El ciudadano común apenas puede vislumbrar lo complejo, pero a la vez maravilloso que puede llegar a ser un sistema eléctrico. No me refiero solamente a conocer las partes que lo componen, sino a comprender cabalmente la forma en que éste opera y funciona para hacer llegar la electricidad hasta cada rincón en donde es necesario.

Hoy, un alto porcentaje de la población habita en las ciudades, esos dinámicos ecosistemas que poseen una especial habilidad para consumir vorazmente grandes cantidades de energía, un insumo indispensable para que sea posible encender millones de luces, que iluminarán los espacios cada vez que La Tierra rote sobre su eje, y la obscuridad de la noche nos alcance; un recurso que pone a funcionar los televisores que nos entretienen; que anima a cientos de miles de máquinas que fabrican los productos que usamos y consumimos de manera cotidiana; que enfría o calienta las habitaciones que nos cobijan, según se necesite, para mantenernos confortables mientras trabajamos durante el día o descansamos por las noches.

Toda esa energía, por lo general se produce en un sitio remoto, o en varios sitios simultáneamente, que se encuentran en diferentes ubicaciones y a diversas distancias. Para generarla se utilizan diferentes tecnologías, unas muy costosas y altamente contaminantes, otras mucho más baratas y limpias, pero todas ellas generan una inimaginable cantidad de insignificantes partículas cargadas de energía llamadas electrones, que necesitan emprender un viaje que puede ser desde varias decenas, hasta cientos de kilómetros, para poder llegar hasta donde se necesita.

Y el medio de transporte que se utiliza para mover ese enorme caudal de electrones, es decir, la electricidad, es el sistema de líneas de transmisión y distribución. Cuando viajamos por una carretera, parecen interminables los kilómetros de cables colgados de postes o grandes estructuras. Si nuestro viaje es por avión, podemos distinguir algo similar a las precisas puntadas con las que se costuran las prendas de vestir. Pero sea cual sea la perspectiva desde la cual lo observemos, esas líneas son la columna vertebral del sistema eléctrico.

En México, la CFE es la única empresa que puede prestar este servicio, de acuerdo con lo que establece la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en sus Artículos 25, 27 y 28, y constituye la base para garantizar el control y la soberanía del estado sobre el sistema eléctrico nacional. Esta extensa red de postes, torres y cables, de diferentes especificaciones técnicas y características, se despliega por todo el territorio de nuestra nación, y consta de más de ciento siete mil kilómetros de longitud, pero lamentablemente acusa ya el deterioro en su salud, por haberse convertido en un adulto muy mayor.

Para brindar los servicios de transmisión y distribución a través de estas líneas, la CFE tiene una tarifa definida y regulada que nos cobra a todos sus clientes, una tarifa que tiene altos márgenes de ganancia, cuyos activos se componen de aparatos y dispositivos que poseen una muy larga vida útil, y cuyos costos de operación y mantenimiento son muy bajos.

Es ahí, en las líneas que conforman esa gran red, en donde podría encontrarse la clave para evitar los riesgos, los costos, y otros impactos negativos de los apagones. Una serie de inversiones inteligentes para ampliar las líneas de dicha red, mejorar la capacidad de las existentes, incorporar tecnología de punta para su monitoreo y adecuada gestión, son acciones que permitirán conservar y fortalecer la salud de esta columna vertebral, y con eso garantizar la confiabilidad, seguridad, continuidad y calidad del sistema eléctrico nacional.

 
 

Raúl Asís Monforte González

Raúl Asís Monforte González

Ingeniero Civil y Maestro en Arquitectura de Paisaje. Presidente del Consejo Directivo de la Asociación Mexicana de Energía Renovable y Medio Ambiente A.C.

Email: raul@mienergiamx.com

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