Interseccionalidad y escala humana en el espacio público, ¿para quién estamos diseñando la ciudad?
Durante décadas hemos diseñado nuestras ciudades para un “sujeto universal”, pero ¿quién es ese sujeto? Cada 8 de marzo, el debate público nos recuerda que la ciudad no se vive igual para todas las personas. Sin embargo, más allá de la conmemoración de esta fecha, la pregunta técnica sigue siendo la misma: ¿a quién nos imaginamos cuando diseñamos una calle, una plaza o un parque?
El urbanismo moderno heredó la idea de neutralidad: calles dimensionadas para flujos promedio, banquetas pensadas para velocidades estándar, cruces peatonales calculados para adultos sin carga, sin prisa, sin acompañantes. El tipo de usuario parecía un elemento “abstracto” en el diseño, pero en la práctica tenía características muy concretas: adulto, autónomo, productivo, móvil y sin responsabilidades de cuidado simultáneas.
El sujeto promedio nunca representó la complejidad real de la vida de nuestras ciudades. Sin embargo, durante mucho tiempo fue el parámetro implícito para la toma de decisiones técnicas en el diseño y la construcción de proyectos urbanos. Diseñar para este sujeto es lo más cómodo, pero cuando el promedio se convierte en norma, todo aquello que se aparta de él comienza a sentirse excepcional, problemático o invisible.
De la perspectiva de género a la interseccionalidad
En los últimos años, la perspectiva de género ha abierto una conversación necesaria: la forma en que planificamos la ciudad responde a criterios históricos que privilegiaron ciertos usos, tiempos y cuerpos por encima de otros. Las dinámicas urbanas reflejan jerarquías históricas entre lo productivo y lo reproductivo, entre el espacio público y el doméstico, entre quien se desplaza libremente y quien organiza su día en función del cuidado. Pero el reto no termina ahí.
Si bien hablar de género es fundamental, reducir el análisis únicamente a esta dimensión puede simplificar una realidad mucho más compleja. No todas las mujeres viven la ciudad de la misma manera, tampoco todos los hombres. La edad, la condición socioeconómica, la movilidad física, el origen étnico, la discapacidad, la maternidad o paternidad y los roles de cuidado transforman radicalmente la experiencia urbana. Es aquí donde aparece un concepto técnico que incomoda a muchos técnicos, la “interseccionalidad”.
La interseccionalidad, término acuñado por la abogada feminista Kimberlé Crenshaw en 1989, nos obliga a entender cómo interactúan y convergen distintos aspectos de la identidad de las personas para determinar diferentes experiencias de vida. Por ejemplo, una madre con una carriola no vive la ciudad igual que una mujer joven sin responsabilidades de cuidado, o una persona adulta mayor no se desplaza igual que un adulto de 30 años, o una persona con una discapacidad visual experimenta el espacio de manera distinta al que no la tiene, y así la experiencia de un niño tomando el transporte público es muy diferente a la de un joven. Si agregamos a esto que algunas personas se enfrentan a otras desigualdades socioeconómicas, de género u origen étnico, por mencionar algunas, la experiencia urbana se hace aún más compleja.
Hay un dato estructural que no podemos ignorar: en la mayoría de las ciudades latinoamericanas, las tareas de cuidado como llevar, acompañar, esperar o asistir siguen siendo realizadas mayoritariamente por mujeres. Esto no es un argumento ideológico, es una realidad operativa que impacta en los tiempos y la movilidad, la permanencia en el espacio público y el uso de la infraestructura urbana.
Diseñar la ciudad sin considerar estas intersecciones implica asumir que existe una experiencia estándar, cuando la realidad de la ciudad se vive desde múltiples condiciones simultáneas. El diseño basado en el promedio empobrece a la ciudad y muchas veces deja fuera a quienes más necesitan de una infraestructura pública que les permita funcionar con dignidad.
Ya no es suficiente diseñar a partir de una perspectiva de género, entendida como la inclusión de las mujeres en este proceso. Este enfoque fue y sigue siendo necesario, pero resulta incompleto si no lo ampliamos a las variables de desigualdad que atraviesan la experiencia cotidiana de la ciudad. La interseccionalidad nos permite comprender que las condiciones de privilegio y exclusión no operan de manera aislada; el género, la edad, el nivel socioeconómico, la discapacidad, el origen, las responsabilidades de cuidado y el acceso a oportunidades configuran experiencias urbanas distintas. Incorporar la interseccionalidad no es sumar categorías, es reconocer cómo se superponen las desigualdades y cómo el diseño de la ciudad puede contribuir a reducirlas o profundizarlas.

