En materia de renovación o densificación de áreas urbanas ninguna de las grandes ciudades y metrópolis está exenta de tener que afrontar el constante reto por satisfacer las necesidades de sus habitantes y la presión que, en un mundo globalizado, produce la efímera modernidad de países de primer mundo, pese a la diversidad de circunstancias, retos y restricciones que cada cual experimenta.

Existe suficiente literatura que muestra ejemplos de la recuperación de espacios públicos en sitios donde antes hubo carreteras, edificios o fábricas que en algún momento fueron sinónimo de modernidad pero que terminaron por ser generadores de contaminación y de ruptura en el tejido social, también están las acciones encaminadas a fomentar el cuidado del medio ambiente como las azoteas verdes, las políticas de reducción del ruido, la reforestación de las avenidas y espacios verdes, las fuentes de energías limpias, los automóviles eléctricos y un sinfín de acciones que han venido a transformar nuestra concepción de ciudad moderna; aunque sin la articulación y algunas veces el análisis científico de la realidad ecosistémica y de localización geográfica de la metrópoli que se trate.

Las personas tenemos por naturaleza una enorme capacidad de imitación aprendida desde el seno del hogar, sumado a la influencia de nuestro entorno y de la moda. En este contexto resulta fácil entender porque muchas de las ideas exitosas de otras grandes ciudades nos resultan tan interesantes y atractivas, dignas de imitar, sin embargo la experiencia de nuestros antepasados, ahí, a la vista de todos, se fortalece cada vez más en la lógica de la conservación del entorno. En términos estrictamente urbanos observamos aun en nuestra entidad, localidades que nos hacen suspirar y añorar tener un pedacito de ese suelo arbolado, verde y pacífico, muy diferente a la ciudad, luego volvemos a nuestra realidad y seguimos lidiando contra los mismos monstruos de la modernidad… pensamos en la densificación como una forma de hacer eficiente a la ciudad, pero ¿eficiente en qué, cómo?, tenemos claro que mientras más distante, desconectada y desarticulada sea la ciudad más complejo resulta resolver la lucha diaria por llegar a tiempo a nuestro destino (trabajo, escuela, servicios de salud, esparcimiento, etc.), entendemos que se incrementan los costos para garantizar los servicios públicos a la población, y por si fuera poco, aumenta la contaminación, inseguridad, estrés y la falta de empatía en perjuicio de la sociedad.

La densificación sustentable requiere, como en todo lo que aspira a ser permanente y exitoso, de la participación de todos los actores involucrados, y con parámetros muy claros en su implementación, fundamentalmente el desarrollo de estrategias que pongan por delante nuestras fortalezas ambientales, culturales y participativas. No se trata de hacer edificios en cada vacío urbano y concentrar a un número de personas o familias para inhibir el crecimiento expansivo de la ciudad, sino de hacerlo con las características de una ciudad con rasgos humanos, con una dinámica de convivencia y de respeto por nuestra sociedad y su entorno.

La coordinación de los gobiernos es fundamental para construir un caso de éxito que vaya mucho más allá de establecer polígonos de desarrollo y de limitar los apoyos a crecimientos en zonas distantes. Construir edificios que luego requieran de azoteas verdes por carecer de lo que la naturaleza nos ha favorecido es resultado de idealizar experiencias con una realidad diferente a la nuestra y desvía el esfuerzo de mucha gente por contar con más áreas verdes y arboladas. Hasta ahora, ésta sólo se ha traducido en mayor expansión, edificaciones de menor calidad y de menores dimensiones en perjuicio de las familias, es decir, se “cumple” con la normatividad de vivienda pero no con el derecho a la ciudad.

En su más reciente trabajo en materia de ética urbana, la galardonada con el Premio Príncipe de Asturias 2013, Saskia Sassen, autoridad en temas de ciudad, desigualdad y ética urbana, documenta como las cúpulas financieras se han apropiado de las grandes y vitales decisiones sobre el territorio. Bajo esta premisa es necesario que el gobierno afronte el reto de definir la ruta que debemos seguir, retomando la rectoría en la gestión del territorio; ciertamente hay factores externos y características muy válidas que abrirán el debate, sin embargo las alternativas que se nos presentan son, determinar criterios claros para evitar la expansión descontrolada o seguir los pasos hacia los mismos problemas que afrontaron los países de primer mundo, antes de reconocer en la sustentabilidad la ruta a seguir para su prosperidad y vigencia; con la salvedad de que en nuestro caso, será seguramente, sin la capacidad económica y de deterioro social con que aquellos lo enfrentaron.

Por supuesto que la densificación por decreto no es el camino, nuestra sociedad es madura y nuestra parte de planeta es privilegiada, sin embargo la lucha incesante de nuestra regulación en materia urbana, de derechos y de autonomía no nos pueden perseguir eternamente, es necesaria una postura firme construida en consenso que ponga fin al riesgo en que hemos puesto los privilegios y reconocimientos de los que goza nuestra ciudad.

