Hay una escena muy común en Mérida (y en muchas ciudades) que dice más de la vida urbana que cualquier discurso: salir de una actividad, mirar el reloj, ajustar la ruta, mandar un “ya voy” y elegir por dónde caminar según la luz, la banqueta, la sombra… y la intuición. A veces ese cálculo es automático. Y ahí está el punto: la ciudad no se vive igual para todas las personas.
Desde mi trabajo en la ANPR México y, a nivel internacional, coordinando redes y conversaciones con World Urban Parks, he aprendido que la perspectiva de género no es un “tema adicional” para la agenda urbana: es una forma de preguntarnos si el espacio público realmente garantiza el derecho a habitar la ciudad con libertad. ONU Mujeres lo ha trabajado con claridad: la seguridad en espacios públicos se construye con enfoques basados en derechos, evidencia y acciones locales sostenidas, no con medidas aisladas. (ONU Mujeres)
A mí me ayuda aterrizarlo con una pregunta sencilla: ¿Esta ciudad cuida? Cuidar no es sólo vigilar. Cuidar es diseñar, operar y gobernar para que más personas puedan estar, moverse, encontrarse y volver a casa sin que el miedo sea parte del itinerario. Y eso se concreta en tres decisiones.
Decisión 1: Diseñar para que “veas y te vean”
La seguridad también es espacial. No se trata de blindar la ciudad, sino de reducir condiciones que facilitan el acoso o la vulnerabilidad: iluminación útil (no decorativa), visibilidad, accesos claros, rutas legibles, cruces seguros, señalética, baños dignos, mobiliario bien ubicado. ONU-Habitat ha insistido en que la seguridad de mujeres y niñas debe ser una prioridad en el diseño de espacios públicos; cuando el espacio es seguro para ellas, suele serlo para todas las personas. (unhabitat.org)
En Mérida esto también se siente en lo cotidiano: la sombra y el descanso importan. Una banqueta sin sombra o un trayecto con puntos ciegos no sólo incomoda; limita. La “infraestructura del cuidado” también se construye con detalles que sostienen la permanencia: bancas, agua, baños, sombra y buena conectividad.
Decisión 2: Operar para sostener la confianza
Un parque puede verse bien en fotos, pero un espacio público se vuelve confiable con operación diaria: mantenimiento constante, luminarias que funcionan, limpieza, poda, presencia de personal y atención rápida a reportes. Pero hay un componente igual de importante que a veces se subestima: la activación. La seguridad también se construye cuando el lugar está vivo: con actividades, programación y usos diversos a lo largo del día que generan “ojos en el espacio”, pertenencia y rutina comunitaria. En muchos casos, los espacios más usados y activos son los que se perciben como más seguros, porque hay acompañamiento social, dinámica y menor sensación de aislamiento.
El Banco Mundial documenta cómo el acoso y otras formas de violencia influyen en decisiones de movilidad y participación; cuando los sistemas implementan prevención y respuesta (protocolos, capacitación, canales de reporte), la percepción de seguridad puede mejorar significativamente. (worldbank.org)
En la práctica, esto significa algo muy simple: no basta con inaugurar. Hay que sostener (y activar). Y eso requiere presupuesto, coordinación y una cultura institucional que entienda que el espacio público se gana (o se pierde) en lo cotidiano.

Decisión 3: Medir para no invisibilizar
Lo que no se mide, se vuelve “anécdota”. Y lo que se vuelve anécdota, rara vez recibe recursos. Por eso, la perspectiva de género se vuelve política pública cuando se convierte en práctica: diagnósticos participativos, recorridos en distintos horarios, datos sobre uso (quién viene, cuándo, por qué deja de venir) y mecanismos de seguimiento. ONU Mujeres, con su iniciativa de Safe Cities and Safe Public Spaces, insiste en enfoques integrales donde infraestructura, participación y rendición de cuentas trabajan juntas. (ONU Mujeres).
Hay 5 señales de un espacio público que cuida:
- Ves y te ven: sin puntos ciegos y con iluminación efectiva.
- Llegas sin obstáculos: accesos y rutas seguras, banqueta continua.
- Hay sombra y descanso: permanecer no debe ser un privilegio.
- Hay servicios dignos: baño, agua, señalética y orientación.
- Hay respuesta: personal, protocolos y mantenimiento constante.
Miremos el parque, la banqueta, el trayecto y la hora. Porque la experiencia urbana está hecha de rutinas, no de conceptos.
Si queremos ciudades más justas, empecemos por lo más cercano: cómo se vive el espacio público. A gobiernos y tomadores de decisión: incorporen perspectiva de género desde el diagnóstico, asignen presupuesto para operación y mantenimiento, y midan seguridad y uso con datos. A quienes diseñan y gestionan parques: escuchen a mujeres y niñas, caminen los espacios en distintos horarios, identifiquen puntos ciegos y corrijan rápido. Y a la ciudadanía: ocupemos, cuidemos y exijamos espacios compartidos, lo público mejora cuando se habita y se defiende.
Porque una ciudad que cuida no se logra con un sólo proyecto. Se construye con decisiones diarias y compromiso sostenido hasta que el derecho a la ciudad sea costumbre y no excepción para todas las personas.
Referencias
- ONU Mujeres. (2017). Safe Cities and Safe Public Spaces: Global results report. UN Women.
- ONU Mujeres. (2017). Ciudades seguras y espacios públicos seguros: Informe global de resultados (versión en español). UN Women.
- UN-Habitat. (s. f.). Gender Responsive Urban Planning and Design (Issue Guide). UN-Habitat.
- Banco Mundial. (2023). Closing Gender Gaps in Transport (Publicación / PDF). World Bank Group.
- Banco Mundial. (2021). Violence Against Women and Girls Resource Guide: Transport Brief (PDF). World Bank Group.







