En esta tercera entrega, después de cuestionarnos qué sentimos al caminar y pedalear en nuestras ciudades y de explorar por qué a los gobiernos latinoamericanos les cuesta priorizar la movilidad activa, quisiera reflexionar sobre lo siguiente: la ciudad no se transforma sólo desde los escritorios o desde las leyes, sino también desde las prácticas y las vivencias cotidianas.
Durante el cambio de año 2025-2026, mientras diseñaba proyectos de movilidad activa, recorría la Ciudad y el Estado de México en bicicleta, caminando o en transporte público, y también mientras me movía entre países, confirmé algo que muchas veces evitamos decir o aceptar: la infraestructura es clave, pero no suficiente. Podemos construir ciclovías-carriles bici, banquetas amplias, cruces seguros y sistemas de transporte público de calidad, pero si no cambiamos la manera en que entendemos y habitamos el espacio público, la transformación se queda corta.
En Bogotá (ciudad que hoy atraviesa cambios estructurales profundos con la construcción del metro) escuché una frase que resume bien sus desafíos: “Bogotá está a tres horas de Bogotá”. Una ciudad fragmentada por tiempos, distancias y desigualdades que se sienten a diario en el cuerpo.

La movilidad también se aprende
Aprendemos a conducir (bicicleta, motocicleta, carro, entre otros), pero pocas veces aprendemos realmente a convivir. Aprendemos reglas y sistemas, pero no necesariamente empatía. En muchas de nuestras ciudades, el conflicto vial no surge sólo de las condiciones y del diseño de la infraestructura, sino de cómo nos relacionamos entre nosotros en esos ires y venires.
La calle se ha convertido en un espacio de competencia y conflicto, no de convivencia. La prisa y la idea de “ganar” el espacio generan tensiones que normalizamos: el claxon, el pito o la bocina como lenguaje cotidiano; los gritos y las groserías como forma de imponerse; la velocidad como poder y el cuerpo vulnerable como obstáculo.
Y eso también es cultural. Tan cultural como la forma en que nombramos la ciudad que habitamos: la banqueta, el andén, la acera, la vereda o la escarpa (como se dice en Yucatán). Distintas palabras para un mismo espacio que debería cumplir una función básica: permitirnos caminar con seguridad y dignidad. Cuando ese espacio desaparece o se vuelve hostil, el lenguaje cambia, pero el problema sigue siendo el mismo.
También es cultural y profundamente estructural elegir nuestro medio de transporte según las condiciones de la ciudad. Si un trayecto no está conectado para caminar o pedalear, si una intersección pone en riesgo la vida porque sólo fue diseñada para vehículos motorizados, la elección deja de ser libre. Así se consolidan décadas de un modelo urbano que hoy muchas ciudades del mundo están intentando revertir, reconociendo una transición urgente hacia una movilidad centrada en la vida.
Pero la cultura no es estática. Se construye y se transforma
He visto cambios reales cuando una calle se rediseña con enfoque humano y la comunidad se involucra. Cuando las infancias aprenden a cruzar con seguridad, una persona mayor camina con confianza o un conductor entiende que reducir la velocidad o ampliar banquetas no es perder, sino compartir. Esas acciones, aparentemente normales, tienen un impacto importante.
Asumir la movilidad activa y sostenible como un derecho implica reconocer responsabilidades compartidas. De los gobiernos, sí, pero también de quienes habitamos la ciudad todos los días. La transformación no ocurre sólo cuando se inaugura una obra, sino cuando cambiamos hábitos: ceder el paso, respetar un cruce, bajar la velocidad, compartir el espacio y reconocer al otro como un legítimo otro en la convivencia, como nos enseñó Humberto Maturana.
Tal vez no veremos el cambio completo en nuestra generación. Tal vez aún faltan décadas para que nuestras ciudades sean verdaderamente seguras y equitativas. Pero cada acción cotidiana suma. Cada decisión consciente deja huella.
Porque al final, la movilidad activa no sólo redefine cómo nos movemos, sino cómo elegimos convivir. Y esa elección empieza en la calle, pero se construye dentro de cada uno y una de nosotras.
La forma en la que nos movemos dice mucho de la ciudad que somos.
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