Todos en Mérida distinguimos como el anillo periférico fue sin duda un importante cinturón de contención natural, y no fue casual, no obstante, en términos de expansión urbana fue rebasado por intereses económicos quedando ahora convertido en una arteria prácticamente interior de la ciudad, ¿cuál se supone que sea actualmente ese referente que limite o inhiba el seguir en esta dinámica de expansión?

El Plan de Desarrollo Urbano tiene sus atributos pero su propósito es normar, no ejecutar. Este instrumento reconoce como Reserva de Crecimiento una superficie de 13,999 ha, es decir, el territorio que ocupa la ciudad de París, cuya superficie es de 10,500 ha, y sobra… Un Plan de Desarrollo Metropolitano seguramente nos aportara nuevas evidencias y datos duros de lo que está a la vista, pero tampoco ejecuta, norma. Para ejecutar se requieren inversiones que vendrán en función de una demanda por habitar un espacio que cumpla la expectativa de vivir no en una ciudad de primer mundo, sino en nuestra metrópoli con lo que ya la caracteriza, en un entorno sustentable y articulado, integrado y con una sociedad inteligente, empática y culturalmente fuerte por sus raíces de un pasado lleno de enseñanzas, que hoy están más vigentes que nunca.

 

Edificios y densificación sí, pero no a costa de lo que le tomó a la naturaleza miles de años construir. Si hiciéramos el ejercicio de concentrar al total de la población actual, 949 mil personas de acuerdo a estimaciones del IMPLAN, en condiciones de alta densidad, seguramente ocuparíamos, si acaso, la mitad de la superficie que actualmente habitamos, es decir, cabríamos dentro del área que delimitan los 50 kml del anillo periférico y nos sobrarían al menos 8 mil de las 16 mil ha de este territorio que conforma la Zona de Consolidación Urbana (ZCU), y es que de acuerdo a datos del Plan Municipal de Desarrollo 2018-2021, se reconocen tan solo en predios baldíos, 1,289 ha de esta ZCU. Éste sería un ejercicio de densificación extremo pero sin duda poco atractivo para habitar en términos de ciudad; insisto no es cuestión de densificar porque sea la tendencia internacional o porque la razón así lo demanda, la nuestra debe ser una densificación que tome en cuenta a nuestra sociedad con características y entrono propio, incomparable y muy ventajoso, con todos los atributos para ser el ejemplo de una ciudad modelo.

Existen en la ciudad algunos ejemplos de densificación en desarrollos habitacionales con rasgos de sustentabilidad en los que capitales privados se han arriesgado a invertir; con el reto de defender su proyecto, hay casos como Country Towers, San Marcos Ciudad Sustentable, Piedra de Agua y Yucatán Country Club. Con independencia a la zona geográfica en que se localizan y a su valor comercial, comparten más características en su dinámica cotidiana de lo que podríamos pensar; principalmente aquellas relacionadas con el contexto social y de comunidad, enlazadas con la falta de infraestructura educativa, de salud, comercial y de conectividad por señalar algunos aspectos.

La Ley General de Asentamientos Humanos, Ordenamiento Territorial y Desarrollo Urbano (LGHUOTDU) menciona como facultad de la legislación estatal “el reordenamiento, renovación o densificación de áreas urbanas deterioradas, aprovechando adecuadamente sus componentes sociales y materiales”. Éste deberá ser un primer paso, consolidar la actualización de la legislación local en materia de asentamientos humanos y prever mecanismos para una ciudad sustentable en los hechos. Deberemos también estar muy atentos al proyecto de Estrategia Nacional de Ordenamiento Territorial (ENOT) que se presente a discusión en las dependencias del Poder Ejecutivo Federal, con las entidades federativas y los municipios y que se cita en la LGAHOTDU con un horizonte a veinte años del desarrollo nacional, congruente con la visión 2040 referida en el PDU de Mérida.

La participación de nuestro país en la Nueva Agenda Urbana nos compromete en el logro de densidades demográficas sostenibles, el diseño compacto y la integración de nuevos barrios en el entramado urbano, impidiendo el crecimiento urbano descontrolado y la marginación; 13,999 ha en una visión de crecimiento a 20 años debiera comprometernos a ser muy responsables y firmes en el diseño de un territorio en el que se edificará prácticamente una nueva ciudad.

¿Qué puedes hacer para ayudar a lograr este objetivo? Participar identificando las problemáticas cotidianas y haciendo uso de tu derecho a la voz. Te invito a hacer tus comentarios y hablar del tema, no como especialista, sino simplemente como habitante de nuestra incomparable Mérida.

 

 

Luis Antonio Sauma Castro

Luis Antonio Sauma Castro

Profesionista dedicado a la Administración Pública con Diplomado en Urbanismo y Salud, Sustentabilidad Urbana, Administración del Desarrollo Urbano y Ordenamiento Territorial.

E-mail: jluis.sauma@gmail.com 

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