Crónica de una ciudad que dejó de absorber el agua

Las inundaciones como consecuencia del voraz modelo de desarrollo urbano

 

Es una tarde de finales de mayo en Mérida y las noticias anuncian lluvias torrenciales. Mi mente no anticipa mayor riesgo para algo así en este mes; sólo puedo pensar en los 54 grados de sensación térmica que marca el termómetro a las 2:30 de la tarde. Empieza a llover y, puntual como el calor, llega el caos: encharcamientos, calles anegadas de ramas, basura y plásticos por doquier. Como me tocó estar fuera, observo conductores que, entre el agua y los encharcamientos, olvidan las lecciones más básicas de manejo.

Más allá de las quejas de ese día por algunos modelos de automóviles que mostraron no ser aptos para estas inundaciones o del afloramiento de filtraciones en los techos, yo veo en el caos el síntoma más evidente de un problema estructural: una ciudad que cada vez pierde más su capacidad de absorber agua. Estamos rodeados de manchas de concreto que se devoran las áreas verdes; se nota a simple vista y en la sensación térmica, pero conviene respaldarlo con números. En siete años, de 2016 a 2023, la cobertura forestal del municipio pasó de 41,750 a 38,816 hectáreas: un 7% de vegetación que ya no está, según el Sistema de Información de Cambios de la Cobertura Forestal en la Península de Yucatán (SICAMFOR). Mientras los espacios de selva que rodean la ciudad, ese famoso “monte”, se reducen a ese ritmo constante, la mancha de concreto hace justo lo contrario: entre 2000 y 2020 la zona construida de la metrópoli se duplicó, de 21,103 a 42,186 hectáreas, según documenta el investigador de la UNAM, Adrián Aguilar. 

Mérida crece en superficie a una tasa cercana al 2.3% anual, casi el doble de la velocidad a la que crece su población. Démonos cuenta, las inmobiliarias no están construyendo ciudad para quienes la habitan ni tampoco para quienes realmente llegan, sino guiándose por el olfato de la demanda que crece por la especulación. Más de 300 nuevos desarrollos se han identificado sólo en el corredor hacia Progreso, Conkal, Chicxulub Puerto, Motul y Sisal. La huella urbana es, cada día, más gris. ¡Ah, pero eso sí! Con mejores amenidades que facilitan vivir dentro de murallas que dan “exclusividad” (la forma más elegante de llamarle a una nula interacción social). En una siguiente entrega hablaré sobre los compradores a distancia de viviendas y lotes que tiene Mérida, porque a mí también me ha llamado algún conocido desde Monterrey o Guadalajara para preguntarme si el lote queda a 15 minutos de la playa. 

 

 

Para una ciudad con este ritmo de crecimiento (1 millón de habitantes en el municipio, según el Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI), y que sigue sumando decenas de miles de nuevos residentes cada año, el agua de lluvia no es un recurso: es un error en el cálculo. Un activo que hay que hacer desaparecer porque colapsa el tráfico, inunda cocheras y retrasa entregas. Así como hicieron con los ríos y lagos en la Ciudad de México o Guadalajara, lo que pueden pensar sobre el agua es que debemos entubarla, ocultarla, resolverla o, peor aún, desaparecerla. Tratamos al agua como un inconveniente que la ciudad preferiría no ver.

Pero el agua, terca, no desaparece. Aunque esta columna se llama A ras de suelo, hoy toca hablar del subsuelo; ahí es donde realmente se decide parte del destino de esta ciudad y no en los mapas en los que, a veces sin tino, insistimos en trazar su rumbo. El agua se absorbe y fluye sin reconocer perímetros municipales; al hacerlo, nos recuerda que el territorio es continuo, aunque algunos desarrolladores urbanos insistan en concebirlo mediante polígonos.  Todo lo que se filtra al subsuelo nutre a las “venas de la Península”. Es parte de un sistema kárstico de roca caliza, altamente permeable, interconectado por cenotes, grietas y cavernas. Cenotes que, cuando llegué a Mérida hace 8 años, identifiqué como un oasis para mitigar el calor, sin imaginar que en 2026 no confiaría en la calidad del agua que contienen varios de ellos, o que la sensación térmica iba a aumentar.

