Ciudadanía de a pie: de la ilusión del plano a la realidad tridimensional

Caminar una ciudad tiene un riesgo que no vemos porque habitamos y nos movemos en una realidad tridimensional, pero la imagen que llega a nuestra retina es plana, como una pantalla de cine. Lo compensa el cerebro, que reconstruye la realidad tridimensional en tiempo real para estimar los baches, las piedras y baldosas flojas, y los desniveles del suelo. Si no sucediera, o sea, si los obstáculos de las banquetas tuvieran el mismo color y textura que el resto, si el día está muy nublado, si la iluminación pública de noche es baja y uniforme y los desniveles no proyectan sombras en sus bordes, o si vamos distraídos, el cerebro no podrá calcular la altura del obstáculo. Procesará la banqueta como un plano continuo, y no levantaremos el pie a tiempo.

Todos hemos tropezado muchas veces y nos hemos caído. Sin embargo, continuamos caminando, como lo exige nuestra locomoción, y aprendiendo que nuestra dotación biológica debe ser efectiva en un entorno no natural para el cual nuestro cerebro no evolucionó.

Mientras las calles no se rediseñen, los peatones necesitamos estrategias para sortear la ilusión del plano. Debemos forzar el ojo para romper el corredor bidimensional que nos plantean las fachadas y las banquetas largas: mirar el suelo que pisamos tres metros adelante y reactivar el eje vertical observando las fachadas del primer y segundo piso. Así logramos enfocarnos en el volumen del entorno y dejamos de ignorar los riesgos que están directamente encima o debajo de nosotros (cornisas, andamios o pozos).

 

 

Para cruzar seguros no nos sirve mirar el auto, porque la retina es ineficaz para evaluar aproximaciones frontales, y por ende el cerebro de los adultos (el de los niños ni siquiera puede) procesa mal la velocidad de un vehículo que se aproxima al paso peatonal. Sin embargo, fijar la vista en un punto de referencia, un árbol o una señal de tránsito, puede ayudar a nuestro cerebro a estimar la velocidad real tridimensional, que incluye la profundidad y distancia, cuando el vehículo pase por esa referencia. 

Llegamos al nudo de la ilusión bidimensional. Niños y adultos imaginamos y dibujamos un choque como dos figuras que se tocan en un diagrama, cuando en realidad es energía liberada en las tres dimensiones. Un choque frontal entre dos vehículos similares, cada uno a 90 km/h, equivale al impacto de una caída libre desde el piso 11 de un edificio (casi 32 metros de altura). La energía cinética disipada retuerce el motor y la carrocería, y los ocupantes sufren lesiones brutales y letales en sus órganos vitales.

Necesitamos que la infraestructura incorpore la representación tridimensional del trauma vial: no exigirle al peatón, y mucho menos a los niños, más atención, sino diseñar, iluminar y, sobre todo, bajar las velocidades para que un error humano inevitable no cueste una vida.

 

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Ema Cibotti
Historiadora, Máster en Ciencias Sociales. Fundadora y presidenta de ACTIVVAS, Asociación Civil Trabajar contra la Inseguridad Vial y la Violencia con Acciones Sustentables.