Hasta qué punto queremos hacer «crecer» a Mérida

Jul 26, 2022 | Artículos, Zona Urbana

Hasta qué punto queremos hacer "crecer" a Mérida

El año pasado, en un evento sobre ciudades intermedias de América Latina, discutíamos si los criterios de definición podrían ser válidos y generalizables a las urbes de nuestra región. El debate no es anodino, pues considerando el tamaño de los países y de sus respectivas poblaciones, lo que vale para Argentina, Brasil o México no necesariamente aplica para Centroamérica, las Guayanas o las islas del Caribe. Sin embargo, el consenso es unánime cuando se afirma que las ciudades medias son privilegiadas si se las compara con las grandes urbes.

El problema con el crecimiento de las ciudades latinoamericanas

En Latinoamérica, durante buena parte del siglo XX, en todos los países, casi siempre en las ciudades capitales o algunos puertos importantes, hubo una marcada macrocefalia que hacía que estas urbes fueran receptáculo de millones de personas en una extensión territorial que no paraba de incorporar zonas circunvecinas. Este fenómeno de expansión territorial y concentración demográfica casi siempre estuvo relacionado con el peso de las actividades productivas ahí ubicadas y, por tanto, del desarrollo económico, con su corolario de bienestar material para las personas. En las grandes ciudades, incluso para los migrantes más pobres, la situación podía ir mejorando al paso de los años, o al menos, de entrada, ya era mejor que la que se vivía en los lugares de origen. Durante décadas estas grandes urbes fueron polo de atracción. Las grandes ciudades crecieron más rápido que el resto, porque recibieron numerosas olas migratorias, no sólo del tipo campo-ciudad; también del tipo ciudad pequeña-gran ciudad. Las grandes urbes, aún siendo una anomalía (o un disparate) del desarrollo regional desconcentrado, fueron la norma en nuestros países.

 

Hasta qué punto queremos hacer

 

De hecho, desde finales del siglo pasado, pero de forma más evidente a inicios del siglo XXI, ya se aceptaba que ese crecimiento sin control de las grandes urbes (Bogotá, Guayaquil, Sao Paolo, Buenos Aires, Ciudad de México, Lima, entre otras más) tuvo demasiados costos sociales, económicos y ambientales. Desde entonces, en prácticamente todos los países, se han hecho esfuerzos desconcentradores que abonan al equilibrio demográfico y al desarrollo regional. Incluso las normativas concernientes a los usos de suelo, los planes de desarrollo urbano y todo el andamiaje técnico del diseño del hábitat surgieron, no sólo para contener el crecimiento de las grandes urbes, si no para que en las ciudades pequeñas y medianas no se cometieran los mismos errores que caracterizaron a las metrópolis inconmensurables.

Hasta qué punto queremos hacer

Se desprende de ello que las grandes urbes no son un modelo a seguir, básicamente porque su “cuadro de vida” no tiene las ventajas que sí tienen las ciudades medianas y pequeñas. Como sociólogo, con ese criterio me quedo para definir una ciudad media. No es el único, pero es el que más tiene que ver con la calidad de vida de las personas. Dice un amigo, un célebre decano de un centro de estudios urbanos en Bolivia: “una ciudad en la que uno no tiene la ocasión de volver a casa a comer y hacer la siesta para luego regresar al trabajo es insoportable”. Se supone que en una ciudad pequeña o media se tiene todo el equipamiento urbano que se requiere, pero sin las distancias ni el tráfico de una gran ciudad: vivienda, trabajo, escuela, diversión, abasto, centros de salud, naturaleza, vida cívica, todo está a proximidad.

Hasta qué punto queremos hacer

La situación en Mérida

Mérida, hasta hace poco, gozaba de ese cuadro de vida tan favorable. Sin embargo, sus problemas actuales y futuros se derivan de su propio éxito. Al tener un papel preponderante en la economía estatal y peninsular, concentra muchas ventajas que la han puesto en una situación hegemónica a escala regional, incluido lo concerniente a “su cuadro de vida”. Consecuencia de ello es que ha sido un polo de atracción para población del interior de Yucatán, de la Península y estados vecinos, y más recientemente, de gente del centro y norte del país, así como del extranjero. Lamentablemente, desde hace algún tiempo se han tomado decisiones equivocadas y se ha minimizado la importancia de los marcos normativos de uso de suelo y de los instrumentos de planeación urbana; incluso se ha desdeñado el impacto ambiental del crecimiento urbano. Se están cometiendo errores o se están tomando decisiones equivocadas. Derivado de ello, en vez de mantener nuestro cuadro de vida, nos estamos pareciendo cada vez más a Puebla, Querétaro, incluso Tijuana.

A mi juicio, el primer gran error o la primera decisión equivocada fue permitir que con la puesta en marcha del Programa Director de Desarrollo Urbano de Mérida 2003-2010 el anillo periférico dejara de contener a la ciudad construida. La ulterior aparición de la urbanización en las comisarías ejidales, en espacios como Ciudad Caucel, Las Américas y Los Héroes, y para otro estrato socioeconómico en Chablekal, Temozón y más recientemente Santa Gertrudis Copó, abrieron la caja de Pandora de la urbanización periurbana a gran escala.

Hasta qué punto queremos hacer

Con esto se ha evadido el aprovechamiento de enormes baldíos intra-periférico donde también se puede construir, con la ventaja de que ya es “suelo servido”.

Otro gran error ha sido la delimitación de la Zona Metropolitana de Mérida, la cual se ha ampliado de forma innecesaria al paso de los años. SEDESOL, CONAPO e INEGI, en 2007, sólo consideraban a Mérida, Kanasín, Umán, Conkal y Ucú como municipios metropolitanos. La actual delimitación de SEDATU, CONAPO e INEGI (2018) incluye, además, los municipios de Acanceh, Samahil, Timucuy, Tixkokob, Tixpehual y Hunucmá. La pregunta es obvia ¿qué sentido hace una zona metropolitana tan extendida?, ¿por qué nos queremos parecer a Guadalajara?

Me parece inconcebible que, ahora que contamos con un enorme cúmulo de conocimientos generados por los especialistas en temas urbanos, así como instrumentos de planeación y marcos normativos que antes no existían, estamos acercándonos a una situación en la que apostamos el cuadro de vida que nos ha caracterizado hasta ahora. ¿Por qué en Mérida y su Zona Metropolitana se está haciendo todo al revés?

Pensar en un nuevo aeropuerto, en un nuevo estadio multifuncional, en una nueva termoeléctrica en Kanasín, en la venta de lotes de inversión en zonas que ofrecen servicios ambientales, en la lotificación de todas las márgenes de las vialidades intermunicipales, así como el desarrollo de nuevos emprendimientos de vivienda masiva (o la ampliación de nuevas etapas en los ya existentes). La codicia que surge de los réditos de la economía del ladrillo nos da algunas pistas, así como su más peligroso engendro: la especulación inmobiliaria.

Falsamente suponemos que todo lo que rodea a Mérida es susceptible de ser urbanizado, y eso terminó con nuestra ciudad de 15 minutos.

 

A mi juicio, el primer gran error fue permitir que el anillo periférico dejara de contener a la ciudad construida. Otro gran error ha sido la delimitación de la Zona Metropolitana de Mérida, la cual se ha ampliado de forma innecesaria al paso de los años.

Ricardo López Santillán

Ricardo López Santillán

Licenciado en Sociología por la UNAM. Maestro y Doctor en Sociología por la Université de la Sorbonne Nouvelle-Paris III. Investigador titular en el CEPHCIS UNAM en Mérida.

E-mail: lopezsantillan@cephcis.unam.mx

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