Para entrar en materia, haré un muy sucinto recorrido por procesos institucionales que arrojan luz sobre cómo el conocimiento producido por las ciencias naturales definió al medio ambiente como tema toral, y de ahí, ese contenido académico se volvió un asunto institucional, y luego, se convirtió en una preocupación que nos atañe a todos. Tomaré como referencia a la UNAM, mi propia alma mater, porque es el ejemplo que tengo más a la mano y porque no es para nada excepcional; más bien forma parte de tendencias de producción de conocimiento de punta a escala global. El instituto de Biología data de 1929. En 1985 se crea el Departamento de Ecología, el cual se convirtió en Instituto de Ecología en 1996. Por su parte, en el campus de la UNAM en Morelia, para 2015 se consolidó el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad. Esa breve línea del tiempo institucional revela la importancia del estudio de la naturaleza y cómo el interés por el medio ambiente y la ecología surge mucho después.

En el ámbito del gobierno federal las instituciones encargadas de estos asuntos llevan una línea del tiempo similar. En la década de 1970 existía la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, poco más de 20 años después se crearon la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología y luego la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca (SEMARNAP), después le quitaron lo de pesca y quedó como SEMARNAT. Hace cuarenta años, incluso era impensable que existiera una dependencia que procura justicia en asuntos ambientales, pero en poco menos de 30 apareció la PROFEPA (Procuraduría Federal de Protección al Ambiente).

Lo que quiero dejar claro con todo esto es que las preocupaciones medioambientales son recientes, tendrán acaso poco más de tres décadas, derivado del daño que la actividad humana ha hecho a muchos ecosistemas. Pero contrario a las visiones apocalípticas que suponen que el cambio climático y los daños infligidos al planeta son irreversibles, yo lo veo en positivo. Hoy en día, los niños desde la primaria ya saben lo que es la contaminación y qué se puede hacer para reducirla, incluso contrarrestarla; y ni qué decir de los estudiosos de lo social que ahora no pueden eludir los asuntos relativos a los recursos naturales, su manejo y su sobrexplotación.

Ciertamente en lo que concierne al daño a los ecosistemas hay problemas graves, pero los medios masivos de comunicación han alimentado una visión alarmista y catastrófica. Hay demasiada información y no siempre bien contextualizada o ponderada, lo que abona a que surjan miedos irracionales, y de manera paralela, individuos dogmáticos o asociaciones de naturalistas a ultranza que nos quieren imponer un estilo de vida que suponen, está “en armonía con la naturaleza”. Hay que decirlo, en el daño al medio ambiente y la manera de detenerlo convergen las buenas intenciones, la ingenuidad y hasta el oportunismo empresarial y político. De esto último pongo como ejemplo toda la parafernalia de productos Bio, ambientalmente amigables, los certificados verdes, las garantías de productos sostenibles y orgánicos; los cuales conjuntan, en muchos casos, verdad con charlatanería, honestidad con hipocresía.

Hay, además, en lo que concierne a nuestras responsabilidades ambientales, dilemas complicados: muchos de los productos auténticamente verdes, por llamarlos de alguna manera, pueden ser muy caros y no todos estamos en posibilidad de pagarlos. Otros ni siquiera estamos ciertos de que tan verdes pueden ser; aunque sea verdad que ya llegó el momento de ir abandonando poco a poco los combustibles fósiles, una de las fuentes principales de contaminación atmosférica.

En esos dilemas relativos a nuestra huella de carbono pongo algunos ejemplos: el uso de celdas fotovoltaicas o los autos híbridos y eléctricos, ahora tan de moda. No estamos ciertos de qué tan verdes pueden ser ¿Qué vamos a hacer luego con esos desechos tan tóxicos? Pues como se sabe, tanto las celdas como las baterías tienen una vida útil que no va mucho más allá de los diez años y están hechas con compuestos altamente tóxicos, incluidos metales pesados. Por otro lado, tenemos la vilipendiada energía nuclear que podía generar energía eléctrica barata, pero que se ha ido abandonando por miedo a accidentes desastrosos como el de Chernóbil o el de Fukushima.

