Mérida fue reconocida a partir de las dos últimas décadas del porfiriato como una ciudad progresista que quería estar a tono con los avances científicos de su tiempo.Los grandes adelantos y la expansión de la ciudad fueron posibles gracias al auge del henequén. Los henequeneros pronto compartieron la inquebrantable fe que los europeos profesaban en que el progreso era un camino ininterrumpido y ascendente, y, al igual que a estos, a los henequeneros el cambio de siglo les pareció un periodo de apacibilidad cuando e realidad había fuertes tensiones bajo la calmada superficie de la civilización. El henequén había traído la prosperidad pero, junto con ella, el descontento y la explotación.

Como la mayoría de las ciudades de América, Mérida adoptó la traza borbónica, política impuesta con el fin de ordenar administrativamente el territorio urbano y delimitar los espacios para el control y organización de la población. Las trazas separaban residencialmente a las diversas clases sociales en cuarteles mayores y menores o barrios. Estas divisiones permitieron al Ayuntamiento levantar el padrón municipal, que tenía como objetivo establecer la ubicación de las personas para facilitar la recaudación de impuestos, la colocación del alumbrado público, y la vigilancia y limpieza de la ciudad.

El henequén empezó a ofrecer halagüeñas perspectivas y en forma paralela surgieron nuevas industrias que proporcionaron pequeñas ganancias. Varias familias que habitaban la zona sur (Tekax, Ticul, Peto y Bacalar) emigraron a Mérida y Campeche. La población aumentó de 48 044 habitantes que existían en 1845 a 61 917 en 1862.

Al iniciar la década de los sesenta, Mérida seguía divida en cuarteles. Los cuatro primeros correspondían al centro nucleado por la plaza principal o Mayor; cada uno contenía 20 manzanas aproximadamente, numerados hacia la derecha, siendo el cuartel del sudeste el número uno. El centro cumplía una función simbólica y urbanística incuestionable ya que ahí residían los poderes políticos, económicos y religiosos. Los barrios eran seis: Mejorada. San Juan. Santiago, San Cristóbal, Santa Ana y San Sebastían.

Desde el virreinato empezó la inflitración de los pobladores españoles en los «barrios de indios» y, por lo tanto, las construcciones de mampostería empezaron a convivir con las de paja. A principio del siglo XIX, dos antiguos barrios prácticamente desaparecieron: Santa Catarina y Santa Lucía. La población del primero fue diezmada por el cólera morbo y las casas incendiadas por razones de sanidad. El segundo fue invadido por los habitantes del centro debido a su cercanía, pasando a formar parte de la zona principal. Los arcos coloniales, que marcaban los límites virtuales del centro con los barrios de indios, ahora carecían de su intención original. Algunos habían sido derrumbados y los sobrevivientes sólo servían para adornar la ciudad y como referencia para la ubicación. Los demás barrios estaban conformados hasta 1864 básicamente por los tradicionales solares mayas.

 

*Resumen de: «La búsqueda del confort y la higiene en Mérida, 1860 – 1911» de Raquel Barceló en Historia de la Vida Cotidiana en México. Tomo IV Bienes y Viviendas. El Siglo XIX. Fondo de Cultura Económica, México, 2005. 

*Transcripción de Alma Chacón Lizarraga

 

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