Esta entrega decidí hacerla colaborativa. Estuve preguntando a mis amistades, familiares y conocidos durante varios meses qué sentían cuando se movilizaban por la ciudad. Tenía curiosidad por conocer esos sentires colectivos de los que hemos venido hablando en esta columna.
Obtuve respuestas de personas muy variadas, con mucha influencia de género primero, y por necesidades de movilidad diferentes también. Las mujeres, por ejemplo, tienden a sentirse inseguras en sus desplazamientos independiente de su medio de transporte, mientras que los hombres no. Las personas con necesidades diferentes, como por ejemplo quienes necesitan sillas de ruedas o prótesis, o aquellas que transportan infancias, refieren directamente que hay dificultades por la calidad de las calles o banquetas.
Las ciudades desde donde llegaron las colaboraciones fueron Bogotá, Pereira, Manizales y Cali en Colombia y Ciudad de México, Morelia, Mérida y Querétaro en México. No es sorpresa que los viajes realizados por mujeres se caractericen por el miedo y las sensaciones de inseguridad.
“Siento miedo e inseguridad cuando voy en el Transmilenio y, en los tramos que camino, la seguridad depende de la hora y el sector, pero en Transmi siento constante miedo y ni hablar del SITP. No me gusta para nada”. Bogotá, Colombia
“Definitivamente me gustaría moverme mucho más en bici”. Ciudad de México
“Me siento expansiva cuando salgo a caminar, me encanta arreglarme para salir a caminar y sentirme expansiva”. Ciudad de México
“Yo no ando en bici pero siento que se arriesgan mucho en las calles de CDMX, no hay empatía por los ciclistas en muchas ocasiones”. Ciudad de México“Se logra una conexión localizada genial, haces tu mapa mental en 3D”. Pereira, Colombia
“Aquí donde vivo, tengo la posibilidad de moverme a mi trabajo caminando, en bici o en carro; a veces depende del clima y del tiempo libre para elegir entre las opciones. Mi modo favorito de moverme es con alguna de mis bicis. Afortunadamente hay algunos senderos y calles secundarias que me permiten llegar sin problema y mínimo riesgo. Lamentablemente, se observa que no hay intenciones por parte de las personas encargadas de las obras públicas de generar vías de traslado que no sean el automóvil. En Morelia se están realizando muchas obras nuevas, pasos a desnivel, puentes para librar el paso del tren, distribuidores viales y, lamentablemente, en ninguna se contemplan medios para otro transporte que no sean los autos, inclusive en algunos están prohibidas hasta las motos. En particular, ahora me toca dar más vueltas si me quiero mover en la bici, porque además me hacen meterme a calles que tienen mucho más tráfico, y ya sabes que, si sales tarde, el tráfico está más agresivo”. Morelia, México
“Me siento fuerte cuando voy en el carro porque puedo subir cómodamente las lomas de la ciudad”. Manizales, Colombia.

De este ejercicio colaborativo concluyo algo que es perceptible: la movilidad no es la misma para todas las personas. No he incluido todas las respuestas en esta columna, como me hubiera gustado, pero es una muestra variada. La movilidad y el diseño urbano suponen un reto para los gobiernos, los profesionales que diseñamos ciudades y la ciudadanía en general: poder transformar estos sentires.
Mientras recolectaba y leía cada respuesta, me encontré buscando similitudes entre ciudades, pero encontré algo más profundo: las emociones cambian según quién eres, dónde vives y cómo habitas el cuerpo. El miedo, la libertad y el entusiasmo no describen solo un trayecto; describen el lugar que cada persona ocupa en una ciudad. Reconocer que las necesidades y sentires de cada persona son una cuestión colectiva y pública cuando nos movilizamos por las calles de nuestras ciudades se convierte entonces en una necesidad intrínseca para cohabitar como personas que sentimos.
A veces se nos olvida que lo que sucede de la puerta de nuestra casa hacía afuera es colectivo: lo que yo haga afecta a otras personas y así sucesivamente. En la actualidad ser individual y solo velar por nuestros propios intereses hace que olvidemos que incluso hacer sentir segura a una persona en su entorno no es solo una labor de ingerencia política, sino que también, y aún más importante, es una labor que nos compete a cada uno de nosotros en la vida cotidiana.
Escuchando todas estas voces entendí que las ciudades también tienen memoria emocional; cada quien dibuja un mapa distinto con su cuerpo. Algunas vivencias se basan en esquivar el miedo, otras persiguen libertad y otras calculan cada banqueta, escalón u obstáculo antes de salir. Puede ser entonces que uno de los mayores retos sea construir y transformar ciudades donde ninguna persona tenga que renunciar a su tranquilidad para llegar a su destino. La ciudad se vive en colectivo, pero siempre se recuerda en el cuerpo.
El mayor hallazgo de este ejercicio no fue confirmar que cada uno sentimos diferente; fue comprobar que cuando preguntamos cómo se siente habitar una ciudad, las personas siempre tienen una historia que contar. Gracias a todos ustedes por prestarme sus recorridos, sus miedos, sus mapas mentales y sus deseos. Esta columna también les pertenece.
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