Cambiar la escala, diseñar desde los 95 centímetros
Una forma poderosa de hacer evidente la omisión en el diseño es cambiar, literalmente, la escala desde la que observamos la ciudad. La iniciativa Urban95 propone una pregunta simple y disruptiva: ¿qué cambiarías si experimentaras la ciudad desde los 95 centímetros, la altura promedio de un niño o niña entre 3 y 5 años?
Arrodillarse en una banqueta, respirar más rápido como sucede con los bebés o empujar una carriola cargando peso, transforma radicalmente la percepción del entorno. Lo que para un adulto es una distancia corta, para un niño puede duplicarse, tanto así que los niños pequeños necesitan aproximadamente el doble de tiempo para cruzar una calle en comparación con un adulto sin limitaciones. Así también los bebés absorben entre dos y tres veces más contaminación del aire por cada kilogramo de su peso, y la exposición a esta contaminación inicia antes del nacimiento.
Este cambio de escala no es un gesto simbólico, es una herramienta técnica de diseño. Urban95 resume el principio claramente: “Si un espacio es saludable, seguro, limpio e interesante para bebés, niñas y niños pequeños y sus cuidadores, funcionará mejor para todas las personas”.
Diseñar desde los 95 centímetros no significa hacerlo únicamente para la primera infancia, significa reconocer que la vulnerabilidad, la dependencia y el cuidado son dimensiones estructurales de la vida urbana. Cuando una calle se puede cruzar con calma, un espacio público permite permanecer en él sin estrés o cuando dos personas se pueden desplazar acompañadas, se amplía el rango de inclusión. Una ciudad que funciona a 95 centímetros es una ciudad que funciona en todas sus escalas.
Traducir la interseccionalidad al diseño
El desafío no es conceptual, es metodológico: ¿cómo operacionalizamos la interseccionalidad? O, ¿cómo traducirla en decisiones concretas de diseño urbano? En mi experiencia acompañando proyectos de espacio público en México y Latinoamérica, he podido observar que la interseccionalidad no se resuelve desde el discurso, sino desde decisiones concretas en el diseño. Con el tiempo he aprendido que ciertos criterios, aplicados desde una lectura social previa y no sólo desde la norma, permiten la inclusión de una diversidad de usuarios.
Primero, la seguridad entendida no como control, sino como legibilidad: iluminación adecuada, permeabilidad visual y presencia constante de actividad. Segundo, la accesibilidad universal, que va más allá de cumplir con normativas y garantiza flujos claros, continuidad peatonal y, en vías públicas, tiempos de cruce acordes a la diversidad de condiciones de los usuarios. Tercero, la variedad de usos y actividades, pues un espacio que integra el juego libre, el descanso, el encuentro, la actividad física o la cultura amplía su espectro social. Cuarto, la versatilidad, mediante equipamientos flexibles y programación a distintas horas del día que responden a dinámicas cambiantes, incluidas las de cuidado. Y quinto, la identidad, que incorpora la memoria, la representación y la comunicación urbana, visibilizando a comunidades históricamente subrepresentadas.
Estos criterios forman parte de una metodología más amplia, que parte del diagnóstico social y urbano con datos duros y, antes de generar proyectos, integra procesos participativos y evalúa el impacto más allá de la construcción física de los espacios.
Si el punto de partida sigue siendo el “sujeto universal”, inevitablemente seguiremos produciendo espacios que funcionan bien para algunos y con dificultad para muchos. La interseccionalidad no es una moda académica ni una agenda sectorial, es una herramienta técnica para reconocer que la desigualdad urbana se explica en variables. A quienes diseñamos, planificamos o tomamos decisiones sobre la ciudad, nos corresponde hoy ampliar el lente, reconociendo estas variables.
La transformación urbana no comienza cuando agregamos más infraestructura, construimos más calles o inauguramos nuevos parques, sino cuando diseñamos para la diversidad real que compone nuestras ciudades. Sólo así es posible reducir las brechas de desigualdad y garantizar que el derecho a la ciudad se pueda ejercer en condiciones de dignidad para todas y todos.
Bibliografía de apoyo:
- Bernard Van Leer Foundation. (2025). Urban95: Creating healthy, safe and vibrant cities where babies, toddlers and their families thrive. https://bernardvanleer.org/urban95/
- Kern, L. (2020). Feminist city: Claiming space in a man-made world.
- United Nations Human Settlements Programme (UN-Habitat). (2020). World cities report 2020: The value of sustainable urbanization. UN-Habitat. https://unhabitat.org/world-cities-report-2020







