En esta ocasión, fui invitada a escribir sobre movilidad y género para el mes de marzo, conmemorando el Día Internacional de la Mujer. Esta es una fecha que nos recuerda por qué es necesario seguir hablando, este y todos los meses del año, de derechos, de eliminación de violencias y de acceso pleno a oportunidades.
Durante mi ejercicio profesional como arquitecta y urbanista enfocada en promover la movilidad peatonal y ciclista, he tenido la fortuna de trabajar con comunidades donde hacemos pedagogía con enfoque de género y aplicamos lineamientos de diseño que priorizan la movilidad del cuidado y de la vida cotidiana. En ese camino, he aprendido que lo primero es traducir al lenguaje común una pregunta que suele ser recurrente y sonar técnica: ¿qué es el enfoque de género? En la práctica, y así lo hemos aprendido en Bicistema, no es otra cosa que reconocer cómo se mueve realmente la vida.
El enfoque de género es la vida cotidiana
Es la movilidad de los cuidados: mujeres transportando a sus hijas e hijos a la escuela, mujeres acompañando a personas mayores a consultas médicas, mujeres cargando víveres, organizando trayectos múltiples en un mismo día o resolviendo desplazamientos encadenados que rara vez aparecen en los estudios tradicionales de transporte.
Es también reconocer que no todas las mujeres viven la ciudad de la misma manera: importan la edad, la condición económica, si somos migrantes, si viven con alguna discapacidad, si pertenecen a comunidades indígenas o si forman parte de la diversidad. Las experiencias urbanas son diversas, y el diseño debe reconocerlo.
Cuando hablamos de movilidad con enfoque de género, hablamos también de seguridad. No sólo seguridad vial, sino seguridad personal: iluminación adecuada, visibilidad (qué veo y quién me ve), transporte público confiable y de calidad, rutas claras, estado y calidad de los espacios públicos. Muchas decisiones sobre cómo movernos no se toman por comodidad, sino por miedo.
Todos, en algún momento, hemos tenido o tenemos infancias a cargo, personas mayores bajo nuestro cuidado o redes afectivas que acompañar. Para acceder a salud, educación, alimento, trabajo u ocio, necesitamos movernos. Y allí aparece la pregunta central: ¿están nuestras ciudades diseñadas para sostener la vida cotidiana o sólo para acelerar vehículos?
Dejo, junto a esta reflexión, una fotografía que en Bicistema utilizamos frecuentemente en talleres y proyectos de espacio público. La imagen, capturada por Dana Albicker en Puebla, México, muestra con claridad lo que significa planear desde diferentes prioridades: personas mayores, mujeres, población migrante, infancias, comunidades indígenas, personas con necesidades diferenciadas. Es la vida cruzando la calle.
Trabajar por una movilidad que resuelva los desplazamientos cotidianos en condiciones seguras y asequibles no debería ser una agenda “especial”. La vida debería ser el eje central del diseño urbano. Porque cuando planificamos desde el cuidado, no diseñamos sólo calles, diseñamos condiciones para que la vida suceda.








