La segregación socio-espacial se trata de un término cuyo origen es difícil rastrear, pero que se ha vuelto de uso común entre los diversos especialistas que tratan temas relativos a la ciudad, incluso se ha creado una noción que se refiere insidiosamente en la prensa y en el discurso político. Casi siempre alude a cómo el territorio de una urbe se divide en función de los sectores sociales que en ella habitan. No es un asunto reciente; desde que existen los asentamientos humanos y las sociedades se han vuelto más complejas, cada sector o grupo humano tiende a reagruparse en espacios de afinidad. La religión, el grupo étnico, el grupo profesional, la actividad económica y más recientemente la clase social, han construido una relación al espacio urbano que le es propia y que define al grupo y caracteriza su entorno físico.

Ejemplos podemos mencionar varios. En los Estados Unidos de la época de la posguerra, se hablaba de periferias vainilla y centros chocolate, con una evidente connotación racial para generalizar que, en la mayor parte de las ciudades norteamericanas, en los suburbios habitaba la clase media blanca y la población afrodescendiente se ubicaba en las zonas céntricas. En las ciudades medias y más aún en las megalópolis mexicanas (incluso en varios casos latinoamericanos) era al contrario: los grupos con poder de compra se ubicaban en espacios céntricos, con la dotación de todos los servicios urbanos, mientras que los migrantes pobres de origen rural llegaban a residir a espacios periféricos donde no había ni servicios, ni certeza patrimonial; aunque al paso de los años paulatinamente se consolidaran como colonias citadinas.

En París y otras grandes ciudades francesas, el primer esbozo de segregación socio-espacial fue étnico y por gremios; más adelante, para el siglo XIX fue vertical: es decir, la planta baja de los edificios ubicaba a los comerciantes, los primeros pisos a las familias acomodadas y mientras más arriba en el edificio, el nivel de riqueza disminuía hasta las azoteas, donde habitaban los pobres o las empleadas domésticas (esto estuvo determinado en buena medida porque los elevadores no eran asunto común en la época, por eso el confort se concentraba en los dos o tres primeros niveles del inmueble).

Hay también casos extremos e infames en los que se tiende a la “guetización”; como lo hicieran los nazis con la población judía, gitana o comunista en Alemania y en los países que invadieron. Ni que decir del sistema de apartheid en Sudáfrica, que hizo de Johannesburgo una ciudad donde el nivel de ingresos y el color de la piel se mapeaban calle por calle. O experimentos radicales como el Brasilia, la capital brasileña, donde se pretendió desaparecer desde el Estado la división socio-territorial de la ciudad, empujando un experimento socialista que consistió en repartir al azar las propiedades que construyó el gobierno para la nueva capital y que hizo, por ejemplo, que empleados del servicio público convivieran en un mismo edificio con empleados de limpieza.

En la actualidad la segregación está alimentada por “el mercado”, esa abstracción que incluye dinámicas de compraventa de inmuebles, precios del suelo, jugosos negocios de las inmobiliarias, y a los constructores de vivienda que empujan grandes proyectos y generan un mercado de anhelos. Sin embargo, en todos los casos la motivación es la misma, que el lugar de residencia nos ubique entre semejantes, y de preferencia, que tengamos cubiertas nuestras necesidades de ocio, recreo, abasto, estudio y trabajo a una distancia cómoda.

En primera instancia, la idea de vivir entre semejantes suena de lo más lógico, más en sociedades tan marcadas por las diferencias; varios estudiosos nos han alertado de que una ciudad sectorizada y segregada no es “ciudad”, pues justamente nos aleja del resto de los seres humanos que también coexisten con sus diferencias en la misma urbe junto con nosotros. Dicho de forma más simple, ubicarnos sólo entre afines social o económicamente es un triunfo de la intolerancia y una clara muestra de la incapacidad de poder convivir con el otro.

Mérida no es la excepción en esta lógica de segregación socio-espacial, y el tema ya ha sido ampliamente desarrollado por urbanistas, sociólogos, antropólogos y geógrafos. A grandes rasgos, a esta ciudad se le divide entre un Sur más precario y un Norte con todas las bondades de una ciudad, con un estándar de vida ejemplar. Algo hay de cierto en ello, pero el mapeo, por ejemplo, de los espacios que cuentan con la población más escolarizada, con mejor ingreso y con más equipamiento en la vivienda, revela que, en realidad se trata sólo de un pequeño triángulo que implica una fracción del Norte y Noreste de la ciudad. Si el estudio se hace en lo que respecta al equipamiento cultural, veremos que la mayor parte de éste se encuentra en zonas céntricas, y si tomamos en consideración el equipamiento relativo al ocio y al consumo, y mapeamos la ruta de las zonas y centros comerciales, vemos que ciertamente hay en toda la ciudad; no obstante, surge una mayor concentración hacia el Norte.

De cualquier manera, Mérida, en muchos rubros sigue caracterizada por su alta calidad de vida. Ahora bien, si ampliamos el espectro es evidente que Mérida es un espacio privilegiado si se le compara con sus “parientes pobres”, como por ejemplo Kanasín: la segunda ciudad más habitada de Yucatán y que concentra a la mayoría de la reserva de mano de obra barata que se emplea en la capital del estado. Y qué decir de Umán, Ucú y Hunucmá, algo muy parecido pero con menos población. Además, están las comisarías y subcomisarías meridanas que siguen siendo aparte de nuevamente la reserva de mano de obra barata para la capital (al igual que los municipios aledaños arriba referidos), el lugar de residencia de gente con reciente pasado rural, y muchos de sus pobladores son de origen maya.

Debo decir que es muy difícil lograr que una ciudad no se caracterice por su segregación socio-espacial, y en Mérida las diferencias de clase y étnicas no se han atenuado mucho en 400 años, a pesar de ello, podemos pensar en una ciudad menos marcada por estos contrastes. Es complicado cuando una metrópoli crece según los designios de los empresarios inmobiliarios, muy ocupados en construir plazas comerciales, o condominios cerrados, o viviendas masivas para los menos adinerados.

Mucho pasa por el poder del Estado. En primera instancia debe hacer su trabajo en lo que concierne a la creación o vitalización del espacio público, un lugar neutro que permita que todos incluso con nuestras diferencias, nos reunamos para fiestas locales, cívicas, propuestas artísticas, culturales, deportivas, entre otras. El Estado también debe velar para que la ciudad sea de quienes la habitan y no de los turistas o de los inversionistas. Tenemos más posibilidades de seguir manteniendo cohesión social y construir comunidad en un sentido amplio en barrios, colonias o pueblos multiclasistas, multiculturales, pluriétnicos, con prestadores de servicios a escala local y cierta vida comunitaria.

El desafío es enorme. Es tan difícil como convencer a todos quienes viven en “privadas” que ese no es el modelo más conveniente, y que dejen el espacio privado, salgan de su encierro en casa o en el centro comercial, y vuelvan al espacio público.

 

*Fotografías de Nayeli González Muñoz

Ricardo López Santillán

Ricardo López Santillán

Licenciado en Sociología por la UNAM. Maestro y Doctor en Sociología por la Université de la Sorbonne Nouvelle-Paris III. Investigador titular en el CEPHCIS UNAM en Mérida.

E-mail: lopezsantillan@cephcis.unam.mx

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