: las crisis sanitarias. Las ciudades más importantes en ese entonces padecieron constantes epidemias y crisis de contaminación del agua y el aire. Aparte de las grandes intervenciones de reconstrucción, como la que se dio tras el incendio de Londres en el siglo XVIII, nada ocupaba más al urbanismo que el saneamiento de las ciudades mediante sistemas de drenaje, disposición de residuos, limpieza de ríos, desecamiento de pantanos, introducción de agua potable, bosques urbanos y todo lo que favoreciera mejores condiciones de ventilación y asoleamiento de calles y viviendas.

La última sección de esta revista –cabe reconocerlo– es la única que se preocupa por la salud urbana ante la amenazante presencia de las ratas que proliferan en las sombras de las ciudades. Dondequiera que haya personas –afirman– habrá ratas que medran en la basura. Sin dejar de ser una amenaza, ésta incumbe sobre todo a la salubridad de las grandes megalópolis asentadas en redes subterráneas de drenaje y transporte. En países desarrollados, la ciencia genética avanza en la esterilización selectiva de esta plaga. Nada se menciona respecto a la amenaza de pandemias de orden bacteriano o viral pese a que en los últimos años varias regiones del mundo enfrentaron crisis de salud por el Ébola, el SARS y el AH1N1 y que algunos científicos y personajes ya advertían del serio peligro.

 

 

La pandemia del Coronavirus.

Hoy, un año después, la perspectiva de la ciudad del futuro –ciertamente optimista– cambió drásticamente. Era difícil imaginar que un virus infinitamente más pequeño que un roedor demoliera un modelo económico que ya dominaba el mundo y sacudiera hasta sus cimientos sociedades y culturas por todo el planeta. La ciudad contemporánea no podía escapar de la hecatombe.

La pandemia del coronavirus Covid-19 y el riguroso confinamiento han cambiado nuestra forma de relacionarnos con la ciudad: miedo a las multitudes, distancia social y familiar, temor al transporte colectivo y los desplazamientos, teletrabajo, educación virtual, desuso del espacio público, centros de recreación y espec- táculos cerrados, vida sedentaria, dependencia marcada del internet y acceso socialmente diferenciado al mismo y, para los pobres de la ciudad, un insufrible hacinamiento.

Estos cambios radicales seguramente asentarán nuevas bases para la gestión y el diseño de las ciudades post-Covid. Apunto a continuación una serie de temas que provocan intensos de- bates en el mundo urbanístico y deben movernos a repensar nuestra Mérida metropolitana:

La cuestión del tamaño y la densidad: La pandemia mostró que el hacinamiento vertical propició más contagios y generó conflictos de convivencia y abastecimiento de alimentos y medicinas; el riesgoso uso de los elevadores y la vida en los balcones (para los que los tenían) marcaron la cotidianeidad de miles de personas. La coexistencia de propuestas por la ciudad vertical y por la ciudad verde y sana, es ya un dilema a solucionar en el diseño urbano. En este sentido compactar nuestra ciudad con apuestas por las torres verticales, sin antes saturar los baldíos en el espacio urbano ya consolidado, puede aumentar la densidad pero no la calidad urbana.

«Ni “metros” ni más anillos periféricos funcionarán en la Mérida del futuro, con tantos núcleos dispersos y desprovistos de servicios en la periferia metropolitana».

 

Pese a todo, la ciudad compacta es la forma más sostenible de habitar por la concentración y el acceso a los servicios. Mucha razón asiste a quienes afirman que no podemos volver a un mundo disperso, a una nueva ruralidad. Habrá que esforzarnos en imaginar soluciones locales para compactar la Mérida metropolitana y costurar el territorio periurbano con núcleos de servicios.

La cuestión de la movilidad: El colapso de los sistemas de transporte colectivo, sobre todo en las grandes megalópolis con enormes distancias entre la vivienda y la fuente de empleo, refuerza los riesgos de la expansión urbana y la dependencia de grandes infraestructuras y del automóvil privado. En las ciudades extensas el transporte público colapsó y los traslados privados largos se regularon con mayor o menor rigor. Ni “metros” ni más anillos periféricos funcionarán en la Mérida del futuro, con tantos núcleos dispersos y desprovistos de servicios en la periferia metropolitana. Deberíamos insistir en lograr un mejor transporte público y, además, con criterios de higiene que acerquen al usuario y no lo orillen a usar la motocicleta o el auto- móvil particular. Mérida, por su extensión y su clima caluroso, no puede ser una “ciudad de 15 minutos” como muchas en Europa y Norteamérica, pero algunas zonas de la ciudad sí pueden adecuarse al uso intensivo de la bicicleta y a la peatonalización segura.

Vivienda habitable: Además de atender a los retos del sedentarismo en un mundo de teletrabajo y educación en línea, con espacios interiores destinados ex profeso, mucho se insiste en la dotación de terrazas y balcones frescos, jardines interiores en conjuntos de vivienda, localizaciones más cercanas a los centros de trabajo y otras recomendaciones de diseño; pero en Mérida debemos poner un fuerte acento en mejorar el clima interno de la vivienda social. No bastan ya los techos blanqueados y algo de ventilación cruzada. Con más generosidad social debe incrementarse el tamaño del lote y la vivienda, la altura de los techos, las dimensiones y mobiliario del espacio público cercano, convertir salas con poco uso en terrazas y proveer servicios digitales a conjuntos que carecen de ellos.

Equipamiento público: Por último, no olvidemos las nuevas necesidades en materia de equipamiento: hacen más falta hospitales que estadios de fútbol o béisbol, o casas de música; la atención a los ancianos debe ser ya

una política pública de primer orden. La construcción de asilos bien equipados y mantenidos, con servicios médicos dignos, puede financiarse públicamente con recursos que hoy se destinan a obras suntuarias como ese costoso y desierto Gran Museo Maya ¿por qué no reconvertirlo en una residencia de primer mundo para ancianos sin recursos?

Hay todo un campo de retos y oportunidades en el urbanismo post-Covid que iremos abordando en colaboraciones futuras.

Jorge Bolio Osés

Jorge Bolio Osés

Sociólogo por la UNAM y Maestro en Arquitectura por la UADY. Fue Director del Instituto Nacional de Antropología e Historia de Yucatán y Director Académico del CICY.

E-mail: bolicho@hotmail.com

Derechos Reservados ⎮ MetrópoliMid 2019

CONTÁCTANOS

info@metropolimid.com.mx

direccion@metropolimid.com.mx