A los sociólogos nos dan muchas clases de Economía, por ello, a pesar de no ser economista, estas líneas tampoco son un prontuario hueco y sin fundamento. Se inspiran, más bien, en las así llamadas formas sociales de la economía.

Uno de los fundamentos que se esgrimen para llevar las riendas de las finanzas de un país es la redistribución de la riqueza: por eso pagamos impuestos. Nuestras aportaciones, en principio, se van a un fondo en el que se garantiza educación, salud, vivienda, retiro por vejez o invalidez, equipamiento, infraestructura y otros beneficios colectivos. La idea es dejar, hasta cierto punto, el piso parejo para que haya la oportunidad de vivir en un mínimo de confort y de bienestar material. Incluso, tener la posibilidad de ascender en la escala social o, en el caso más adverso, tener acceso a bienes que eventualmente no podrían pagarse a precios de mercado. En esta lógica deben pagar más quienes ganan más.

Sin embargo, desde hace tres décadas, los beneficios colectivos se han ido reduciendo y los gobiernos, al disponer de menos dinero, escatiman en el gasto público. El ejemplo más alarmante en la actualidad son los servicios médicos. Los sistemas de salud pública fueron debilitados a tal punto que ahora se ven bruscamente rebasados y no hay, en muchos países de Europa que se preciaban de tener una seguridad social muy sólida, capacidad suficiente para atender los casos graves de COVID-19.

Thomas Piketty, el reconocido economista francés, ha hecho una síntesis de grandes volúmenes de datos duros para demostrar que las desigualdades se han intensificado durante este periodo neoliberal porque se les cobran menos impuestos a los super ricos y, por ende, hay menos dinero en las arcas de los gobiernos para equilibrar las monumentales disparidades socioeconómicas a través de los beneficios sociales.

Pero dejemos el asunto de los impuestos en manos de los responsables de la Secretaría de Hacienda, que bien harían en promover una reforma fiscal aunque por ahora la dejarán pendiente porque el gobierno no quiere abrir ese frente dado que implicaría otro conflicto más, con un sector de super ricos que ahora es más bien uno de los principales aliados del gobierno. Ese es un asunto que podría reactivar una economía en tiempos aciagos. Igual hay otros asuntos, como el tipo de cambio, los mercados de divisas, el comercio exterior y la política arancelaria que también tienen implicaciones en el Producto Interno Bruto. Para Piketty el gasto social es muy eficaz, lo mismo que la fijación de un salario mínimo, el acceso al crédito y el impulso keynesiano de la demanda. Sobre estos tres últimos puntos quiero llamar la atención del lector porque tocan más las decisiones relativas al gasto de las personas y puede atemperar una crisis económica.

La microeconomía, o como lo referí líneas arriba, las formas sociales de la economía, realmente se definen desde nuestro arbitrio y también pueden sumar puntos en el cálculo final del PIB. Por eso me atrevo a decirle que si usted cuenta con dinero ahorrado o dispone de él mes con mes porque tiene el privilegio de cobrar un sueldo que le permite un excedente, gaste. Gástelo todo si ya cuenta con bienes patrimoniales.

 Si realmente quiere evitar una fuerte crisis, no hay mejor efecto multiplicador que poner a circular el dinero. Eso activa el círculo virtuoso de la economía, no desde el gobierno ni tampoco desde las empresas, sino desde las decisiones de las personas. No hay nada más falso que la existencia de una mano invisible. Todo pasa por decisiones humanas, por ello, en el momento que se acabe la cuarentena, si se dispone de él, hay que usar el dinero para gasto corriente. Evite la tentación, aunque los precios parezcan muy atractivos, de comprar bienes de consumo durable que no necesite o que no deban ser reemplazados. Se viene la andanada de ofertas en computadoras, pantallas, electrodomésticos, ropa, teléfonos, relojes, perfumes y hasta automóviles. El stock es enorme y la demanda de estos bienes se redujo considerablemente. Podrá ser muy atractivo, insisto, pero es mejor que el dinero circule entre la gente y no se quede en las arcas de los negocios. Privilegie el gasto corriente, como dije; gaste en servicios, más aún en servicios personales o donde haya mano de obra intensiva (obviamente no estoy pensando en las maquiladoras, sino en negocios familiares).

