La migración forzada por razones económicas, de violencia o ambientales se ha convertido en uno de los fenómenos que están marcando al mundo y, especialmente, a las ciudades. México representa uno de los casos más dramáticos y dinámicos.
La gran mayoría de quienes se ven forzados a emigrar de sus lugares de origen, tienen como destino las ciudades. Estos migrantes deben ser vistos no como una desafortunada carga para las ciudades, sino como un potencial significativo con beneficios. El desarrollo de una ciudad proviene de sus residentes y, entre estos, en muchos casos destacan los migrantes; sus conexiones a través de actividades económicas, sus lazos familiares, su educación y su cultura, se suman a los habitantes originarios de las ciudades que, al convivir con migrantes, reaccionan de maneras muy diversas.
Algunas positivas, porque se les reconoce como un nuevo sector de las sociedades urbanas, que influyen en las culturas locales con lenguaje, comida y, en general, con formas de vida diferentes. Otras negativas, cuando se observa la exacerbación política que la migración provoca en algunos sectores de la población y en algunos gobiernos, desde nacionales hasta locales, en particular por las llamadas derecha y ultraderecha políticas que, de manera creciente, encuentran en la migración argumentos para culparla de sus errores y limitaciones, como se observa en los Estados Unidos contra migrantes mexicanos y de Centro, Sudamérica y el Caribe, principalmente.
Frente a estos rechazos, en su mayor parte irracionales, han surgido en muchos países “ciudades santuario” (Sanctuary Cities) como reacción a legislaciones y políticas anti-inmigrantes. En estas, se recibe solidariamente y apoya a migrantes y refugiados en general. El fenómeno ha crecido aceleradamente. La magnitud de la población que nació en otro país y que radica en ciudades atractivas para los migrantes ha alcanzado proporciones que alimentan las reacciones de rechazo y también las de apoyo.
Las fronteras norte y sur de México viven este fenómeno. Se debe destacar que predomina el apoyo por encima del rechazo, evidenciando la cultura de integración social que contrasta con la de discriminación y violencia contra migrantes, por el hecho de serlo, como se ha agudizado de manera extrema en Estados Unidos.
Migrar ha sido una característica intrínseca de los seres humanos. Gracias a la migración, los países de Europa desarrollaron sus culturas y crecieron económicamente. Lo mismo ha ocurrido con países de habla inglesa, especialmente en Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda.
La gravedad de los conflictos a nivel global, agudizados por la pobreza, la desigualdad y el cambio climático, está acelerando las migraciones forzadas. Las personas que llegan a México lo perciben cada vez más como país de destino que de paso hacia el Norte. Este cambio es resultado de los dos procesos mencionados: el rechazo y la violencia antiinmigrante en Estados Unidos y la cultura de tolerancia e integración que caracteriza a México.
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