En Mérida, durante el siglo XIX y a principios del XX las profesiones u oficios estaban dividas según la clase o «raza», ya que todavía se mantenían prejuicios raciales producto de la colonia. Los mestizos se dedicaban a varios oficios y profesiones: eran maestros, tipógrafos, dibujantes, barberos, panaderos, mecánicos, herreros, hojalateros, etc,; representando la clase media en ascenso. Ser mestizo significaba «no ser indio»; comprendía no solamente a los híbridos sino también a los indios que por su obediencia y pasividad merecían el trato e identificación con los mestizos, siempre y cuando cambiaran su apellido y usaran el traje destinado a este grupo social.

La vestimenta utilizada consistía en un pantalón largo de lienzo blanco y camisa del mismo material, y para las mujeres, una larga enagua, llamada fustán, que apenas dejaba descubierto el pie, y sobre ella, el huipil (terno) que llegaba hasta el tobillo. Así, parecía más bien que los mestizos usaban uniforme todos los días; lo cual era un espectáculo para la vista de los viajeros y turistas.

Los indígenas, que eran grandes conocedores de las condiciones climatológicas de su propia región, adaptaron para sus hogares la forma y condiciones apropiadas para el clima. Por su parte, sus oficios consistían en se obreros «asalariados» en las haciendas, artesanos, criados o sirviendo como domésticos en casas de los descendientes de españoles.

Desde entonces, las calles del centro tenían problemas. Éstas eran rectas y amplias, pero carecían de pavimento; las calles de los suburbios, en cambio, no estaban alineadas debido a que los propietarios de algunos predios, por falta de vigilancia de las autoridades municipales, «se robaban unos cuantos metros» de superficie que no les correspondían; obligando de este modo a desviar la dirección señalada de las calles, o a estrechar éstas al tal extremo que las convertían en el paso de un solo carro de tracción animal.

Al centro podían concurrir los mestizos y los indio. El uso de los espacios públicos era diferente para cada grupo, entre los cuales no existían relaciones igualitarias ni equitativas. Los blancos veían con desprecio a los mestizos; éstos, por su parte, se consideraban superiores a los indios. A ninguno de ellos les estaba permitido salirse de su esfera aunque había algunas excepciones. En las procesiones religiosas, los blancos caminaban en primer término, los mestizos en segundo y los indios en tercero. La catedral estaba asignada a los blancos, la iglesia de Jesús María a los mestizos, y las capillas de los barrios a los indios. En la plaza grande, el espacio más público de la ciudad, durante las retretas (toque militar común de la infantería), paradójicamente los indios se sentaban en las bancas cercanas al quiosco, los mestizos en la periferia y los blancos daban vueltas alrededor de la plaza en sus calesas. En suma, juntos pero no revueltos.

 

 

*Resumen de: «La búsqueda del confort y la higiene en Mérida, 1860 – 1911» de Raquel Barceló en Historia de la Vida Cotidiana en México. Tomo IV Bienes y Viviendas. El Siglo XIX. Fondo de Cultura Económica, México, 2005. 

*Transcripción de Alma Chacón Lizarraga

 

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