Abstract:
La supervivencia urbana dependerá de nuestra capacidad para gestionar el agua. ¿Por qué el pavimento es la infraestructura más subestimada de México y cómo la “ciudad esponja” puede transformar nuestras calles?
El asfalto no siempre dominó nuestras ciudades. Durante siglos, las vías mexicanas y europeas utilizaron piedra, adoquín o empedrado. Eran superficies pensadas para adaptarse al terreno, permitir reparaciones y facilitar la filtración, evitando la dependencia de complejos sistemas de drenaje. Sin embargo, durante el siglo XX, el asfalto se convirtió en el símbolo máximo de progreso. El auge del automóvil y las políticas desarrollistas consolidaron una nueva visión que facilitó la expansión urbana a través de arterias rápidas, continuas y completamente impermeables. Poco a poco, el empedrado comenzó a verse como algo incómodo, lento e incluso atrasado.
Mientras algunas metrópolis europeas modernizaron sus sistemas modulares, en América Latina profundizamos la impermeabilización del suelo. La diferencia no es únicamente material; en el fondo, son dos maneras distintas de entender la calle: como una superficie diseñada exclusivamente para el automóvil, o como una infraestructura multifuncional y flexible capaz de gestionar el agua de lluvia, alojar servicios y facilitar su mantenimiento. Esta segunda visión se materializa con claridad en el modelo implementado por los Países Bajos.
En este país, las calles locales, plazas y banquetas emplean piezas prefabricadas permeables colocadas sobre capas de arena que permiten la infiltración del agua y, a su vez, agilizan el acceso al subsuelo. Esta condición hace posible intervenir los servicios subterráneos sin demolición. Así, el tendido de cables o las reparaciones e instalación de tuberías se realizan con facilidad, reduciendo costos y tiempos de obra. El pavimento se convierte en un esquema flexible, pensado para ser modificado, que permite reutilizar materiales e integra el arbolado de forma orgánica.
Paradójicamente, en Mérida, que está asentada sobre roca altamente permeable, el asfalto es predominante. El aumento de superficies impermeabilizadas rompe los flujos naturales de infiltración y altera el equilibrio hídrico del territorio, provocando inundaciones recurrentes, islas de calor y baches. El pavimento es, sin duda, la infraestructura más subestimada de México.
Afortunadamente, el IMPLAN ya ha dado un paso valioso con sus Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (SUDS). Sin embargo, los pilotos en la zona de Ya’axtal se concentran principalmente en desviar el agua hacia jardines laterales. El verdadero reto del modelo neerlandés sigue pendiente: lograr que el arroyo vehicular y peatonal sean permeables y que la obra pública no exija fracturar el concreto. Ambas superficies deben colaborar activamente en la recarga limpia del acuífero. Transitar hacia una verdadera “ciudad esponja” exige ir más allá de los márgenes verdes: implica rediseñar los pavimentos con bloques articulados y filtrantes colocados sobre camas de arena. La supervivencia urbana dependerá de nuestra capacidad para gestionar el agua.
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