Si lo planteamos de forma tajante, tal cual está en el título de esta colaboración, podemos reducir la cuestión de los parques al criterio meramente estético, pues es indudable que éstos tienen una gran importancia paisajística. Quizás relacionado con lo anterior, en ocasiones puede privar la noción del valor inmobiliario y financiero: una zona tiene más plusvalía si cuenta con un parque aledaño y los precios de las construcciones colindantes son siempre mayores. También se puede privilegiar el criterio funcional, pues los parques en las ciudades, si cuentan con la suficiente vegetación, son muy útiles para ofrecer lo que genéricamente se conoce como servicios ambientales, es decir, sirven para regular el clima de una zona, captar dióxido de carbono y agua de lluvia, incluso para contrarrestar el ruido y malos olores propios de la urbe. 
 
 

 

 

Énfasis en las personas.

Como sociólogo, quisiera poner el énfasis en las personas. Mi intención es resaltar, más que la importancia de los parques para las ciudades, lo fundamental que resultan para los habitantes de las urbes. Finalmente, tanto las ciudades como los parques son un constructo humano: hechos por y para los individuos. La constatación es simple y evidente: lo que ofrece un parque urbano abona de forma muy favorable a la calidad de vida de los seres vivos, en primera instancia nosotros mismos, pero incluso aquellos con los que coexistimos de forma cotidiana, tanto especies vegetales como animales.

Los parques son espacios recreativos en los que se puede aprovechar el tiempo de ocio de forma sana. En estos lugares los niños juegan, los deportistas se ejercitan, las mascotas pasean con sus amos, la gente se reúne. Tienen un enorme poder para favorecer la socialización y facilitan los encuentros entre las personas, sin importar origen, estatus social, credo o preferencias.

En los centros comerciales es cierto que también se pueden llevar a cabo varias de estas actividades, pero en estos el ocio está a fortiori ligado al consumo; además se trata de espacios cerrados, de acceso controlado, de homogeneidad sociocultural y, a diferencia de los parques, no pueden ser usados para fortalecer la vida cívica o para fomentar el ejercicio pleno de la ciudadanía. En los parques, en cambio, se llevan a cabo mítines, manifestaciones políticas, campañas de proselitismo, también celebraciones patrias. Tienen, además, una profunda vocación cultural pues, o son sede de espacios ad hoc, o favorecen distintas expresiones artísticas, incluidas las que ahora se definen como Street art.

No está demás señalar que, en tiempos de pandemia, cuando los espacios cerrados o mal ventilados son riesgosos, los parques son auténticamente una bocanada de aire fresco, espacios a cielo abierto sin peligro de contagio para salir del encierro.

¿Qué pasa con los parques en Mérida? ¿Qué pasa con el espacio público?

Hasta hace algunos años, yo señalaba que de entre las ciudades medias del país, la capital de Yucatán gozaba de los mejores estándares de cobertura en estos rubros, pero creo que nos estamos rezagando en la medida que la ciudad crece. Un gobierno que regala espacio público para la construcción de un estadio está haciendo las cosas al revés: apuesta a la privatización de terrenos que pueden tener un uso social-comunitario a favor de las personas, como podría ser un parque. Un gobierno que permite la construcción de centros comerciales, privadas y rascacielos y que no aprovecha enormes baldíos urbanos o terrenos públicos sin uso para hacer más parques, está más preocupado por la imagen de la ciudad y los supuestos beneficios de un boom inmobiliario que por el bienestar y la calidad de vida de las personas.

Una última consideración: Los así llamados Parques Nacionales son espacios de naturaleza casi en estado prístino. En ellos se apela a que no entren los humanos en aras de la conservación de la biodiversidad, por eso están relacionados con la “ética ambiental tradicional”. No es el caso de los parques urbanos que son un pedazo de ciudad intervenido para ser habitado por especies animales y vegetales (algunas veces insertas –no endémicas), con otras amenidades, para el disfrute de los residentes y visitantes.

Los parques urbanos, al ser una creación humana, se relacionan más al cuidado del medio ambiente local y, por extensión, con la salud física y mental de las personas de un espacio determinado. Por eso, quiero concluir aquí con el desafío intelectual y práctico que plantea mi colega, el filósofo Martin Fricke (2021), quien considera que la construcción de la ética y la educación ambiental DEBEN (en imperativo, pues él es neo-Kantiano) comenzar en las ciudades, más específicamente en los parques. Luego entonces, si la salud y por ende calidad de vida en las ciudades, así como la educación y la ética ambiental, se apuntalan en los parques, los gobiernos, en su política pública, deberían de darle la importancia que sin lugar a dudas ameritan.

Un gobierno que regala espacio público para la construcción de un estadio está haciendo las cosas al revés: apuesta a la privatización de terrenos que pueden tener un uso social-comunitario a favor de las personas”. 

Referencias:

Borja, Jordi y Zaida Muxi (2000). El espacio público, ciudad y ciudadanía. Barcelona: Editorial Electa. [en línea].

Fricke, Martin (2021). “¿Cómo queremos que sea el medio ambiente en la ciudad?” en Ricardo López Santillán y Enrique Pérez Campuzano. Saldos y perspectivas de la urbanización neoliberal. CEPHCIS-PUEC: UNAM.

Ricardo López Santillán

Ricardo López Santillán

Licenciado en Sociología por la UNAM. Maestro y Doctor en Sociología por la Université de la Sorbonne Nouvelle-Paris III. Investigador titular en el CEPHCIS UNAM en Mérida.

E-mail: lopezsantillan@cephcis.unam.mx

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