Neurodivergencias en las infancias

Imaginemos a una niña en el parque. El sol de la tarde cae sobre el área de juegos, niños corriendo y gritando por todos lados y, de fondo, suena la música de un puesto cercano, mezclándose con el ruido del tráfico automovilístico. Para muchos, este escenario podría parecer algo ordinario. Sin embargo, para esta pequeña niña es una experiencia demasiado agobiante: la luz, el ruido e inclusive la textura se vuelven insoportables. ¿Qué puede hacer la niña? Busca retirarse a un espacio que considere seguro, porque no se siente cómoda ni bienvenida. 

Este comportamiento tiene un nombre y se llama neurodivergencia. Hablar de ello es hablar de millones de niños y niñas que todos los días se enfrentan a entornos que no los consideran al ser diseñados.

 

Una forma distinta de procesar el mundo

El término neurodivergencia describe a personas cuyo cerebro procesa la información, los estímulos y las emociones de forma distinta a lo considerado “típico”. Esto se da debido a una variación natural de la cognición humana. El concepto surge en 1998, impulsado por la activista Judy Singer, con el fin de reconocer que las condiciones como el autismo o el TDAH son parte de la diversidad humana, no enfermedades por corregir. 

Bajo este término se agrupan condiciones como el Trastorno de Espectro Autista (TEA), el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, la dislexia, la discalculia, la dispraxia, el Trastorno del Procesamiento Sensorial (TPS), entre otros. Se estima que aproximadamente el 20% [1] de la población mundial es neurodivergente, una proporción significativa de quienes habitan y usan los espacios públicos todos los días.

 

Un entorno que abruma: ¿bienvenidos o excluidos?

Para una infancia neurodivergente, el entorno físico es una fuente constante de información que el cerebro procesa de manera distinta, y a veces de manera agotadora. 

Un niño con TEA puede presentar hipersensibilidad auditiva (del 50% al 70% de los niños con esta condición la padece [2]), haciendo que el ruido de un parque concurrido sea literalmente insoportable. Un niño con TPS puede sentirse abrumado por la textura del pasto, la intensidad de la luz o el olor de un espacio. Por otro lado, los que tienen hiposensibilidad buscarán activamente estímulos intensos como girar, saltar o gritar, entre otras actividades., con el fin de sentirse regulados. Esto significa que el mismo parque puede ser un lugar de disfrute para una infancia y una experiencia agotadora para otra, dependiendo de cómo su cerebro interprete lo que ve, escucha o siente.

La forma en que una infancia neurodivergente se mueve por el entorno también es distinta. La dispraxia, por ejemplo, genera torpeza psicomotriz, equilibrio precario y dificultades de coordinación: un cambio de nivel abrupto en el piso, una superficie irregular o un juego que exige precisión motora pueden convertirse en barreras reales. Por otra parte, el TDAH implica impulsividad y dificultad para sostener la atención, por lo que los espacios con demasiados distractores visuales o sin zonas claramente delimitadas pueden dificultar la experiencia. 

 

 

La señalética tampoco es neutral; para una infancia con dislexia o discalculia, un parque que depende del texto o los números para orientarse genera exclusión. El espacio público, tal como está diseñado hoy en día, asume que todos los cuerpos y todas las mentes lo recorren de la misma manera.

Más allá de lo sensorial y lo motor, está también la dimensión emocional. El autismo ha sido descrito por familias como “una discapacidad oculta”; no siempre es visible, pero está presente en cada interacción de quien lo tiene, con su entorno. Una infancia neurodivergente puede querer jugar, socializar y disfrutar del espacio (como cualquiera). Pero si ese espacio no los contempla, la experiencia puede traducirse en ansiedad, aislamiento o la sensación de no pertenecer a algo.

 

Un espacio para TODAS las infancias

La buena noticia es que podemos repensar la forma en que diseñamos nuestros parques para que funcionen para todas las infancias. En ORTMED y MetrópoliMid unimos conocimiento clínico, evidencia científica, urbanismo, participación ciudadana y comunicación estratégica para construir una visión integral de ciudad.

El reto no es sólo crear parques más bonitos, sino diseñar espacios públicos verdaderamente incluyentes, donde cada niño y cada persona, sin importar sus capacidades o su forma de experimentar el mundo, pueda jugar, convivir, desarrollarse y sentirse parte de la comunidad.

 

[1] https://www.bannerhealth.com/es/healthcareblog/teach-me/what-is-neurodiversity-in-children-and-adults

[2] https://jralonso.es/2024/04/19/sensibilidad-auditiva-en-el-autismo/

 

Fuentes consultadas: 

Morán, L. (2025, 1 de septiembre). ¿Todos somos neurodiversos? Ciencia UNAM. https://ciencia.unam.mx/leer/1612/-todos-somos-neurodiversos- 

Fundación ConecTea (s.f) Arquitectura y autismo: la accesibilidad cognitiva en los entornos. https://www.fundacionconectea.org/novedades/blog/arquitectura-y-autismo-la-accesibilidad-cognitiva-en-los-entornos

Juan XXIII Chana (2023, octubre 18). Neurodiversidad y educación: personas neurodivergentes, síntomas y tipos. https://juanxxiiichana.com/blog/guias/neurodiversidad-sintomas-tipos

 

 

Equipo de ORTMED y Equipo de MetrópoliMid 

 

 

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