En publicaciones académicas y de divulgación, algunos colegas y yo hemos resaltado ciertos procesos que aquí presentaré de forma muy sintética. Mérida, se ha escrito, es el motor que dinamiza al estado de Yucatán, incluso, junto con Cancún y la Riviera Maya, también dinamiza toda la región peninsular. Es uno de los pocos centros de población del Sureste que cuenta con todos los servicios especializados que uno pueda requerir: contables, financieros, jurídicos, médicos, científicos, de educación superior; además de aquellos relacionados con el ocio y el recreo, como lo son la restauración, el turismo y, en general, el consumo cultural en todas sus formas, por mencionar sólo algunos.

Este oasis de ventajas, privilegios y de elevada calidad de vida contrasta con el resto de Yucatán, por eso no extraña que Mérida y Kanasín sean las dos ciudades más pobladas del estado y que en la Zona Metropolitana se concentre cerca o poco más de la mitad de los habitantes (esperemos al próximo Censo de Población que se levantará en 2020 para poder tener y ofrecer datos exactos). Es una obviedad que la gente migra a donde se presentan oportunidades de mejorar y, en ese sentido, no es exagerado suponer que Mérida, durante décadas, ha sido la tierra de la gran promesa.

(Imagen: Sipse)

Ahora bien, las grandes ventajas de la capital han sido a expensas de concentrar aquí el gasto y la inversión, tanto públicos como privados. Esto sólo ha reforzado una enorme asimetría entre Mérida con sus comisarías y subcomisarías, así como los municipios que conforman su Zona Metropolitana, y desde luego, también con el resto de Yucatán y el resto de la Península. Esta asimetría no es la única, si acaso es la más general. Además de ésta, referida al ámbito urbano-regional, en adelante mencionaré otras que también me parecen paradigmáticas.

Creo que la asimetría que me ha parecido más chocante es la étnica. La “blanca Mérida”, a menos que se trate de festivales u otra parafernalia oficial, siempre se ha distanciado del pasado maya y rural que define a la Península. He documentado muchas experiencias de violencia, principalmente simbólica, de la que son víctimas los descendientes de los pobladores originales de la región, incluso los que han llegado a encumbrarse en el ámbito político, académico o cultural. El espacio urbano, por su parte, tiene un correlato de estas formas de violencia, igualmente chocantes: el remate de Paseo de Montejo, la avenida más vistosa de la ciudad, lleva el nombre del conquistador y culmina (o comienza) con una estatua de él y su hijo. Otra avenida importante, República de Corea, que hace alusión a una migración que llegó a Yucatán en situación de pobreza, comienza con una chimenea de una hacienda, cuando justo fue el lugar al que los coreanos vinieron a trabajar enganchados por los propios hacendados; huyendo de la pobreza de su país de origen. Qué mejores ejemplos de asimetría social, económica y cultural, que estos dos ignominiosos monumentos que representan la opresión, la explotación, el sometimiento, tanto de los mayas, como de otros grupos insertos, como fue el caso de los coreanos.

Otra forma de asimetría en esta ciudad tiene que ver con el empleo, y aquí hay muchos ejemplos. El más lacerante está relacionado con la industria de la construcción. Mérida está creciendo mucho, en extensión y también en lo vertical. Este jugoso negocio tiene dos grandes generadores de valor agregado: a) la compra, a veces a precios irrisorios de terrenos otrora ejidales y b) la contratación como albañiles de bajo costo a los otrora campesinos y ejidatarios. Todas las mañanas temprano se constata cómo los contratistas van a las comisarías y subcomisarías a recoger mano de obra. Se suben a sus camionetas y llevan a los alarifes a trabajar a estas magnas obras (edificios de apartamentos, centros comerciales, emprendimientos de vivienda masiva). En las tardes, igual, pero de regreso: de las obras a las plazas centrales de las comisarías meridanas. Estos pobres del periurbano trabajan construyendo los que serán los templos del consumo conspicuo, lugares en los que sólo en obra negra podrán estar.

Hay que dar cuenta también de otra forma de empleo mal pagado. Aquí quisiera referirme al así llamado proletariado de servicios: existe una abundante oferta para hombres y mujeres en puestos de meseros, garroteros, cajeros, vendedores, cuidadores, mucamas, jardinería y un largo etcétera, la mayoría de ellos también residentes en las comisarías y las localidades de los municipios de la zona metropolitana, que en este caso también funcionan como el reservorio de la mano de obra barata disponible. Ellos son los que se emplean en Mérida. Y salvo los que viven en las comisarías, que suelen ser habitantes desde generaciones precedentes, muchos de quienes viven afuera de Mérida, por ejemplo, en Kanasín, son migrantes pobres, provenientes del interior del estado o de los estados vecinos, y viven en el periurbano porque la vivienda ahí es más barata que en la capital. No está demás mencionar que las comisarías de Mérida y las cabeceras municipales de los municipios metropolitanos, además de fungir como localidades dormitorio que mandan a sus pobladores a trabajar a Mérida, no cuentan con la cantidad y calidad del equipamiento urbano que caracteriza a la capital yucateca.

Ni qué decir de las desigualdades que se hacen bien visibles dentro de la ciudad. Varios estudios de segregación socioespacial han destacado que, al Norte de Mérida, un poco al Este, hay un triángulo de privilegios en el que vive la población con mejores condiciones de existencia material, la más escolarizada, la que tiene viviendas más equipadas y además goza de los mejores espacios y servicios, algunos públicos y otros, la mayoría, privados. El resto de la ciudad no cuenta con más zonas en las que se concentre población con tantas ventajas sociales y económicas, y menos aún, en lo concerniente a ser beneficiarios de esa cantidad y calidad de equipamiento urbano.

La política pública está obligada a atenuar las diferencias, a garantizar un nivel de bienestar material suficiente para todos. Yucatán es un estado muy desigual y Mérida es la quintaesencia de esa asimetría. Si el lector se pregunta por qué debe preocuparnos el asunto de las distancias sociales, económicas, étnicas, entre otras, y por qué debe atenderse, la respuesta es simple: una sociedad, una localidad o una comunidad con desigualdades muy marcadas no puede vivir en paz. Se padecen tensiones subyacentes que en algún momento tienden a manifestarse de forma abrupta, más aun cuando los privilegiados y el grupo que toma decisiones políticas son ajenos e insensibles a esta realidad. De ahí que el reciente ejemplo de Santiago, capital de Chile, que luego se contagió a otras ciudades de aquel país, no nos debe ser ajeno.

 

*Fotografías: Nayeli González Muñoz.

 

 

 

Ricardo López Santillán

Ricardo López Santillán

Licenciado en Sociología por la UNAM. Maestro y Doctor en Sociología por la Université de la Sorbonne Nouvelle-Paris III. Investigador titular en el CEPHCIS UNAM en Mérida.

E-mail: lopezsantillan@cephcis.unam.mx

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