Vivienda para el Bienestar

La política de vivienda de la actual administración federal, materializada en el programa Vivienda para el Bienestar, representa una oportunidad estratégica para reactivar la producción habitacional dirigida a las familias de menores ingresos.

Después del 2018 —año en que se canceló el esquema de subsidios federales—, el sector experimentó una caída drástica en la construcción de vivienda económica. La eliminación de mecanismos financieros mixtos y de la participación activa de desarrolladores privados, redujo significativamente el impacto económico del sector y los empleos que generaba. El resultado fue un rezago acumulado que hoy exige respuestas estructurales.

El nuevo programa federal, impulsado a través del Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores (INFONAVIT) y la Comisión Nacional de Vivienda (CONAVI), busca atender precisamente a la población que históricamente ha quedado fuera del mercado hipotecario tradicional. En el caso de INFONAVIT, se trata de trabajadores formales de menores ingresos, que representan cerca del 60% del padrón del Instituto.

Sin embargo, la intención social —por sí sola— no garantiza resultados. La viabilidad del programa depende de la claridad en las reglas, la definición precisa de responsabilidades y la coordinación efectiva entre todos los actores involucrados.

 

El nuevo rol del INFONAVIT: de financiador a desarrollador

Uno de los cambios más relevantes del programa es el papel que asume el INFONAVIT: no sólo como entidad financiera, sino como desarrollador y propietario de la tierra adquirida para cada proyecto. Este giro implica asumir responsabilidades de gestión ante dependencias federales, estatales y municipales para obtener:

  • Factibilidades de servicios.
  • Dictámenes técnicos y ambientales.
  • Autorizaciones y licencias.
  • Incentivos, descuentos y exenciones.

El desafío es claro: el costo final de la vivienda plantea estar topado en 600 mil pesos, incluyendo terreno y urbanización; cualquier carga adicional —derechos, infraestructura primaria o cabecera— impacta directamente en la calidad del producto final. En este contexto, la eficiencia administrativa deja de ser deseable y se vuelve indispensable.

 

La tierra: el primer cuello de botella

La curva de aprendizaje del programa ha consumido más de un año y ha enfrentado las ideas iniciales con la realidad territorial, ya que, en la mayoría de los estados y municipios, las reservas públicas disponibles resultaron limitadas o poco aptas para el desarrollo habitacional inmediato. Mientras tanto, las empresas desarrolladoras han invertido durante años en la adquisición estratégica de tierra. Esto abre una ventana de oportunidad, una relación colaborativa entre el INFONAVIT y el sector privado para comercializar reservas adecuadas, ejecutar la urbanización y construir vivienda dentro de parámetros económicos estrictos. La articulación público–privada no es ideológica, es operativa. Sin ella, el volumen necesario para abatir el rezago será difícil de disminuir significativamente.

 

Persona sosteniendo una casa pequeña de madera

 

El papel de los tres niveles de gobierno y de las empresas en la vivienda social

Si el programa es una política pública prioritaria, debe traducirse en instrucciones claras hacia las dependencias responsables. Los gobiernos federal, estatal y municipal deben lograr agilizar trámites, reducir tiempos de autorización, exentar o disminuir derechos administrativos y evitar cargar a los proyectos en infraestructura primaria que no corresponde absorber al desarrollo. Mientras más se incremente el costo administrativo o de infraestructura externa, más se reduce la calidad de la vivienda. El equilibrio es delicado. La vivienda social no puede convertirse en el vehículo para financiar obras estructurales que rebasan su capacidad económica.

Por su parte, las empresas contratadas para urbanización y edificación deben responder con eficiencia técnica y administrativa, ya que la viabilidad financiera bajo un precio tope exige optimización de procesos, reducción de tiempos, control riguroso de costos y estandarización sin sacrificar calidad. La meta no es únicamente cumplir con el presupuesto, sino entregar un producto digno —tanto en vivienda como en urbanización— que permita utilidades justas sin comprometer estándares constructivos.

 

Más allá del discurso: vivienda digna como objetivo central

En Yucatán, el éxito del programa dependerá de la alineación efectiva entre el INFONAVIT, las autoridades locales y el sector empresarial. El rezago histórico en vivienda para trabajadores de menores ingresos no admite dilaciones ni justificaciones presupuestales. El recurrente “no hay recursos” no puede convertirse en argumento estructural para transferir responsabilidades. Cada actor debe asumir su parte.

El programa Vivienda para el Bienestar tiene el potencial de convertirse en una política pública emblemática si logra coordinar voluntades, ordenar responsabilidades y mantener disciplina técnica. El objetivo debe permanecer claro y sin distorsiones: vivienda digna en justicia social para las familias de menores ingresos, sin sobrecostos ocultos y sin evasiones administrativas. Sólo así, la intención social podrá traducirse en resultados urbanos sostenibles y en patrimonio real para quienes más lo necesitan. La experiencia acumulada del sector público, la capacidad técnica del empresariado y la urgencia social que hoy enfrenta el país conforman una ecuación que, bien articulada, puede dar resultados contundentes. Existen talento, conocimiento normativo, reservas de tierra y estructura institucional suficientes para que el programa cumpla sus metas.

Si cada actor asume con responsabilidad su papel —instituciones gestionando con eficacia, autoridades facilitando y empresas ejecutando con eficiencia— el éxito no sólo es posible, es alcanzable. La vivienda social ha demostrado en otras etapas de la historia reciente que puede ser un motor económico y una herramienta de justicia social al mismo tiempo. Hoy, más que una aspiración, el cumplimiento de estos compromisos es una oportunidad real de reconstruir confianza, reducir rezagos y demostrar que sí se puede transformar la política habitacional en resultados concretos para las familias que más lo necesitan.

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Arq. Ricardo A. Combaluzier
Arquitecto y Maestro en Gestión del Espacio Público. Vicepresidente de la CANADEVI, ha sido presidente del Colegio Yucateco de Arquitectos. Socio de construcasa.com y Adaigo Arquitectos.