Paseo de Montejo: una oportunidad para devolverle la vida

La revitalización del Paseo de Montejo no comienza rediseñando la calle; comienza recuperando la vida urbana

Pocas calles representan tanto para Mérida como el Paseo de Montejo, es patrimonio, historia, identidad y uno de los espacios urbanos más reconocidos y reconocibles de la ciudad. Durante décadas fue punto de encuentro, lugar para vivir, pasear, invertir y construir ciudad. Sin embargo, como sucede con muchos corredores históricos, el paso del tiempo ha ido modificando su dinámica y hoy enfrenta retos que difícilmente pueden explicarse por una sola causa.

La decisión del Gobierno del Estado de impulsar un proceso para su revitalización, acompañado  y dirigido metodológicamente por la UADY, representa una oportunidad que, con una visión a largo plazo, vale mucho la pena aprovechar. Sin embargo, también representa el riesgo de reducir el debate únicamente a cómo debería de ser la calle, manteniendo la pugna entre peatones, ciclistas, automovilistas, hoteleros, restauranteros, comerciantes y ciudadanía en general acerca del derecho de apropiación y uso sobre la vialidad. Lo que el Paseo de Montejo necesita es volver a ser ciudad.

 

El Paseo de Montejo necesita un verdadero plan maestro

La intervención realizada durante la administración incluyó ciclovías, áreas ajardinadas y cambios en los espacios de estacionamiento. Esto, por sí solo, difícilmente podía resolver una problemática mucho más profunda relacionada con la estructura urbana, la actividad económica, el patrimonio, la vivienda y la gestión institucional.

Se requiere un plan maestro basado en información y no en ocurrencias. La opinión ciudadana es indispensable, pero no sustituye al diagnóstico que debería responder, entre otras preguntas: ¿cuántas personas viven hoy en el corredor?, ¿qué usos de suelo están creciendo y cuáles desapareciendo?, ¿qué inmuebles están subutilizados?, ¿qué actividades económicas son viables?, ¿cómo se mueve la gente?, ¿qué conflictos existen entre peatones, ciclistas, automovilistas y transporte público? y ¿qué barreras normativas desalientan la inversión? 

Las políticas actuales de conservación patrimonial, ¿han promovido la inversión y conservación? o, por el contrario, ¿han provocado abandono, deterioro y pérdida? Para responder estas cuestiones, resulta indispensable revisar la interacción entre la normativa federal, la estatal y la municipal. La protección del patrimonio histórico es un objetivo irrenunciable; sin embargo, también debe ofrecer certidumbre a quienes desean invertir, rehabilitar o reutilizar inmuebles. La conservación y el desarrollo no son conceptos opuestos, las mejores ciudades históricas del mundo han demostrado que es posible proteger el patrimonio mientras se incentiva su ocupación y aprovechamiento.

 

 

El Paseo de Montejo necesita habitantes

El verdadero problema del Paseo de Montejo no es únicamente la movilidad, sino que cada vez existen menos personas viviendo en él y en su entorno inmediato. Toda ciudad nace para ser habitada. Su origen, su crecimiento y su permanencia dependen, antes que cualquier otra cosa, de las personas que viven en ella. Son los habitantes quienes dan sentido a los espacios públicos, utilizan la infraestructura, demandan servicios, sostienen al comercio y generan la actividad cotidiana que pueden convertir una simple avenida en un lugar con identidad y vida propia. Las ciudades no se revitalizan cuando se remodelan sus calles; se revitalizan cuando las personas vuelven a habitarlas.

Cuando se segregan los usos y se disminuye el habitacional, comienzan a suceder muchas cosas: disminuye la actividad cotidiana, desaparece el comercio de proximidad, aumenta la dependencia del automóvil, los inmuebles encuentran menos incentivos para rehabilitarse, la inversión se vuelve más riesgosa, el espacio público pierde vida y, de manera paulatina, aparece un fenómeno bien conocido en urbanismo: la pérdida de intensidad (1) urbana. 

El Paseo de Montejo no es ajeno a esta realidad. Durante muchos años fue un corredor donde coexistían la vivienda, el comercio, los servicios y la actividad institucional. Sin embargo, conforme el uso habitacional fue cediendo terreno frente a otros usos de suelo, esta dinámica comenzó a transformarse. Hoy existen tramos que muestran una intensa actividad en determinados horarios y una evidente falta de vida urbana en otros, situación que limita la consolidación de un entorno verdaderamente dinámico, seguro y atractivo. Por ello, cualquier estrategia seria de revitalización debe reconocer que recuperar la vivienda en la zona no significa desplazar al comercio ni a los servicios, sino fortalecerlos. 

Más habitantes generan mayor demanda de restaurantes, cafeterías, tiendas, equipamientos y espacios culturales; estos, a su vez, hacen más atractivo vivir en la zona y estimulan nuevas inversiones para la rehabilitación y reutilización del patrimonio construido. Se genera así un círculo virtuoso donde la vivienda impulsa la economía, la economía fortalece el espacio público y el espacio público incrementa la calidad de vida. En consecuencia, la revitalización del Paseo de Montejo debe crear condiciones e incentivos reales para que las personas vuelvan a vivir en él y en su entorno inmediato.

No sabemos todavía cuáles serán las propuestas que surjan, pero sí cómo debería medirse su éxito: no por el número de árboles plantados, los kilómetros de ciclovía construidos o la cantidad de mobiliario urbano instalado; sino porque, dentro de diez o quince años, podamos recorrer nuevamente un Paseo de Montejo lleno de vida.

La participación de la UADY ofrece confianza en que el proceso estará sustentado en criterios académicos y técnicos, además de abrir espacios para escuchar a los distintos sectores de la sociedad. Ojalá que este esfuerzo trascienda los tiempos políticos y se convierta en el inicio de un verdadero proyecto de ciudad, porque el Paseo de Montejo no necesita solamente una nueva imagen, necesita volver a tener vida.

 

(1)  La intensidad urbana es el nivel de vida que tiene un espacio urbano. La pérdida de intensidad urbana ocurre cuando ese espacio deja de ser un lugar activo, diverso y atractivo para convertirse en un sitio con menos personas, menos actividad económica y menor interacción social.

 

 

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Ricardo Combaluzier Medina
Arquitecto por la UADY, con maestría en Gestión del Espacio Público por la UniModelo. Cuenta con diplomados en planeación, urbanismo y arquitectura de paisaje. Socio de Adaigo Arquitectos.