Cada mes de mayo hablamos del trabajo: de su dignidad, de su importancia, de su papel en la economía. Pero hay una pregunta incómoda que no nos hacemos: ¿el trabajo alcanza realmente para vivir bien en la ciudad?
Llevamos años escuchando sobre el crecimiento económico de la Zona Metropolitana de Mérida, donde, impulsada por el sector inmobiliario, se presume más inversión, más turismo y más construcción. Pero hay una cara menos visible de esta realidad, una brecha cada vez mayor entre el nivel de ingresos en Yucatán y los costos de vivir en sus ciudades.
Mérida y la paradoja del crecimiento urbano: más empleo, bienestar incierto
Este es el nombre del artículo de Felipe Alonzo Solís, publicado en esta misma edición. En él se presentan dos realidades con datos duros y contundentes. Primero, en relación al empleo, Yucatán mantiene salarios por debajo de otras entidades del país. “El salario diario en Yucatán asociado al IMSS en marzo de 2026 fue de 554.84 pesos, frente a un promedio nacional de 663.45 pesos. A ello se suman elevados niveles de informalidad laboral (59.9%, por encima del promedio nacional de 55.0%), que limitan seguridad social, estabilidad e ingresos suficientes para miles de personas”.
Segundo, el aumento en los costos de vivir en la ciudad. Desde las necesidades de traslado cada vez más complejas que obligan a vivir más lejos del empleo, hasta el costo de adquirir una vivienda. “El valor de la vivienda en Yucatán aumentó cerca de 98% entre 2017 y el tercer trimestre de 2025. Para muchos trabajadores, acceder a una casa más asequible implica mudarse lejos del empleo, gastar más tiempo en trayectos diarios y asumir mayores costos de transporte”.
Entonces, la ciudad crece, tiene mayor infraestructura e inversión, pero el acceso a ella se vuelve más difícil por el aumento en el costo de la vivienda y los bajos ingresos. Esto lleva la discusión a un nivel más profundo: no se trata sólo de si hay o no empleo, sino de si ese empleo permite realmente vivir bien. Como el propio Felipe Alonso apunta: “El trabajo no sólo debería generar dinero, sino bienestar. Debería permitir acceder a vivienda digna, cubrir transporte, sostener alimentación suficiente, disponer de tiempo familiar, ahorrar y construir patrimonio”.
Hoy estamos ante una desconexión peligrosa, donde el costo de vivir en las ciudades crece mucho más rápido que los ingresos laborales. No se trata sólo de generar empleo, sino de garantizar que trabajar permita realmente vivir. Ese es el gran reto que debemos enfrentar al hablar de la relación entre trabajo y ciudad.
Hacia un Segundo Periférico funcional para Mérida
Al problema del aumento en el costo de la vivienda, también debemos sumar la ubicación cada vez más lejana de ésta. Existe infraestructura pública que, lejos de contribuir a una ciudad más habitable y con mejor calidad de vida, termina por incrementar los costos para sus habitantes.
En ese sentido, Eduardo Monsreal compara en esta misma edición las dos propuestas sobre el Segundo Periférico para Mérida. Mientras que, por un lado, tenemos el Arco Vial 230 con una “longitud total de 51.53 kilómetros, un 25% ya se encuentra construido (12.9 kilómetros)”, por el otro tenemos el Anillo Vial Metropolitano, “con una extensión estimada en 127.94 kilómetros (…) 2.5 veces más largo que el actual Anillo Periférico, ubicándose entre 9 y 14 kilómetros de este, atravesando municipios que ni siquiera forman parte de la ZMM y áreas prácticamente deshabitadas”.
Como el propio Eduardo señala, se trata de apostar por la verdadera articulación de la ciudad, con movilidad segura e incluyente, y no por vialidades que sólo incentivan la especulación y el crecimiento desordenado.
No son dos temas aislados, ni menores. Viviendas distantes, dispersas y desconectadas elevan los costos de todo: de los servicios, de la seguridad, de la movilidad y de los espacios públicos. Esto, sumado al aumento en los propios costos de la vivienda y a los bajos ingresos, nos obliga a cuestionar el modelo económico y urbano que se está construyendo en Yucatán.
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