Suele confundirse el concepto de Smart City o Ciudad Inteligente, con la simple acción de incorporar pequeñas o grandes mejoras tecnológicas, o iniciativas de digitalización, en algunos aspectos de la administración de una ciudad por parte de su gobierno municipal. Ese concepto es limitado, erróneo y decepcionante. Por eso, para responder con claridad a la pregunta de si es inteligente ser una ciudad inteligente, si deseamos serlo, o qué pasos y estrategias debemos implementar para conseguirlo, primero tendríamos que definir qué significa ser una ciudad inteligente.
 

Comprendo la dificultad de alcanzar una definición que universalmente sea aprobada por sus habitantes, pero si seguimos haciéndonos las preguntas pertinentes, quizás alcancemos un consenso general. ¿Una ciudad inteligente, es aquella que es innovadora, o próspera, acaso sostenible, una que adopta la economía circular como norma de vida, o aquella que puede ser catalogada como verde, será inteligente una ciudad competitiva? Resulta complejo, ¿verdad?

El filósofo griego Plutarco de Queronea decía que “mientras los necios deciden, los inteligentes deliberan”, y tenía razón. Deliberar es reflexionar y hacer un detenido análisis de pros y contras, de puntos de vista diversos y a veces hasta contradictorios, antes de tomar alguna decisión.

De modo que, si empezamos por un buen ejercicio deliberativo, ya hemos dado un primer y exitoso paso hacia la construcción de una ciudad inteligente.

¿Qué es una Smart City?

Una Smart City o ciudad inteligente, es aquella que incrementa notablemente el ritmo al cual mejora sus resultados y logros, simultáneamente en los aspectos social, económico y medioambiental (sostenibilidad), respondiendo a desafíos tales como la crisis climática, el acelerado crecimiento poblacional y la inestabilidad político-económica, fundamentalmente mediante la mejora del modo cómo logra la participación y el compromiso de la sociedad, cómo aplica métodos de liderazgo colaborativo, cómo integra las diversas disciplinas a los sistemas de la ciudad, y cómo utiliza la ciencia de datos y otras tecnologías modernas, con el objetivo central de proveer mejores servicios y calidad de vida a todos aquellos que se relacionan con la ciudad (residentes, negocios y visitantes), hoy y en el futuro previsible, sin crear injustas desventajas a otros o degradar el ambiente natural.

Existe una lista muy amplia de indicadores clave que tienen que ser evaluados periódicamente bajo una métrica ordenada y de acuerdo con estándares internacionales, para poder medir el desempeño y cómo se van alcanzando los objetivos para convertir a una ciudad en inteligente. Entre ellos se encuentran la economía y las finanzas, el medio ambiente, educación, energía limpia, capacidad de respuesta a emergencias, gobernanza, salud, recreación, seguridad, refugio, gestión de residuos, telecomunicaciones e innovación, transporte y movilidad general, planeación urbana, agua y saneamiento (drenaje).

Las cifras preocupan, y constituyen el motivo fundamental por el cual conviene trazarse el objetivo de convertir la ciudad donde vivimos, en una Smart City. Las estimaciones de los expertos calculan una población de 10 mil millones de personas en todo el planeta para el año 2050, de las cuales, el 80% vivirá en ciudades. De modo que la meta tiene que ser tomada con seriedad y debe evitarse a toda costa que se convierta en una moda pasajera.

Ya desde hoy, las ciudades consumen el 75% de la energía, generan el 70% de los residuos y son responsables del 80% de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Existen cerca de 50 megaciudades, definidas éstas como aquellas cuya población pasa de los 10 millones de pobladores. Por lo anterior, resulta imperativo mostrar cuanto antes la disponibilidad para convertirse en una ciudad inteligente, e integrar a este objetivo los valores centrales de una Smart City que define el Consejo de Ciudades Inteligentes: Habitabilidad, Empleabilidad y Sostenibilidad.

La ciudad es habitable cuando provee las condiciones para llevar una vida limpia, saludable, libre de contaminación y congestión, y se asegura de que los ciudadanos cuenten oportuna, eficaz y eficientemente con los servicios que ella les brinda.

La empleabilidad ofrece las condiciones suficientes y necesarias de infraestructura, es decir: energía, conectividad y ambiente informatizado, servicios que son esenciales para competir globalmente y contar con empleos de mayor calidad.

La ciudad es sostenible cuando es capaz de ofrecer a sus habitantes todos los servicios que necesitan, con absoluta suficiencia, pero sin comprometer que pueda seguirlo haciendo con las generaciones futuras.

Eduardo López Moreno, Director de Capacidades de ONU – Hábitat, ha dicho que “un alto porcentaje de las ciudades, crecen formulando políticas y acciones sin evidencia clara e información. Estimamos que el 65% de las autoridades locales no saben cómo y porqué su ciudad está creciendo, en qué dirección, y qué está detrás de dicho crecimiento”.

En los últimos años, se ha observado una tendencia donde las ciudades se han convertido en las columnas de las economías nacionales. Hoy en México, más del 90% del PIB se produce en las alrededor de 70 ciudades con más de cien mil habitantes, por lo que el futuro económico del país dependerá en gran medida del desempeño eficiente de las actividades económicas en sus ciudades, y descansará en el desarrollo sostenido y sustentable de su infraestructura, equipamiento, servicios y sistemas urbanos. De continuar el descuido en el apoyo a sus ciudades estratégicas, México perderá competitividad aceleradamente. En la medida en que empecemos a ver a nuestras ciudades y municipios como los principales detonadores del desarrollo económico nacional, entonces estaremos en posibilidad de fortalecerlos para que desempeñen un papel relevante en un mundo altamente competitivo.

Mérida, y su zona metropolitana, requieren hoy más que nunca atender estos requerimientos, con una visión de largo plazo, y con un alto enfoque hacia la sostenibilidad, la cual tendría que ser la fuerza motriz que le permita lograr el establecimiento y permanencia de negocios prósperos, generar un importante crecimiento del conocimiento científico y tecnológico, y alcanzar niveles de educación jamás antes obtenidos entre la población. Beneficios que, junto con muchos otros, se propagarán rápida y ampliamente hacia todas las áreas de la sociedad.

Transitar hacia un modelo de ciudad inteligente precisa de un liderazgo abierto que se genere desde la sociedad civil como elemento fundamental. Todas las partes interesadas, tanto del sector público como del privado, tienen que estar en la mesa tomando las decisiones, mostrando el rumbo, con una visión creativa, innovadora y de largo plazo.

Éstos son sólo algunos elementos que, incorporados a nuestro propio modelo de ciudad inteligente, garantizarán para nosotros y nuestros hijos, un futuro promisorio y verdaderamente sostenible. Y eso, me parece que es algo muy inteligente.

“Resulta imperativo mostrar cuanto antes la disponibilidad para convertirse en una ciudad inteligente, e integrar a este objetivo los valores centrales de una Smart City que define el Consejo de Ciudades Inteligentes: Habitabilidad, Empleabilidad y Sostenibilidad.”

Raúl Asís Monforte González

Raúl Asís Monforte González

Ingeniero Civil y Maestro en Arquitectura de Paisaje. Presidente del Consejo Directivo de la Asociación Mexicana de Energía Renovable y Medio Ambiente A.C.

Email: raul@mienergiamx.com

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