La ideología detrás del uso de espacios en Mérida: Una revisión a la literatura de Eugenia Iturriaga

Un recorrido sugerido a través de la ciudad de Mérida, con objeto de abordar sus principales referentes turísticos y urbanos, debe iniciar a pies del monumento “El Remate” (cruce de la calle 47 y la 56), erigido en memoria de los Francisco de Montejo, padre e hijo, cuyas estatuas inauguran el Paseo de Montejo: la avenida más emblemática de la ciudad. Durante su recorrido, podrán apreciarse las mansiones de arquitectura neoclásica y los bulevares de inspiración francesa, así como museos, monumentos y demás hitos de interés. Si se continúa por el sentido natural de la avenida se alcanzará el noreste de la ciudad para finalmente llegar a la salida con dirección a Puerto Progreso.

Desde esta perspectiva, la urbanística de la ciudad podría aparentar un modelo de ciudad moderna, pero si por alguna razón nos desviamos hacia la dirección opuesta, es decir con vista al sur, se descubrirá un escenario muy distinto. Habremos cruzado una línea invisible que separa la región norte, con estilos de vida de alto nivel, de un sur marginal y, a menudo, excluido de la etiqueta de “ciudad blanca”. De este modo, el Paseo de Montejo resulta ser parte de una escenografía cuidadosamente planeada en el tiempo de las antiguas élites locales, y dirigida hacia un sentido en particular, no sólo por motivaciones urbanas, sino también ideológicas.

Según Van Dijk, una ideología es un conjunto de autodefiniciones compartidas grupalmente que permite a sus miembros coordinar sus prácticas sociales hacia adentro y en relación con otros grupos (2018, pág. 283). En este caso, la organización espacial refleja una ideología dominante del tiempo de las elites yucatecas que se percibían de determinado modo y que recurrieron a distintos medios para distinguirse de lo indígena y lo originario. Mientras la vista al norte refleja esa imagen ideal de progreso, orden y blancura más allá de sólo el color del material de construcción, la vista al sur rememora la exclusión tanto geográfica como social. 

 

La distribución espacial de la ciudad blanca

En 1993, el ayuntamiento de Mérida dividió la ciudad en 8 distritos para normar la planificación urbana. Teniendo a la vista este modelo distributivo, es más sencillo observar cómo la mayor parte del desarrollo se concentra en pocos distritos —centro, norte y este—, mientras otros tantos quedan relegados, como los distritos sureños. En palabras de Iturriaga, estos 8 distritos no pueden leerse de forma aislada, sino que se mezclan y cumplen diferentes funciones, permitiendo a sus habitantes apropiarse de ellos en distintas formas y prácticas (2018, pág. 144).

Iniciando por el distrito del centro, conglomerado de las antiguas elites, partir desde el monumento El Remate es, tanto en ideología cómo desde el sentido urbanístico, una lectura muy adecuada para comprender el conjunto. Un remate, en el sentido arquitectónico, es un elemento decorativo utilizado para coronar la parte superior de una construcción. No es accidental que un monumento en memoria de nuestros conquistadores haya recibido ese trato, porque simboliza un referente urbano y social. Las épocas de la Colonia se marcaron por una rígida división social entre extranjeros (ts’uul’ob) e indígenas, quedando estos últimos relegados a la periferia y bajo trato de esclavos y sirvientes.

 

 

A la salida de los españoles fueron los criollos y mestizos (kaz dzul) quienes ascendieron a las posiciones de elites locales, desarrollando una dinámica social de latifundios y haciendas explotadoras con mano de obra barata. Situación profundizada durante el auge henequenero a partir de 1880 donde las nuevas elites buscaron los medios para externalizar sus ideas e imagen de grupo. Uno de esos medios fue la creación de espacios y edificios donde reflejaron su identidad y alto estilo de vida: los bulevares y mansiones de Paseo de Montejo. Así, el recorrido sugerido evoca la herencia de las elites convertidas hoy en atractivos turísticos.

Estos lujos contrastan enormemente con las condiciones de vida del cono sur, siendo los distritos IV, V y VI los grandes perdedores. Estos distritos concentran su espacio en viviendas de tipo social y de interés popular, un bajo soporte urbano, un comercio basado en tendejones, tortillerías y “giros negros” —bares, centros nocturnos, moteles—, un Centro de Readaptación Social, el Reformatorio juvenil, cementerios, etcétera. Asimismo, se identifica una predominante población con uno o los dos apellidos mayas. Sobre la oferta educativa, las principales universidades privadas se concentran en el Distrito I, mientras que la oferta educativa en los distritos sureños es esencialmente pública.

En síntesis, la ideología históricamente dominante terminó definiendo, entre otros medios, el uso de los espacios en Mérida para fabricar y normalizar atributos distintivos a cada uno de los distritos que, leídos como un conjunto, revelan un modelo organizacional basado en preceptos racistas y clasistas. Nuevamente, no es un accidente que el centro de Mérida albergue una avenida que conduce hacia el hemisferio norte e invita a explorar los atractivos e hitos del rededor, mientras que los distritos sureños han carecido de un trato y promoción similar.

En sí, el atractivo turístico de la ciudad se presenta de manera vertical, cuidando el recorrido del visitante. Pero, al hacerlo de esta manera tan selectiva, sólo se consigue reproducir esa misma ideología que debió quedarse en el pasado junto a las viejas elites locales. La clave debería ser permitir a Mérida brillar en cada uno de sus rostros, porque al menos la mitad inferior de ellos aún no han sido descubiertos.

 

Lectura recomendada

Eugenia Iturriaga (2018). Las élites de la ciudad blanca: Discursos racistas sobre la otredad. Universidad Nacional Autónoma de México.

 

 

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Aarón González Serrano
Estudiante de 7° semestre de la licenciatura de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad Modelo