El riesgo vial: una omisión sistémica

¿Por qué es posible seguir naturalizando la muerte en las vías de tránsito, cuando son cifras de guerra global? En el mundo, 1,190,000 pierden sus vidas cada año, en choques, atropellos, vuelcos o colisiones. 

Cuando el automóvil se inventó en 1886, regía una ley que ponía la responsabilidad en la persona que conducía el vehículo más pesado o más peligroso, o sea, los carruajes y los jinetes a caballo. Pero esa convivencia que se dio en las calles llenas de autos, peatones, ciclistas y jinetes comenzó a terminarse en la segunda década del siglo pasado.

Sin embargo, todavía en la década de 1950, en los barrios de Buenos Aires dominaba la idea del juego infantil en la calle a la hora de la siesta, un espacio compartido y comunitario. La convicción de los vecinos era firme porque “qué imbécil puede conducir a velocidad donde pueden estar jugando los chicos”. Hoy, callejear sigue siendo un hábito arraigado, pero ahora caminamos por la vereda, por la banqueta. ¿Por qué el flujo motorizado logró imponerse sobre la movilidad humana hasta convertir el riesgo vehicular en un riesgo permitido? ¿Permitido para quién y desde cuándo? 

La respuesta llegó de la mano de la industria automotriz norteamericana, que en la década de 1930 reencuadró a su favor el derecho a transitar. El conductor o el fabricante dejaron de ser señalados como causantes de riesgo vial y la responsabilidad se desplazó hacia los peatones, atolondrados, culpables de cruzar mal. En Buenos Aires, el Consejo Deliberante propuso multarlos, pero nunca se cumplió. Ciertamente hubo resistencia social, pero esta visión rondaba el poder y se impuso completamente hacia 1960. A la Argentina llegó, en 1967, con la Ley 17.418 de seguro automotor obligatorio, que protegía al conductor y al vehículo, no a las víctimas. 

El riesgo permitido distorsionó el sentido del seguro a favor de la movilidad motora porque cubría la conducción negligente, una licencia moral implícita con un mensaje que desvinculaba al conductor de las consecuencias directas de su conducta. Algo inconcebible en el siglo de la movilidad a tracción sangre. La responsabilidad dejó de ser la del vehículo más peligroso. Había que invisibilizar el aumento de la velocidad motora. La industria necesitaba vender vehículos cada vez más potentes y el seguro requería mayor riesgo. La publicidad hizo el resto. 

El lenguaje cotidiano lo revela. La velocidad es sinónimo de éxito en cualquier registro elegido: “ascenso meteórico”, “carrera fulminante” o “avance acelerado”. La lentitud está asociada al fracaso, nunca es admirada: “va a paso de tortuga”, “no despega”, “sigue estancando”. 

Ese extrañamiento de responsabilidades permite hoy que las automotrices y las aseguradoras funcionen ajenas al impacto que la violencia vial genera sobre el sistema de salud pública argentino y abstraídas del daño social producido. Sabemos que el riesgo vial no es una fatalidad. Es el resultado de un sistema de incentivos en el que las aseguradoras encontraron, durante décadas, más negocio en administrar el daño que en prevenirlo. Decirlo no imputa, señala el punto de partida para provocar un cambio.

 

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Ema Cibotti
Historiadora, Máster en Ciencias Sociales. Fundadora y presidenta de A.C.T.I.V.V.A.S, Asociación Civil Trabajar contra la Inseguridad Vial y la Violencia con Acciones Sustentbales.