Es un espacio de reflexión sobre el fenómeno urbano visto desde la raíz. Partimos de una premisa crítica: la ciudad no es una isla de concreto, sino una pieza integrada en un tejido territorial vasto y complejo. Caminando la frontera donde lo urbano y lo rural se desdibujan, esta columna busca entender las tensiones, los vínculos y las deudas pendientes entre el asfalto y la tierra, defendiendo una visión de territorio continuo frente a la planificación aislada.
Un martes cualquiera despierto temprano y salgo a caminar. Saludo a don Juan, quien sale con su hijo rumbo a la escuela y, al verlo, reflexiono, casi sin querer, que va a llegar un poco tarde. Mi voz interna advierte: “el periférico a esta hora no perdona. Estos huaches cada vez generan más tráfico”. Me río por dentro, porque yo también soy “huache”. Sigo caminando, paso por uno de tantos Oxxos. El calor ya se anuncia y los gatos se refugian bajo los autos. Voy pensando en mis pendientes de la semana y en algún momento pierdo la noción de hacia dónde voy. Las calles van cambiando despacio: menos asfalto, más tierra. Los gatos desaparecen y en su lugar aparecen gallinas. Me detengo. He llegado a la comisaría sin haberlo planeado. Quince minutos de caminata y todo es distinto.
Mientras camino por la comisaría, me percato del cambio de ritmo: menos prisa, bueno, ¡los mototaxis sí llevan la suya! Más comunidad; veo un puesto de kibis y, sin pensarlo dos veces, me dirijo a comprar mi desayuno. Doña Mary me cuenta que se levanta todos los días a las 5:00 am a preparar sus kibitos y que su ensalada de repollo —a mi parecer, también su amabilidad— es parte del secreto de su éxito, pero que mañana “no va a abrir”. Le toca ir al centro de Mérida a llevar a su mamá a consulta, porque “el centro de salud de la comisaría lleva dos meses sin médico”. Eso le tomará casi una hora de trayecto entre que toma el Va y Ven y llega a su destino. Mientras me cuenta, mi mirada se va al parque que está justo detrás de su mesita: un par de bancas visten el espacio bajo el sol, no hay sombra, ni juegos infantiles, tampoco iluminación ni basureros. ¿Y las ceibas de antaño?
Mientras regreso a mi casa, “su casa”, como dicen en el México que tanto me encanta, pienso en las comisarías y en cómo la ciudad las ha dejado fuera del plano: las ha bordeado y rodeado de fraccionamientos y avenidas, obligándolas a sobrevivir sin preguntarles cómo integrarse, o si es que quieren hacerlo. Y es que Mérida ha crecido rápido y planeado poco. Trata a la periferia como un lugar de llegada y no como lo que es: una condición que se fabrica, muchas veces injusta, que le niega el derecho a la ciudad a quienes eran los dueños originales de la tierra.

La comisaría que referí podría tener muchos nombres. El municipio de Mérida tiene 11 comisarías y 36 subcomisarías, aunque el ayuntamiento ha reconocido hasta 47 en sus propios procesos electorales. Dichos números ya dicen algo sobre la confusión administrativa en la que viven. De ellas, al menos seis del norte están hoy en la línea de fuego: Cholul, Santa Gertrudis Copó, Chablekal, Dzityá, Sitpach y Chichí Suárez. Están rodeadas de desarrollos inmobiliarios que reducen sus espacios públicos de forma dramática, según reporta Novedades Yucatán. Caucel y Komchén, al poniente, corren la misma suerte.
Hay un precedente que nadie debería olvidar: Chuburná, ese lindo pueblo maya, perdió en 1970 su categoría de comisaría, convirtiéndose en una colonia meridana más. Y desapareció del mapa sin que nadie votara por eso. Silvia Chalé, defensora de la tierra y habitante de Chablekal, lo resume mejor que cualquier diagnóstico urbanístico: «No queremos ser una colonia de Mérida, queremos seguir siendo un pueblo maya», declaró al medio Memorias de Nómada. Pocas frases describen con tanta precisión lo que está en juego.
Mañana doña Mary no va a abrir su puesto. Estará en el Va y Ven, rumbo al centro, buscando un médico que su comisaría no tiene. Yo probablemente vuelva a caminar por ahí, a perderme otra vez entre el asfalto y la tierra. Seguiré siendo huache y las comisarías seguirán siendo las que sobreviven. Los verdaderos quince minutos, no los quince minutos del concepto que se puso de moda, separan dos mundos que la misma ciudad contiene y no termina de ver. Esta columna va a seguir caminando esa distancia. Les invito a recorrerla conmigo.
¡Visita la edición 83 de MetrópoliMid!








