La ciudad que necesitamos… y queremos

El calor extremo en las ciudades: ¡nos estamos quemando!

El incremento de las temperaturas a valores extremos en las ciudades mexicanas se ha convertido en una causa relevante de morbilidad y mortalidad —se le ha llamado al calor extremo “asesino invisible”— sin que existan estudios, mediciones y, sobre todo, estrategias concertadas de prevención, adaptación y mitigación en nuestras urbes.

Cada ciudad tiene su propia huella de temperatura debido a sus características geográfico-ambientales, socio-económicas, y principalmente, gracias a su modelo urbanístico, generando, entre otras cosas, la paradoja de la densidad. Desde tiempo atrás, ONU-H, los gobiernos, así como los planificadores, han impulsado modelos de ciudades densas y con usos mixtos, sin valorar que la densidad urbana, siendo positiva para las infraestructuras y los transporte, no lo es siempre para la ecología y la salud. Ciudades compactas con bajo porcentaje de espacio verde urbano son las más impactadas por las olas y las islas de calor (1). De hecho, tienden a generar nuevas islas de calor y a agudizar las existentes.

Se entiende por isla de calor los lugares con muchas construcciones, que son más calientes que su entorno menos urbanizado. Se origina por las densidades, las actividades económicas y sociales, la movilidad, los materiales y los colores de los pavimentos, edificios y azoteas, que absorben calor en lugar de reflejarlo. Conforme se reducen los espacios públicos abiertos y arbolados, este fenómeno se agudiza.

Estudios realizados por el Centro EURE, como parte de “Calor Extremo México” en cinco metrópolis del norte del país, evidencian lo anterior y nos obligan a reconocer que, más allá de la paradoja arriba mencionada, son las acciones urbanísticas las principales responsables de este fenómeno. Es decir, además del incremento de las temperaturas por el cambio climático, nuestras acciones cotidianas lo exacerban. 

Más grave aún, se planifican, aprueban y realizan los mal llamados “desarrollos” (habitacionales, de servicios, industriales, etcétera), bajo la responsabilidad de expertos “urbanistas” y otros profesionales, sin considerar los impactos ambientales y sin tomar en cuenta que el calor extremo, junto con sus islas de calor urbanas, están enfermando, y en muchos casos, matando personas, agrediendo la biodiversidad, reduciendo la productividad y afectando gravemente las infraestructuras de nuestras ciudades.

Esto tiene que cambiar. Debemos entender que sólo se deben urbanizar lugares que sean aptos y esto incluye tener en cuenta, primeramente, las consideraciones ambientales. Debemos capacitarnos en los gobiernos, las empresas y en las organizaciones que más influyen e impactan el crecimiento y la función de las ciudades; debemos medir así como evaluar sistemáticamente los logros o los retrocesos para, cuando menos, detener el crecimiento de las temperaturas extremas en nuestras urbes.

Sin duda Mérida es una de las metrópolis que, con mayor rigor, requiere de estudios, acuerdos y acciones concretas para reducir las temperaturas extremas que, poco a poco, van afectando a más población. La deforestación de la selva, la urbanización con bajo control y el incremento de automóviles son muestras claras de esta necesidad de actuar.

Fuentes consultadas:

(1) Russo, A. Cirella, G. (2018). Modern Compact Cities: How Much Greenery DoWe Need? International Journal of Environmental Research and Public Health, 15, 2180; doi:10.3390/ijerph15102180

Alfonso Iracheta Cenecorta PhD
Director general de Centro EURE S.C e Investigador de El Colegio Mexiquense

axic@cmq.edu.mx