¿La seguridad de ayer, garantiza la rentabilidad del mañana?

Si bien Mérida continúa siendo reconocida como una de las mejores ciudades para vivir en México, no se puede ocultar, al menos para quienes la habitamos, que desde hace cinco años existe cada vez más una disyuntiva entre la percepción de seguridad y tejido social que se vivía hace años, y la sensación actual.

Los tiempos del vehículo abierto con el motor encendido para bajar a la tiendita o dejar al hijo en la escuela han quedado en la historia. Cada vez causa más melancolía no poder disfrutar de caminar o salir a correr en nuestra colonia a altas horas de la noche o muy temprano por la mañana. Ya no vemos a las familias tomar el fresco en los pórticos de las casas, ni dejar las rejas abiertas como parte de una forma de vida. Nos sentíamos en una ciudad protegida y vigilada 24/7. La confianza en nuestra policía era franca, formaban parte del vecindario. Sin embargo, con el tiempo, todas estas tradiciones y sensaciones, entre muchas otras, se han ido perdiendo.

Se dice que la percepción de seguridad de la población es el principal motor que impulsa la toma de decisiones para elegir la ciudad en la que deseamos vivir y construir patrimonio. Mérida sigue generando confianza, prueba de ello es el crecimiento observado en los últimos años. Hemos sido testigos de la transformación acelerada de la “Mérida blanca” a la ciudad cosmopolita en la que habitamos en pleno 2025, resultado de su posicionamiento nacional e internacionalmente como “la ciudad más segura de México”, distinción que nos engrandeció como habitantes al ser reconocidos con ese privilegio.

Sin embargo, toda transformación que no se realiza bajo ideas claras y evade una planeación urbana adecuada, traerá consecuencias irreversibles que impactarán en la calidad de vida de sus habitantes. Hay factores que no se pueden ignorar: limitaciones de infraestructura, servicios básicos de los que carecen muchas zonas con un desarrollo de alta residencia, y espacios públicos y movilidad del suelo deficientes.

No hay que perder de vista que, además de la seguridad, una de las claves fundamentales para garantizar la deseabilidad de una ciudad será siempre su rentabilidad. Como ciudadanos no sólo necesitamos sentirnos seguros, sino que también requerimos saber que estamos en una ciudad que hace crecer nuestra economía, en donde el entorno aporta beneficios tangibles. El valor adquisitivo debe reflejar el nivel de calidad de vida que disfrutamos.

Quienes observamos la reconfiguración de la ciudad sabemos que no va por el rumbo correcto. El desarrollo inmobiliario le apuesta a una gentrificación orientada a atraer a personas con mayor poder adquisitivo y redensificar espacios sin un fundamento sólido de planeación urbana, que no armoniza con la infraestructura existente y perpetúa el desarrollo no sostenible. Este fenómeno complejo requiere más que pura reflexión: necesita conciencia social y un enfoque multidisciplinario.

Es primordial promover políticas públicas claras para proteger el suelo y redireccionar hacia un desarrollo urbano sostenible y equitativo, que respete nuestro hábitat, nuestra identidad cultural y, sobre todo, que sea justo con sus habitantes locales. Es urgente dejar de apostar por una ciudad nómada que incrementa la desigualdad social, encarece la vivienda y los alquileres, impacta la movilidad humana y erosiona nuestra identidad y tradiciones.

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Gabriela Chavarría Román
CEO de Nahil Consultoría Inmobiliaria con 30 años de trayectoria, especialista en inversión patrimonial, desarrollo sustentable, liderazgo estratégico en consultoría de proyectos inmobiliarios y modelos de negocios.