“La ciudad de Mérida crece a una velocidad alarmante”, esta frase parece sacada de alguna película o libro distópico, donde se hace referencia a los posibles efectos de nuestro estilo de vida sin límites. Sin embargo, es una paráfrasis que utilicé hace algunos años en un trabajo escolar, donde hacía referencia a la gran cantidad de bibliografía sobre la ciudad.

La expansión de Mérida es un problema conocido por sus habitantes, haciendo los medios de información, tanto impresos como digitales, comunicación constante de ello. En ellos se muestra el descontento de la sociedad a los efectos de dicho crecimiento. La movilidad, el medio ambiente, la creciente inseguridad, los precios elevados de vivienda, entre otros, son de conocimiento general y, aunque haya una aceptación por parte de los citadinos de los beneficios que la modernización trae consigo, los problemas están en boca de la mayoría.

El crecimiento desmedido de nuestra ciudad es producto del contexto nacional en el que nos encontramos. La migración a zonas urbanas por el abandono del campo, el modelo desarrollista que incentiva la economía de la vivienda en serie, entre otras causas, ha llevado a nuestros territorios los estragos de una mala planificación.



Aún con la tendencia de crecimiento en los años setenta, fue hasta los años noventa que, en nuestras tierras y teniendo como causas la ya consolidada caída del henequén y la reforma al artículo 27, el crecimiento urbano comenzó a poner los ojos en las afueras de los límites de la ciudad.

La metropolización de Mérida se presentó como una opción viable al desarrollo territorial y económico, al buscar incentivar la economía regional, teniendo el escenario perfecto en nuestro territorio debido al cambio de sector económico de primario a terciario, el cual se desempeña principalmente en el rubro de la construcción.

Este crecimiento no sería posible sin la característica territorial de nuestro estado, ya que Yucatán no tiene barreras espaciales que impidan su expansión, más allá de sus límites político-territoriales con otros estados. El estado, en su mayoría plano, con excepciones de cerros de baja altura, resulta idóneo para la ampliación de la zona urbana.

Es así que, en los años que precedieron a la construcción de los nuevos desarrollos a las afueras de la ciudad, la alta calidad de vida que se prometía en los fraccionamientos engatusó a citadinos e inmigrantes que vieron como oportunidad la adquisición de sus viviendas. Sin embargo, al pasar los años, la gran cantidad de casas ofertadas y su baja demanda crearon problemas de abandono. Fraccionamientos como Caucel, Las Américas, Los Héroes, entre otros desarrollos, tuvieron en sus nuevas y más alejadas etapas, y aun en zonas consolidadas, zonas fantasmas; sin gente y sin vida.

Estos espacios fantasmagóricos concentran series de casas, compradas o en venta, inhabitadas, formando mares de abandono con islas de viviendas ocupadas. Muchas de ellas son el resultado de compras prematuras de dueños de segundas viviendas que esperan la llegada de servicios y nuevos vecinos para poder ocuparlas; o de dueños que rentan las casas, ya sea temporal o como parte del nuevo fenómeno de renta, Airbnb. Esto resulta en un círculo vicioso debido a que los nuevos vecinos y servicios no llegan por la misma situación: la poca densidad poblacional.

Los servicios de basura, internet, paquetería, telefónica, son solo algunos de los servicios que escasean en estos desarrollos debido a la baja demanda. Las tiendas, supermercados, restaurantes, comercios en general, también optan por no asentarse en estos lugares debido a la pérdida de capital que podría representar esta decisión.

La movilización a centros de abastecimiento, recreación, estudio, trabajo, entre otros, que se encuentra en la ciudad, elevan los costos de vida de quienes viven más allá de la periferia, teniendo que destinar una gran parte de sus ingresos a la movilidad. Las rutas de transporte público, en ocasiones no se adentran a algunos fraccionamientos, o limitan sus horarios de servicio, teniendo que recurrir a una movilidad particular o más costosa, como taxis o servicios de plataforma.

 

 

 

La vivienda abandonada, por sí misma, presenta condiciones de vulnerabilidad. Los vecinos que viven contiguos a las casas en desuso deben lidiar con los focos de infección y de acciones ilícitas que se generan en estos espacios. En estos lugares, la inseguridad se vive con latencia, ya que el miedo de poder encontrarse con animales o personas que puedan dañar su integridad física se vuelve una opción latente. Por lo que estas zonas son y se perciben inseguras, debido a las causas y efectos que rodean el problema de la vivienda deshabitada.

“Los ojos en la calle”, como hace referencia Jane Jacobs en su libro “Muerte y vida de las grandes ciudades”, forman parte de los elementos con los que los espacios deben de contar para ser seguros, ya que los mismos vecinos son partícipes de la vigilancia del espacio público al estar constantemente observando la calle. Sin embargo, cuando en los fraccionamientos hay un bajo porcentaje de viviendas habitadas, como sucede en los desarrollos inmobiliarios que circundan la periferia de la ciudad, los ojos en la calle son minimizados e incluso nulificados, siendo proclive la proliferación de espacios inseguros.

Para finalizar, como usuarios, les invito a reflexionar sobre nuestro papel en el consumo de estos espacios, a informarse para no errar en las decisiones y padecer sus consecuencias. Por otro lado, como desarrolladores y profesionales del tema, les invito a ejercer un acto ético en la construcción de espacios habitables.

La movilización a centros de abastecimiento, recreación, estudio, trabajo, entre otros, que se encuentra en la ciudad, elevan los costos de vida de quienes viven más allá de la periferia, teniendo que destinar una gran parte de sus ingresos a la movilidad. Las rutas de transporte público, en ocasiones no se adentran a algunos fraccionamientos”.

Luis Carlos Sierra Ávila

Luis Carlos Sierra Ávila

Diseñador del Hábitat por la Universidad Autónoma de Yucatán.

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