El presente artículo surge de la reflexión de lo que ha estado sucediendo en las zonas que son parte de los espacios públicos por antonomasia, los más antiguos y cargados de simbolismo y significado: me refiero a los centros históricos.


Los desastres naturales, o por factor humano, ponen en vigencia la antigua y popular sentencia de que “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. El desarrollo de esta exposición se plantea con base en dos cuestionamientos que pretenden llevarnos a la reflexión sobre lo que está sucediendo en ellos. El primero nos aproxima a la tendencia actual de la conservación de los centros históricos; y el segundo, a lo que implica su reactivación ante la contingencia por la COVID-19.

La visión actual por la recuperación de las zonas históricas surgió en el siglo XIX y se acrecentó en la primera mitad del siglo XX. Sus gestiones se interrumpieron por las dos guerras mundiales pero, a partir de ello, se difundió su relevancia histórica y cultural gracias a la divulgación de las cartas internacionales de conservación del patrimonio.

La concepción predominante que hoy tenemos de los centros históricos incorpora dos corrientes del pensamiento occidental del siglo XIX: la “romántica” y la “iluminista”. La primera las consideraba como zonas cargadas de cultura, historia y personalidad única, por lo que debían ser conservadas. La segunda las consideraba funcionales, utilitarias, comunes a cualquier otra zona y evolutivas, por lo que su transformación era inevitable y hasta necesaria. Ambas corrientes convergieron y las encontramos manifestadas en la normatividad internacional y nacional. Ante ello, surge el primer cuestionamiento:

¿Cómo se está procurando la conservación de los centros históricos?


A partir de la década de los ochenta, los centros históricos se han convertido en zonas especialmente atractivas para ser visitadas debido a un creciente “turismo cultural”. Ante tal tendencia, los gobiernos han sido los principales impulsores de su conservación. La apuesta inicial ha sido poner en valor y difundir el patrimonio cultural y edificado, la siguiente medida, implementar acciones y programas para incentivar su desarrollo económico. En tal proceso, se han generado cambios en los usos de suelo que muestran una clara tendencia hacia el comercio y servicios turísticos, es decir, la turistificación. Esto ha tenido como resultado la gentrificación comercial y habitacional, generando encarecimiento, sobrevaloración, especulación y sectorización que está repercutiendo en el espacio urbano, por ejemplo; el uso privado del espacio público y la tematización de la imagen urbana. A partir de tal tendencia, se plantea el segundo cuestionamiento:

¿Qué sucederá en los centros históricos después de la COVID-19?

Bajo una visión optimista, desde la perspectiva de la conservación, los centros históricos no desaparecerán, pero si continuarán su inevitable transformación, resultado de las intervenciones urbano arquitectónicas y la implementación de las nuevas tecnologías. Las secuelas de la COVID-19, generarán nuevas formas de vivirlos y recorrerlos.

Como bien sabemos, no existe medida alguna que por sí sola evite la transmisión del virus. La reglamentación específica que atiende la relación entre la pandemia y los espacios públicos abiertos, aún no existe, por lo que el camino más seguro e inmediato para la reactivación de estas zonas es el acatamiento de las medidas de prevención y mitigación emitidas por la Secretaría de Salud, (Lineamiento general para la mitigación y prevención de COVID-19 en espacios públicos abiertos. Abril, 2020). La participación efectiva de toda la población para limitar su propagación es clave.

Volver a vivir y recorrer los centros históricos, preservar la cultura y los significados construidos es de gran importancia. Pero, ante la situación actual, además de buscar la protección y continuidad de las actividades sociales y económicas, debemos añadirles el sentido de la protección a la salud y a la vida. Cuidar a quienes nos rodean resulta indiscutiblemente más importante, priorizar el amor a nuestras familias y a nosotros mismos.

La vida es nuestro más preciado patrimonio.

 

 

 

 

La turistificación del Centro Histórico ha tenido como resultado una gentrificación comercial y habitacional, generando encarecimiento, sobrevaloración, especulación y sectorización que repercute en el espacio urbano.

 

J. Jorge Lara Jiménez

J. Jorge Lara Jiménez

Arquitecto. Maestro en Intervención Sustentable del Patrimonio Edificado. Candidato a Doctor en Ciencias del Hábitat. Miembro fundador de la AYERAC.

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