A veces, quienes nos dedicamos a estas actividades podemos caer en la inercia de focalizar la planificación, en dibujar límites en un mapa: proponer una zonificación que nadie va a respetar, pero que luce muy bien en el documento y en la discusión técnica. El mapa y el plan aguantan cualquier cosa; la calle no. Ya hay soluciones prácticas y buenos ejemplos, y no hace falta inventarlos: el propio ayuntamiento de Mérida ya tiene, desde 2009, un reglamento que obliga a los desarrollos inmobiliarios a incorporar Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible: pavimento permeable, pozos de absorción y áreas verdes diseñadas para infiltrar y no sólo para decorar.

El problema, en buena parte de Latinoamérica, no es la ausencia de norma, sino la falta de exigencia en su cumplimiento y de fiscalización ciudadana sobre ella. El Laboratorio Urbano de la Universidad Modelo ya demostró, con mediciones concretas, que sustituir concreto por gravilla y sembrar árboles en un estacionamiento puede bajar la temperatura hasta 10 grados (vaya alivio térmico); el Biocorredor del Parque Ecológico del Poniente, co-ejecutado con la cooperación alemana (GIZ) y empresas locales, ya retiene agua de calles enteras antes de que se convierta en inundación pluvial. No son promesas de política pública ni sueños guajiros: son soluciones prácticas, obra construida, medible y que ya funciona en esta misma ciudad, pero que se difunde, conoce y replica poco.

 

 

También hay señales de que la escala vecinal importa: este año arrancó la Cruzada Forestal, con más de 3,500 voluntarios sembrando 8,500 árboles nativos en 18 días; y el programa “Una Familia, un Árbol” ya lleva más de 50 mil ejemplares entregados a hogares meridanos. Son números que importan, pero importan más las decisiones cotidianas que los sostienen: el desarrollador que cumple el reglamento de SUDS aunque nadie se lo audite a fondo, el vecino que conserva su jardín en vez de cementarlo “para que no se ensucie”, la empresa que patrocina espacios verdes públicos en lugar de sólo amenidades privadas, la autoridad que exige factibilidad hidráulica real y no un sello de trámite más. Ninguna de estas acciones, por separado, resuelve la inundación del próximo mayo. Juntas, sostenidas en el tiempo, son justamente lo que le falta a la ciudad: continuidad y no parches.

Nadie va a resolver por su cuenta el subsuelo de Mérida: ni el desarrollador con su pozo de absorción, ni los gobiernos locales con sus cruzadas de árboles, ni yo escribiendo estas columnas. El agua que cae en mayo no distingue colonias privadas de comisarías, ni terrenos especulativos de terrenos habitados; corre, se filtra o se estanca según lo que todos hayamos decidido hacer con el suelo. Si usted construye, exija y respete el drenaje sostenible; si es vecino, defienda el árbol antes que el concreto; si es autoridad, fiscalice lo que ya está escrito en el reglamento. La próxima tarde de lluvias torrenciales en Mérida ya tiene fecha en el calendario, aunque no sepamos cuál. Y cuando llegue, la discusión no debería ser si tu marca de vehículo logra cruzar una calle encharcada, sino cuál de estas soluciones dio mejores resultados. Lo que sí podemos decidir, desde ahora y entre todos, es si la recibimos con una ciudad que absorbe o con otra que simplemente se ahoga.

 

 

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Claudia Mondragón
Doctora en Arquitectura y Medio Ambiente, máster en Ordenamiento y Gestión del Territorio, con un posgrado en Políticas Urbanas. Arquitecta de profesión, cuenta con más de 18 años de experiencia profesional en proyectos relacionados con ordenamiento y la gestión territorial, la planificación urbana y la gestión de riesgos en México, Cuba, Centroamérica y República Dominicana. Ha trabajado en proyectos de cooperación internacional y ha sido consultora para organismos internacionales.