Uno de mis ejemplos favoritos de este doble rasero para los dilemas medioambientales es el famoso escándalo del Dieselgate en los EEUU. A final de cuentas, no sólo fue un asunto propiamente de emisiones contaminantes de los autos que usan diesel; el problema de fondo fue una guerra comercial para apuntalar el uso casi exclusivo de las gasolinas, el combustible preferido de las compañías petroleras norteamericanas, y también, para que las armadoras de autos de aquella nación no perdieran clientela frente a vehículos europeos con mayor eficiencia en el consumo de combustible.  Otro dilema que quiero tratar en estas líneas es el relativo al confort. Todos hablamos de cuidar el medioambiente, pero ¿qué tan prestos estamos a disminuir nuestros impactos ambientales?, ¿quién realmente está dispuesto a apagar el aire acondicionado o a reducir al mínimo el uso de electrodomésticos?, ¿de verdad vamos a abandonar el uso de vasos, bolsas y botellas plásticas?, ¿cómo será el mundo sin tupperwares? ¿Estamos realmente convencidos de que dejar de usar popotes borrará nuestra huella de carbono y ayudará mucho al planeta? Y en cuanto al transporte, ¿quién está presto a dejar de usar el auto y cambiarlo por la bicicleta o el transporte público? Aquí hay mucha buena voluntad de la gente, pero no mucha fuerza de voluntad.

(Fukoshima. Imágen: Nature)

Ahora bien, debo decir que a veces ponemos al mismo nivel esfuerzos individuales con asuntos que deben ser más bien política pública generalizada. No quiero hacer suponer al público lector que estamos en un callejón sin salida. Sí creo que con pequeñas acciones se pueden iniciar algunos cambios, pero no de gran magnitud ni con resultados próximos. El cambio cultural es lento y hay mucha reticencia a transformar nuestros estilos de vida y nuestros patrones de consumo, pero insisto en el hecho de que alienta que en tres décadas pasamos de ignorar estos asuntos ambientales a convertirlos en temas ineludibles.

Para que lo que hagamos tenga mayor impacto positivo, estoy convencido de que debemos empezar por exigir a los gobiernos mayor compromiso en estos asuntos relativos a conservar los ecosistemas y proteger el medioambiente. También hay que presionar para que se hagan calles y banquetas que permitan la filtración de
agua de lluvia para recargar el acuífero, para arborizar las ciudades.

Las grandes obras de infraestructura no se pueden detener (yo no estoy peleado con el confort ni con el progreso), pero sí se puede reducir al mínimo sus impactos negativos, y para eso nos podemos valer de la ciencia y de un marco normativo sólido. Hay muchas tecnologías disponibles y leyes que son letra muerta, por el contrario, no se ve de manera fehaciente la voluntad política de aumentar la inversión pública ni en el desarrollo tecnocientífico, ni en hacer cumplir las normas ambientales vigentes. Estos cambios sí son de gran envergadura, por eso deben estar encabezados desde la lógica del Estado o desde instancias multinacionales.

Luego viene lo que se puede hacer a escala individual. De eso, hay demasiada información disponible, por eso aquí apunto un muy breve prontuario en tono de somera lista de consejos (ver infografía):

Y como le dije en el párrafo anterior, presione al gobierno para que haga su parte. En todo caso, no sienta culpas, usted no es una verdadera amenaza para el medio ambiente, porque usted no ha construido hoteles en los manglares de la Riviera Maya, tampoco ha derramado tres mil litros de ácido sulfúrico al Mar de Cortés, ni 41 millones de litros de petróleo en el Mar de Alaska. (aquí podría hacer una lista interminable de desastres naturales en los cuales ni usted ni yo tenemos responsabilidad alguna). Claro está, que, sin las condiciones ambientales propicias, la vida humana sería imposible sobre la faz de la tierra; es por ello que sin alarmas ni escenarios apocalípticos debemos mantenerlas y favorecerlas por todos los medios a nuestro alcance; a menos que como género humano nuestra codicia y un afán autodestructivo sean mayores y nos lleven pronto a borrar los rastros de nuestra existencia en este planeta. En plazos de tiempo geológicos, la Tierra existió mucho antes de que los humanos apareciéramos en ella y seguramente seguirá existiendo después de que nos extingamos, pero cualquier humanista apostaría a que, como especie, permanezcamos aún por varias generaciones más. Me parece que para lograrlo, afortunadamente tenemos un gran cúmulo de conocimiento científico de nuestro lado, y a partir de ello, con liderazgo político y compromiso individual convendría encauzar nuestras acciones por el medio ambiente.

 

 

*Imágenes: Nayeli González Muñoz.

Ricardo López Santillán

Ricardo López Santillán

Licenciado en Sociología por la UNAM. Maestro y Doctor en Sociología por la Université de la Sorbonne Nouvelle-Paris III. Investigador titular en el CEPHCIS UNAM en Mérida.

E-mail: lopezsantillan@cephcis.unam.mx

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