¿Qué sentimos cuando caminamos y pedaleamos en nuestras ciudades?

Saludándoles nuevamente y agradeciendo que me acompañen en esta conversación sobre el espacio público y la movilidad activa, continuaré con esta reflexión sobre nuestra experiencia humana al movernos en las ciudades.

Durante las últimas semanas he estado pensando mucho en la pregunta que dejé abierta en la primera entrada de esta columna: ¿por qué a los gobiernos latinoamericanos les cuesta tanto priorizar la movilidad activa? La he llevado conmigo al pedalear, al caminar, al esperar el autobús, al observar cómo nos comportamos en el tráfico o habitamos la calle. También la he trabajado desde la práctica profesional, donde me dedico a diseñar y ejecutar proyectos para mejorar la movilidad activa en distintos territorios. Y, mientras anoto ideas en mi agenda, me doy cuenta de que no existe una sola respuesta, sino muchas capas que se entrelazan. Antes de intentar responder, voy a partir de algo más simple y a la vez más profundo: ¿qué sentimos cuando caminamos o pedaleamos en nuestras ciudades?

Esta pregunta nos dice más de lo que parece. En muchos contextos urbanos, caminar implica tensión y pedalear implica alerta. Nuestro cuerpo se mantiene en vigilancia permanente: mirar varias veces antes de cruzar, calcular el tiempo exacto para evitar un auto manejado por un conductor que no va a disminuir su velocidad, anticipar baches y obstáculos en las banquetas o aceras rotas, o vehículos estacionados sobre las ciclovías. Esta sensación de incomodidad no es anecdótica, es un síntoma. La emoción es el diagnóstico.

Y cuando observo estas emociones con atención, encuentro algunas respuestas claras a la pregunta inicial. Los gobiernos no priorizan la movilidad activa porque existen tres grandes obstáculos estructurales:

  1. Falta de presupuesto y financiamiento para proyectos de pacificación vial, calles completas e infraestructura peatonal y ciclista. La movilidad activa compite contra un modelo históricamente diseñado para el automóvil y eso se refleja en los presupuestos públicos. 
  2. Falta de voluntad política, producto de décadas de priorizar el auto como símbolo de modernidad y estatus social. En muchas ciudades, el automóvil sigue siendo el eje de ordenamiento urbano y no las personas, y cualquier intento por redistribuir el espacio se percibe como una amenaza y un retroceso.
  3. Falta de educación y cultura vial. Hemos asociado el auto a estatus económico. Nuestras formas de movernos están atravesadas por desigualdades: caminar, pedalear o utilizar el transporte público sigue siendo, para muchos, una condición de clase. Incluso donde la bicicleta gana popularidad, suele hacerlo como tendencia y no como infraestructura estructural de movilidad.

 

 

Estas capas explican el rezago, pero también nos muestran algo importante: estamos todavía a varias generaciones de avanzar hacia una movilidad verdaderamente equitativa y humana. No sólo por las decisiones gubernamentales, sino porque necesitamos transformar nuestros imaginarios, nuestros comportamientos y la manera en que valoramos la vida en el espacio público.

Responder a la pregunta técnica requiere reconocer la pregunta emocional,lo que sentimos al movernos en la calle es también una forma de medir la ciudad. Y mientras nuestras ciudades nos sigan haciendo sentir en alerta, vulnerables o excluidas como personas, la tarea no estará completa.

 

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Laura Viviana Rojas Reyes
Arquitecta por la Universidad Piloto de Colombia y Maestra en Ciencias de la Ciudad por la Universidad Polítécnica de Madrid, con especialización en movilidad y ciclismo urbano. Es fundadora y directora de Bicistema Arquitectura y Urbanismo, firma dedicada al diseño y ejecución de proyectos sostenibles que promueven la movilidad activa y la mejora del espacio público en América Latina.