Cuando la ciudadanía se convierte en espectadora

Resumen

En un contexto de incertidumbre política y social, este artículo reflexiona sobre el papel de la ciudadanía frente al avance de gobiernos autoritarios y el uso desmedido del poder. A partir del pensamiento de Hannah Arendt, se advierte sobre el peligro de normalizar lo impensable y sobre cómo el mayor riesgo no sólo reside en el poder contra los opositores, sino en la pasividad de quienes dejan de ejercer su responsabilidad. El texto es una invitación a cuestionar no sólo lo que ocurre en el mundo, sino lo que sucede en cada persona cuando pierde su agencia. De ahí que sea urgente plantear que, en cualquier circunstancia y ante cualquier injusticia, hacer lo correcto siempre será mejor que no hacer nada.

 

 

Hace unos días, Bernie Sanders, senador demócrata por Vermont y posiblemente el personaje de izquierda progresista más destacado de Estados Unidos, afirmó en entrevista con un medio de comunicación español que su país vivía la peor crisis democrática en su historia. Frente al avance de las tendencias autoritarias y a la violencia derivada de las acciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés), así como al endurecimiento del discurso político desde el poder, Sanders advirtió que será el pueblo estadounidense quien, en última instancia, diga no al autoritarismo. 

Para muestra, las protestas en las calles de las ciudades más importantes del país que, hasta hace unos años, habían jugado el rol de paladín de la democracia y garante del orden mundial establecido posterior a la Segunda Guerra Mundial. El ambiente en Estados Unidos ya no es el mismo de unos años atrás; se ha sepultado la política dominante sobre Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI, por sus siglas en inglés), así como la libertad de expresión y los logros de la agenda feminista, como el derecho al aborto seguro. El respeto a la dignidad del otro y la diplomacia se han esfumado del discurso predominante del gobierno en turno. 

Las redes sociales están inundadas de videos que muestran la violencia y la fuerza con la que los agentes del ICE ejecutan la política de seguridad y migración del presidente Trump. Frente a las atrocidades y el uso desmedido del poder ante cualquier persona, es necesario cuestionar cuál es el papel que juegan los ciudadanos en este ambiente de incertidumbre.

Para entender lo que sucede en estos días, resulta urgente y necesario releer y revisar a detalle el pensamiento de Hannah Arendt sobre el análisis de la conducta humana durante el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén. Lo que Arendt observó no fue la figura de un monstruo excepcional, sino la de un hombre incapaz de cuestionar sus propios actos. A partir de ello, formuló una de las advertencias más inquietantes del mundo moderno: el mal más peligroso no surge necesariamente del odio intenso, sino de la renuncia a ejercer aquello que nos hace plenamente humanos: la capacidad de pensar, juzgar y asumir responsabilidad.

Su análisis puede ser un faro y una advertencia sobre lo peligroso que es no cuestionarse cómo se instala la normalidad en medio de lo que, en otro tiempo, habría sido impensable. El riesgo reside no en la presencia de individuos excepcionalmente malvados, sino en la presencia de individuos incapaces, o no dispuestos, a pensar críticamente sobre sus propias acciones.  

Sin embargo, hay una llama de esperanza a través de las manifestaciones de aquellos que se resisten y enfrentan el poder y su desmedida fuerza; la fuerza de un gobierno que es capaz de arrasar contra cualquier persona. Lo que les sucedió a Renée Nicole Good y Alex Pretti en Mineápolis marca un antes y un después en la conciencia de aquellos que, por nacimiento o naturalización, poseen la ciudadanía estadounidense. Por primera vez, el mensaje fue claro: el poder puede abusar de cualquiera que se oponga a este. Ya no se trata sólo de trabajadores latinos con un estatus ilegal, o de personas con características físicas sesgadamente asociadas (de manera injusta, por decir lo menos) al terrorismo, o de gente que habla su lengua materna en público. El enemigo del poder puede ser cualquiera, el turista europeo confundido, un vecino o un gobernante extranjero; puedes ser tú. 

 

 

Frente al autoritarismo se encuentra la resistencia. Está ahí y puede mantenerse como conciencia, o como la propia Arendt la llamó: la esperanza activa, no como optimismo ingenuo, sino como una decisión consciente de actuar, hablar, educar y construir.

¿En dónde se sitúa la ciudadanía hoy en día? Este es el momento de abrir la conversación, de hablar fuerte y claro, de denunciar, de organizarse activamente cuando sea necesario, porque existe el riesgo de normalizar gradualmente lo inaceptable. Como explicó Hannah Arendt: los cambios más peligrosos rara vez ocurren de forma abrupta, sino a través de pequeñas concesiones acumuladas. Y ese poder que acumula el gobierno en turno no lo cederá fácilmente. 

El ser humano es testigo, como nunca en la historia, de lo que ocurre en prácticamente cualquier lugar de la Tierra. Y ser ciudadano exige no sólo cuestionar qué está ocurriendo en el mundo, sino qué ocurre dentro de cada uno cuando deja de sentir responsabilidad sobre este, sobre lo que pasa a su alrededor. No sólo cambia el mundo, cambia el interior de su conciencia. 

El mayor riesgo no es acostumbrarse a lo que ocurre fuera, sino acostumbrarse a sentir o creer que no se tiene nada que ver con ello, porque cada vez que se deja de sentir responsabilidad sobre el mundo, este deja de ser un espacio compartido y se convierte en un escenario donde simplemente se sobrevive, pero ya no se participa. 

¿Qué será de las ciudades sin la participación de los que las habitan? ¿Seremos acaso los ciudadanos indolentes ante lo que ocurre frente a nuestros ojos? ¿Nos habremos convertido en espectadores deshumanizados que miran incrédulos y volteamos hacia otro lado para convencernos de que somos incapaces de hacer algo y, por tanto, renunciamos a nuestra propia agencia? 

La respuesta no aparece como una receta con pasos puntuales a seguir, pero sí hay en el pensamiento de aquellos que analizaron el mundo algunas pistas para entender lo que está ocurriendo, y hoy, la mirada de Hannah Arendt sigue invitando a asumir la responsabilidad y recuperar esa agencia. En cualquier circunstancia y ante cualquier injusticia, hacer lo correcto siempre será mejor que no hacer nada. 

 

 

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Ana Cynthia Sáenz
Mamá, constructora de paz, comunicóloga, maestra en gestión pública, inconformista, soñadora de izquierda y amante del yoga. En OLIMPaz es la responsable del Café para La Paz y miembro de la Comisión Directiva, residiendo actualmente en la ciudad de Nueva York, EEUU