“Si realmente quiere evitar una fuerte crisis, no hay mejor efecto multiplicador que poner a circular el dinero. Eso activa el círculo virtuoso de la economía, no desde el gobierno ni tampoco desde las empresas, sino desde las decisiones de las personas”.

El ahorro sirve en tiempos de calma. Se supone que con esos dineros se financia el desarrollo futuro; con eso se construye infraestructura. El crédito sirve también para tener acceso, con la promesa de pago a futuro, a los bienes patrimoniales o de consumo durable, pero no lo aconsejo ahora, porque la banca comercial sigue siendo agiotismo institucionalizado y los intereses son elevadísimos. Los créditos para mantener a las empresas y conservar los empleos me parecen ineludibles, aunque el gobierno se manifieste tan reticente. La deuda soberana es un asunto complicado, más aún en tiempos en el que las calificadoras le ponen notas muy bajas.

Pero volvamos a lo que nos atañe. Nosotros que no tomamos las decisiones de altos vuelos nos corresponde activar el gasto y por lo tanto el mercado interno. Una mayor velocidad de circulación del dinero le quita el resfriado a cualquier economía. Si dispone de los recursos, cuando pasen los tiempos de reclusión, vaya a restaurantes y a fondas, dé propinas generosas a los meseros, a los repartidores; si las circunstancias sanitarias lo permiten, vaya de vacaciones a algún lugar del país y hospédese en hoteles locales, no de franquicia. Evite la fórmula todo incluido: haga que su dinero se reparta entre muchos, desde el que vende artesanía o helados y paletas en la calle, hasta el del bar de la esquina. Si hace fiesta contrate músicos, unos mariachis o un trio, además del servicio de catering. Esos prestadores de servicios y esas empresas familiares han vivido un infierno durante este confinamiento. Compre en el mercado, no en el súper; busque canales locales en los que incluya gente conocida, del barrio, de la colonia, de la Comisaría en la que viva. El dinero debe circular entre gente “como uno” y, aún más, con aquellos que dependen de su esfuerzo del día a día para subsistir. Contrate albañiles y haga esas reparaciones domésticas que ha postergado, pinte su casa, impermeabilice el techo, haga lo propio con plomeros y electricistas. Si tiene auto, cuando cargue combustible, dele también buena propina al despachador. Si tiene empleados domésticos, jardineros, cuidadores, mucamas, deles más trabajo, más días, mejores sueldos. Construya si tiene la ocasión: una barda, una ampliación, una mejora.

Este es, en parte, el impulso Keynesiano de la demanda; el efecto multiplicador del gasto. Todo ello robustece el mercado interno y las economías a escala doméstica. Si dispone de dinero y de cierta seguridad patrimonial, gástelo todo para que otros también dispongan de este preciado bien. Los ricos no lo van a hacer, porque ellos no consumen en estos círculos.

Este será el gran desafío de la clase media, la cual comprende el 40% de la población de este país. Hay que gastar para sostener la economía y activar el consumo de los que son como uno y de los que fueron fuertemente sacudidos por el confinamiento, incluso también el de los más necesitados y que nos prestan invaluables servicios… a los que normalmente les escatimamos la recompensa.

 

 “Una mayor velocidad de circulación del dinero le quita el resfriado a cualquier economía”.

 

Ricardo López Santillán

Ricardo López Santillán

Licenciado en Sociología por la UNAM. Maestro y Doctor en Sociología por la Université de la Sorbonne Nouvelle-Paris III. Investigador titular en el CEPHCIS UNAM en Mérida.

E-mail: lopezsantillan@cephcis.unam.mx

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