Trabajo y ciudad

Mérida y la paradoja del crecimiento urbano: más empleo, bienestar incierto

Mérida crece. Se construyen torres, fraccionamientos y nuevas zonas comerciales. La ciudad atrae inversión, población y capital. Pero mientras el paisaje urbano cambia, muchas familias enfrentan otra realidad: rentas más altas, vivienda más lejana y salarios que no avanzan al mismo ritmo. La pregunta no es cuánto crece Mérida, sino quién puede seguir viviendo bien dentro de ella.

 

Comprar una vivienda resulta más difícil hoy que hace algunos años

Para una pareja joven, independizarse o comprar su primera vivienda dentro de la ciudad resulta hoy más difícil que hace algunos años. Para muchos trabajadores, acceder a una casa más asequible implica mudarse lejos del empleo, gastar más tiempo en trayectos diarios y asumir mayores costos de transporte. Para numerosos hogares, cada aumento en renta, alimentos o servicios reduce espacio para el ahorro, el descanso, la salud o la educación de los hijos. El crecimiento urbano no se vive igual desde todos los ingresos.

 

Las ciudades cambian de acuerdo con la economía que las impulsa

Las ciudades no crecen por sí mismas. Su forma urbana, sus precios, sus oportunidades y también sus desigualdades cambian según la economía que las impulsa. Cada etapa histórica deja una huella visible en la ciudad.

Tras el agotamiento de la larga etapa henequenera, Yucatán inició, desde la década de 1990, una nueva inserción en la economía nacional e internacional ligada a la globalización de la producción. Lo hizo mediante cadenas productivas, manufactura ligera, comercio y servicios. Durante cerca de tres décadas ese fue uno de los principales motores de crecimiento regional. El modelo generó empleo, pero también mostró límites persistentes: salarios relativamente bajos, elevada informalidad y escasa movilidad social. Incluso hoy, la informalidad laboral en Yucatán alcanza 59.9%, por encima del promedio nacional de 55.0%.

 

El crecimiento de Mérida, impulsado por el mercado inmobiliario

Hoy, todo indica que Mérida y su zona metropolitana atraviesan una nueva lógica de crecimiento impulsada por la valorización del suelo urbano, por negocios vinculados al mercado inmobiliario y por una creciente visión de la vivienda como activo de inversión y no sólo como respuesta a una necesidad habitacional. Las señales no solamente aparecen en el paisaje urbano, también están en las estadísticas. Entre 2015 y 2025, la principal actividad receptora de inversión extranjera directa en Yucatán fue el hospedaje no hotelero, con 21% del total estatal. Las actividades inmobiliarias ocuparon el cuarto lugar con 7%. En conjunto, ambas ramas concentraron 28% de la inversión recibida en el periodo.

No se trata de movimientos menores. En 2023, la rama de hospedaje no hotelero concentró 45% de la Inversión Extranjera Directa (IED) estatal y en 2024 alcanzó 47%. Esto sugiere que una parte creciente del dinamismo reciente se relaciona con turismo residencial, rentas temporales, servicios vinculados a visitantes y valorización del suelo urbano. En otras épocas, el crecimiento se expresaba en parques industriales, nuevas plantas o corredores productivos. Hoy también se expresa en torres residenciales, desarrollos habitacionales, plataformas de renta temporal y expansión periférica.

 

¿A quién beneficia el desarrollo?

El debate no es contra la inversión, sino sobre qué tipo de desarrollo produce y a quién beneficia. Construcción, comercio, turismo y servicios generan actividad económica y empleo. La cuestión de fondo es si ese impulso alcanza para elevar de manera amplia el bienestar de quienes sostienen la ciudad con su trabajo cotidiano.

Porque el trabajo no sólo debería generar dinero, sino bienestar. Debería permitir acceder a vivienda digna, cubrir transporte, sostener alimentación suficiente, disponer de tiempo familiar, ahorrar y construir patrimonio. En toda ciudad, el ingreso laboral es el principal vínculo entre las personas y las oportunidades urbanas. Cuando el costo de vivir en Mérida crece más rápido que los salarios, ese vínculo se debilita.

Para miles de personas, el problema no es únicamente cuánto ganan, sino cuánto rinde ese ingreso dentro de la ciudad. Un mismo salario pierde capacidad cuando obliga a vivir más lejos, pagar más transporte o destinar mayor proporción a vivienda. El deterioro del poder de compra urbano también es una forma de precariedad laboral.

Los datos muestran esa presión. Según el Índice de Precios de la Vivienda de la Sociedad Hipotecaria Federal, el valor de la vivienda en Yucatán aumentó cerca de 98% entre 2017 y el tercer trimestre de 2025. Al mismo tiempo, en marzo de 2026, Mérida se ubicó como la segunda ciudad del país donde más han aumentado los precios desde julio de 2018, base utilizada por el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC). El índice local alcanzó 152.66 puntos, por encima del promedio nacional de 145.54. En términos simples: vivir en Mérida se ha encarecido más rápido que en buena parte del país.

El sesgo se vuelve mayor cuando esos costos conviven con ingresos laborales rezagados. Yucatán mantiene históricamente salarios por debajo de otras entidades. Incluso en empleo formal, el salario diario asociado al IMSS en marzo de 2026 fue de 554.84 pesos, frente a un promedio nacional de 663.45 pesos. A ello se suman elevados niveles de informalidad laboral, que limitan seguridad social, estabilidad e ingresos suficientes para miles de personas.

Ahí aparece la paradoja de esta nueva etapa urbana. Puede haber más construcción, más movimiento comercial y mayor dinamismo visible, sin que eso se traduzca automáticamente en bienestar compartido. Una ciudad puede lucir más moderna y, al mismo tiempo, volverse más difícil de habitar para quienes viven de su trabajo.

El reto es orientar este crecimiento. Mérida necesita vivienda accesible, transporte metropolitano eficiente, mejores ingresos laborales, planeación territorial y mayor conexión entre la inversión que llega y la economía local. El desarrollo urbano debe beneficiar también a quienes levantan la ciudad todos los días con su esfuerzo.

Mérida probablemente seguirá creciendo. La pregunta de fondo es si crecerá sólo en edificios, plusvalía y expansión territorial, o también en condiciones que permitan que el trabajo siga siendo una vía real de bienestar, sin profundizar desigualdades. Porque una ciudad verdaderamente exitosa no se mide únicamente por lo que construye, sino por la posibilidad de que quienes la trabajan puedan vivir bien dentro de ella.

 

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Felipe Alonzo Solís
Doctor en Economía. Profesor en la UADY e Investigador en desarrollo territorial y políticas públicas. Presidente del Colegio de Maestros en Administración y Políticas Públicas del Sureste.