El uso de estrategias de diseño urbano y arquitectura en edificios, vivienda y espacios públicos para combatir pandemias y enfermedades no es algo nuevo, sino algo que hemos abandonado.

Ya desde finales del siglo XIX y principios del siglo XX, enfermedades como la tuberculosis y el cólera diezmaron el continente europeo provocando grandes cambios en la forma de construir y equipar las viviendas y los edificios.

Se comenzaron a utilizar grandes ventanas para propiciar la circulación de aire natural, espacios amplios y abiertos, mobiliario urbano y equipamiento aerodinámico, superficies lisas y de colores claros; las texturas absorbentes que guardaban polvo y suciedad fueron sustituidas por materiales fáciles de lavar y de mantener limpios. Se trataba de que la ciudad, la vivienda, los espacios, contribuyeran a curarnos y a evitar enfermedades, en lugar de propagarlas.

Con la rápida evolución de la medicina y la llegada de antibióticos o antivirales más avanzados, el manejo de los espacios para reducir contagios y exposición a enfermedades dejó de utilizarse. Sin embargo, hoy, en medio de una de las peores crisis sanitarias que ha enfrentado el mundo en las últimas décadas, nos vemos obligados a repensar nuevamente el diseño de nuestras ciudades y de nuestros espacios públicos y privados.

 

Vivienda y espacio público son dos caras de la misma moneda. Se trata, finalmente, de nuestros dos grandes hogares: el íntimo y el que compartimos con los demás. Hablar de vivienda y espacio público es hablar de los escenarios en los que el ser humano realiza gran parte de sus actividades cotidianas, su crecimiento y desarrollo personal, su interacción consigo mismo, sus amigos, su familia. Se trata de hablar de nuestras dos casas, la privada (vivienda) y la compartida (espacio público), y de cómo sus características afectan de manera directa nuestra calidad de vida y ahora, más que nunca, nuestra salud.

 
 

 

 

Por un lado, la cuarentena ha generado un cambio profundo en la dinámica de la vivienda, que se ha entrelazado con actividades reservadas al espacio público o al laboral. Hoy, nos vemos obligados a realizar nuestras actividades de ejercicio, recreación y esparcimiento en el interior de nuestros hogares. Quienes tienen la posibilidad, también han trasladado sus actividades profesionales a la vivienda, acondicionando espacios como les es posible.

A nivel ciudad, esto genera un cambio de paradigma, pues hoy en día pasamos de valorar la vivienda pequeña y céntrica, cercana a ser- vicios y equipamientos públicos, a la vivienda de mayores dimensiones, esté donde esté, que pueda satisfacer internamente necesidades de trabajo, ejercicio y recreación, sin necesidad de salir de nuestras casas. Pero, ¿qué porcentaje de la población tiene una vivienda con estas características?, ¿cuántos hogares tienen las condiciones mínimas de higiene, de seguridad, las dimensiones para poder realizar todas estas actividades?, ¿y qué pasa con la vivienda social, donde incluso en condiciones normales se sufre hacinamiento?, ¿qué pasa con el porcentaje de la población cuyas viviendas no tienen acceso a servicios básicos?

Por otro lado, ¿qué le espera al espacio público?, ¿su abandono actual continuará después de la pandemia?, ¿tendremos que replantear su diseño y características para perder el miedo a regresar a los parques, mercados y plazas?

La respuesta, considero, no implicará una transformación muy abrupta de nuestra forma de diseñar vivienda o de construir ciudad. Superado el aislamiento, se encontrará un nuevo equilibrio entre vivienda y espacio público, retomando la vida en la ciudad. Sin embargo, es importante que el diseño de nuestros hogares, en especial la vivienda social, se replanteen para garantizar esos espacios mínimos de desarrollo individual, con un nuevo enfoque que propicie espacios más amplios con un diseño orientado hacia el cuidado de la salud.

A nivel urbano, no se trata de reconstruir nuestras ciudades imaginando un escenario de permanente pandemia, si no te tomar medidas concretas, puntuales y en muchos casos sin necesidad de grandes inversiones, para solucionar problemáticas que, si bien no se derivan directamente del Covid-19, sí fueron evidenciadas por él.

Para quienes creemos en la gran importancia que tiene el espacio público en el desarrollo de las ciudades, la pandemia es una oportunidad de revalorizarlos e impulsarlos. Es importante entender cómo nos ha afectado su ausencia en estos últimos meses para definir el papel que jugarán una vez concluya el aislamiento y distanciamiento social.

La enfermedad del Covid-19, como sucedió con la tuberculosis y el cólera a principios del siglo XX, demuestra la urgencia por rediseñar aspectos puntuales de nuestra ciudad, comenzando por garantizar senderos peatonales más amplios, cómodos y libres de obstáculos, espacios públicos abiertos y con alto contenido natural, mejores estrategias de movilidad urbana (en especial la no motorizada y el transporte público) y equipamiento, mobiliario y edificios públicos con protocolos permanentes de sanitización.

Se trata de orientar la arquitectura, el diseño de la vivienda y la planeación de la ciudad hacia el cuidado de la salud para hacer frente, ya no a esta pandemia, si no a todas aquellas que estén por venir. Este es un enfoque que muchas ciudades del mundo han adoptado. ¿YenMérida?, ¿se está realizando algún plan de rediseño urbano o de acondicionamiento de la vivienda y el espacio público?

La enfermedad del Covid-19, como sucedió con la tuberculosis y el cólera a principios del siglo XX, demuestra la urgencia por rediseñar aspectos puntuales de nuestra ciudad, comenzando por garantizar senderos peatonales más amplios, espacios públicos abiertos y mejores estrategias de movilidad.

 

David Montañez Rufino

David Montañez Rufino

Fundador y Director General de la plataforma urbana M50: organización ciudadana dedicada a promover una ciudad pensada, diseñada y construida mediante gobernanza; con espacios públicos de calidad, sistema de movilidad integral y desarrollo urbano sostenible.

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