Para esta edición tenemos de invitado al arquitecto Isaac Zambra Issac, habiendo surgido el interés de platicar con él sobre una publicación que subió a sus redes sociales que realmente me emocionó, tanto por lo que escribió como por las bellas imágenes que compartió apoyándolo, todas ellas de nuestro hermoso árbol Makulis (Tabebuia Rosea).
L: Isaac, muchas gracias por haber aceptado esta charla. Podríamos abordar muchísimos temas contigo como arquitecto, artista visual y facilitador de talleres colectivos, de los cuales han resultado productos interesantísimos como Anatomía etérea. Pero hoy te pido nos concentremos en tu escrito, que transcribo textualmente a continuación:
El planeta escribe infinitos textos que reconstruyen lo brutal, lo insensible y lo invasivo. En secreto, traducen códigos de otra dimensión, distinta a la que nosotros, los destructivos humanos, habitamos.
Y seguidamente nos regalaste una serie de imágenes de unos bellos Makulis. Platícanos, por favor, sobre esa reflexión e imágenes que nos compartiste en marzo 2026.
I: Me interesan los patrones que se ocultan ante la mirada cotidiana. Vivo en una colonia en la periferia, donde a lo lejos se escuchan maquinarias que, poco a poco, ganan terreno para el crecimiento de la ciudad. Al mismo tiempo, habito una de estas casas que forman parte de esa transformación radical del territorio.
Más allá de la ingenuidad de pensar que plantar árboles resolverá esta devastación, me interesa observar lo que ocurre después de que la ciudad impone sus normativas: porcentajes y esquemas que reducen la complejidad previa a algo mínimo. Esa simplificación es brutal; no traduce lo que el territorio era —ni lo que sigue siendo sin nosotros—, sino que lo reduce a una fracción casi irreconocible.
En la periferia aparecen parques simplificados, recorridos por andadores que rodean áreas verdes convertidas en una especie de “museo de lo que fue”. Y es ahí donde eso que llamamos naturaleza comienza a reclamar. Surgen hierbas en las grietas, semillas dispersas —muchas traídas por aves—, árboles nativos que aparecen de forma inesperada. Es un campo de tensiones.
Mientras observamos muros blancos que se extienden en líneas continuas hacia el horizonte, también están esos reclamos, casi invisibles para una mirada absorbida por pantallas y rutinas.
Dentro de esa misma inercia, uno de mis hábitos es atravesar una “zona verde”. El 20 de marzo, en medio del ajetreo y las rutinas prefabricadas, vi del lado izquierdo un árbol que apareció de pronto ante mí. Una constelación de racimos en rosa pálido con acentos carmín, iluminada por la luz intensa de las 3:40 p.m. Me sorprendió al punto de detener el coche. Su presencia contrastaba con todo, incluso con los otros árboles. Era hipnótica.
Me bajé y me acerqué para fotografiarlo, por unos minutos completamente absorto, tratando de descifrarlo. Ahí entendí que había salido de una programación para entrar en otra: la del Makuli. De un lado, el auto, las casas en serie y el asfalto; del otro, el árbol expandiéndose. Regresé con imágenes y con la sensación de haber transitado a otra dimensión para traer evidencias a esta. Fue una experiencia heterotópica, silenciosa.
Todo es código o información. Al menos ese fue el mensaje. La naturaleza tiene una capacidad infinita para transmitir otras lógicas, otras configuraciones que operan como datos, y nosotros también somos parte de ese sistema.
De ahí surge la necesidad de mirar eso que llamamos “natural” desde múltiples ópticas. Evitar la separación entre lo natural y lo artificial podría ser un primer paso. Aunque esa relación ya ha sido explorada, aún hay espacio para otras lecturas que permitan comprender estos códigos como parte de un proceso continuo de interpretación y reconfiguración.
L: Sin duda hay espacio para otras lecturas que te invito a que en ediciones futuras nos compartas. Confieso que algo de lo que me maravilla de este árbol Makulis es que expertos indican que puede considerarse una especie notablemente resiliente y adaptable ante los efectos del cambio climático, específicamente por su capacidad para ajustar sus ciclos biológicos, como lo demuestra el cambio en sus tiempos de floración como una respuesta a las alteraciones climáticas. Los expertos señalan que esta adaptación le permite sobrevivir en entornos con mayores temperaturas y sequías más prolongadas.
Platícanos cómo incorporas el tema del paisajismo y el “ser amables con el medio ambiente” en tus proyectos.
I: Ese tema en particular, “el paisaje”, en los últimos años se ha vuelto el centro de varios proyectos que he abordado. Me resulta apasionante pensar que, para habitar un lugar, es necesario seleccionar y construir algún mecanismo que permita interpretar el territorio y, a partir de ello, definir una estrategia. Desde lo más sutil hasta lo más descomunal, siempre hay que decidir cómo entrar en esa aventura, y eso es lo que me ha mantenido interesado: encontrar términos, nombres y posibles estrategias para pensar y operar desde la arquitectura o las artes visuales.
La amabilidad hacia el territorio no debería entenderse sólo como una concesión temporal frente a nuestra propia brutalidad, sino como la posibilidad de ir más allá, imaginando puentes teóricos y prácticos capaces de abrir otras realidades. Incursiones creativas para propiciar encuentros con distintas dimensiones del territorio y detonar experiencias fenomenológicas.
Algo que siempre me ha inquietado es la forma en que se ha simplificado todo esto a meras actividades mercantiles y, en ese contexto, hay un aspecto poco explorado: su lectura. Entender que el territorio es, en muchos sentidos, “un texto” misterioso y que tal vez eso exige actuar con mayor cautela y respeto.
Desde el inicio, mi trabajo se ha centrado en establecer diálogos en este escenario dinámico. En la arquitectura he encontrado un campo vasto para explorar estos vínculos. Con el tiempo, me ha interesado activar la noción de construcción del paisaje, encontrando medios, situaciones o interlocuciones que permitan desarrollar una comprensión más profunda. Asumir que no se hace un edificio nada más, sino que se interactúa con un territorio para provocar algo.
Crear interacciones en lugar de objetos resulta más difícil, porque desafía la necesidad de materializar efectos inmediatos y evidentes. Sin embargo, si se entiende la conformación física de cualquier entidad como un evento estratégico y se abre otra manera de construir el paisaje, aparece esa amabilidad o profundidad posible.
Se trata, en el fondo, de concentrarse en establecer diálogos en vez de imponer morfologías. En varios de mis proyectos he conformado equipos con visiones diversas, precisamente para abordar más capas del territorio y activar procesos que expandan la noción de paisaje. Pero nunca hay condiciones ideales, siempre se trata de adaptar, sacrificar y tomar decisiones.
Además de mi labor arquitectónica, actualmente estoy activando un nuevo proyecto: Laboratorio Expandido de Paisajes Urbanos, que aborda directamente estos temas. Es un espacio abierto a múltiples aproximaciones al paisaje de la ciudad, dirigido a estudiantes, artistas visuales y a cualquiera interesado en explorar su experiencia urbana.
Me interesa generar espacios donde se pueda profundizar en el encuentro con códigos y lenguajes del territorio. Aunque no es algo fácil, se trata de entender la construcción del paisaje como un acto de aproximación sensible.
Explorar, nombrar y poner en escena todo esto puede contribuir a que la ciudad se entienda como un fenómeno expandido de experiencias colectivas, generando situaciones alejadas de la lógica insensible del mundo comercial, abriendo otros imaginarios para eso que llamamos paisaje.
L: Muchas gracias por haber aceptado la invitación de charlar con nosotros, arquitecto Isaac Zambra Issac.

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