Cultura de paz: transformar las relaciones para transformar la sociedad

Parte 2

En el artículo anterior se reflexionó sobre que la cultura de paz conlleva no infringir cualquier tipo de daño a las personas y su dignidad. Se abordó que una herramienta para transformar la sociedad es la Comunicación No Violenta para crear comunidades pacíficas y relaciones humanas basadas en la ética y la responsabilidad: “la construcción de comunidades más justas y pacíficas comienza por transformar la manera en que nos relacionamos y nos comunicamos cotidianamente”.

A partir de esta premisa quiero citar a Dora Fierd, quien comenta que las estrategias comunicativas pueden conducir a la perturbación y a la parálisis, o bien al entendimiento y acuerdo mutuo, es decir, el lenguaje, más allá de representar al mundo, lo construye, lo “convoca a ser”. En este sentido, la comunicación es la construcción de mundos humanos, y no la mera transmisión de información, lo que resulta esencial en un proceso de gestión de conflictos. Cada acto comunicativo puede hacer más probables y posibles algunas cosas, y menos posibles otras; puede hacer mejores o peores futuros.

Aprendemos a conocer quiénes somos y logramos una posición en el mundo a partir de habilidades que nos permiten sobrevivir e interactuar con otras personas. Aprendemos a comunicarnos de las personas que nos rodean, así que, si las personas de quienes obtenemos estas prácticas utilizan modos violentos, entonces eso es lo que vamos reproduciendo a lo largo de la vida hasta que somos conscientes de nuestras interacciones y logramos darnos a entender de forma no violenta para expresar nuestros deseos, pensamientos, ideas y para sentirnos escuchados y comprendidos.

La complejidad de las relaciones humanas cotidianas nos dificultan hacernos conscientes de nuestro propio comportamiento en situaciones de comunicación y observar nuestros aciertos y dificultades. Podemos hacernos conscientes de que la comunicación funciona a partir de signos en el comportamiento de nuestros interlocutores que van más allá de las palabras; signos que señalan las torpezas, desventajas o dificultades de otras personas y también de nosotros mismos; los cuales frecuentemente nos permiten observar los prejuicios que tenemos ocultos. 

En el intercambio, es posible vernos a nosotros mismos con nuestras habilidades comunicativas a través de la mirada del otro. Ello entraña una serie de aspectos que confrontan al autoconcepto que hemos construido sobre nosotros. El autoconcepto funciona como un caparazón que vamos engrosando a lo largo de la vida para proteger nuestra autoestima de juicios y críticas indeseables. Su rigor, frecuentemente impide vivir la experiencia de la comunicación con confianza y autenticidad. En situación de comunicación, la falta de reconocimiento o el rechazo confrontan al autoconcepto, y pueden conducir a reacciones de rabia, dolor y miedo, y estas emociones incómodas pueden ser negadas persistentemente de la conciencia, obstaculizando en consecuencia a la comunicación misma. Es muy común que en nuestra vida existan conflictos; son parte de nuestras relaciones cotidianas, no se pueden evitar y tampoco se solucionan definitivamente, solo se pueden transformar. 

Marshall Rosenberg, siguiendo a Gandhi en el concepto de ahimsa (no violencia) desarrolló un programa para intentar construir formas de comunicación que dan cabida al reconocimiento de las emociones y formulan formas de interacción comunicativa no violenta. Su propuesta tiene como propósito despertar la reflexión y favorecer el aprendizaje de técnicas comunicativas más eficientes y coherentes con los valores y las tácticas de construcción de paz. Este autor señala cuatro pasos para construir la comunicación no violenta. Pone énfasis en la empatía, que se logra al conectar con nuestras necesidades y con las de los demás, hecho que nos aleja de prejuicios.

 

 

El primer paso es observar sin evaluar ni emitir juicios: observarse a sí mismo sin juzgarse; observar al otro sin juzgarlo. Cuando se logra es posible construir una comunicación clara y sincera, reduciendo la probabilidad de que la persona que recibe la comunicación sienta el rechazo posiblemente implícito en una evaluación.

La Comunicación No Violenta potencia la consciencia y la responsabilidad. Por ello el segundo paso lleva a identificar y reconocer el origen de los sentimientos, emociones y necesidades. Los sentimientos son el resultado de la forma en que elegimos interpretar las emociones de acuerdo con las necesidades y expectativas. Reconocerlos y aceptarlos es totalmente nuestra responsabilidad.

El tercer paso implica la capacidad de expresar con claridad los sentimientos y necesidades propias. No se trata de adivinar los de la otra persona. El objetivo es asumir la responsabilidad frente a nuestras interacciones comunicativas tratando de deconstruir los discursos de violencia cultural legitimada para transformarla por prácticas de paz. 

La petición es el cuarto elemento. Una petición específica de lo que se quiere para satisfacer las necesidades detectadas. Rosenberg comenta que es necesario utilizar un lenguaje positivo, claro y directo, formulando las peticiones en forma de acciones concretas y expresando a su vez los sentimientos y necesidades relacionados con la petición para evitar que las peticiones se confundan con exigencias y se obtenga un resultado contrario. Además de Rosenberg, hay otras propuestas para ejercitar la comunicación no violenta. Enseñar la paz es desarrollar capacidades para vivirla, practicarla y construirla en distintos ámbitos de la vida. Educar para transformar. 

 

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Marcela Montero Mendoza
Coordinadora ESMODELO, Universidad Modelo
monteromendozamarcela@gmail.com