El desarrollo tecnológico de la industria motriz es paradójico. La creciente potencia y velocidad de los vehículos atenta contra la movilidad y la salud física de las personas que circulan en las vías. ¿Por qué? Porque el cuerpo humano es frágil. Los adultos sufren severas lesiones si son impactados por un auto a más de 40 kilómetros por hora y no sobreviven a un atropello superior a 60. Y el resultado del impacto suele ser letal cuando lo produce un transporte pesado, aunque atropelle a velocidades mucho menores.
Ahora bien, este límite de la supervivencia humana no es desconocido ni por la industria, ni por los fabricantes, ni por los gobiernos, ni por las aseguradoras, ni por los organismos independientes que controlan las pruebas de choque físicas (crash tests) para la homologación y venta legal de vehículos. Las pruebas de choque frontal se realizan a 64 kilómetros por hora contra una barrera deformable que simula el impacto entre vehículos similares. La muerte es casi segura si el cinturón de seguridad no está abrochado. Si el vehículo tiene 5 estrellas (seguridad óptima para sus ocupantes), cinturón de seguridad y airbag, la supervivencia es probable. Si el vehículo tiene 0 estrellas, aun con cinturón de seguridad, las lesiones graves o mortales son probables. Pero, si el choque frontal es entre un auto y un camión, el impacto para los ocupantes del auto es mortal.
Estas pruebas son obligatorias en la Unión Europea y otros países como Estados Unidos, China, Japón o Australia. En México, Argentina, Brasil y Colombia, estas exigencias para homologar cada modelo no existen. Y el programa independiente Latin NCAP, que evalúa —asignando estrellas— la seguridad de los vehículos más populares vendidos en la región, no es obligatorio.
Esta falta de decisión gubernamental se evidencia con un doble estándar concreto. Los fabricantes (todos) venden en América Latina versiones empobrecidas de sus modelos porque no están tan bien equipados como los de sus casas matrices. El consumidor latinoamericano ignora, y nadie le advierte, sobre esta condición de los mercados emergentes.
La inseguridad técnica vehicular es un factor de riesgo vial en todos nuestros países. Sin embargo, el problema está invisibilizado. Se apunta casi exclusivamente a la velocidad de manejo, al conductor y a su mala conducta. Y, aunque es imputable, nada termina allí. Este enfoque centrado en el factor humano es muy incompleto.
La seguridad vial es multicausal, pero cuando el enfoque es miope, voluntarista y la acción recae sobre ONGs y campañas de concientización que no perduran ni modifican el entorno físico ni el marco regulatorio, la narrativa fracasa. El enfoque necesita incluir a la industria automotriz y a la de seguros, dos actores sistémicos, y no ignorar más los demás factores: la infraestructura y el diseño vial, la seguridad vehicular sin brechas y la planificación urbana y el uso del suelo, sin subestimar el tiempo vital para mitigar las lesiones con una pronta atención médica.
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